viajes

Preparativos

En un callejón lóbrego, probablemente víctima de las deficiencias en el saneamiento de la ciudad, con salida a la laguna y vistas a la Giudecca, acabo de encontrar un sitio en el que habitar una semana a finales del otoño. Primero fueron unas horas, luego un par de días, más tarde tres jornadas, y ahora necesito una semana completa. Y me seguirá sabiendo a poco. Es lo que me pide el cuerpo, huir una semana a Venecia y resetear la cabeza, cambiar el ruido de los coches por el arrullo de sus mareas, por el frío de sus callejuelas sumidas en la borrasca, por sus plazas en miniatura, por sus iglesias enjutas y que esconden tesoros a oscuras, por las pizzas de Marco, por la decadencia más hermosa que jamás se vio, por la Cuarta de Mahler, por los pasos de Guido von Aschenbach, por las ingenuas parejas que creen en el poder romántico de las góndolas, por un puñado de Tintorettos que merecen ser vistos sin resaca, por una inspiración que se esconde tras una máscara de carnaval, por un aqua alta convertida en espejo de la ciudad, por un anonimato deseado, por toneladas de spritz, por un puñado de recuerdos y por otro de deseos.

¿No le parecen razones suficientes, señora?

20131003-193340.jpg

Canales

Soy uno más de esos a los que Venecia le produce una fascinación irracional. Confluyen en este hecho el concepto de ciudad construida sobre el agua, con la fugacidad que eso supone al estar al albur del caprichoso líquido elemento, y la decrepitud que presenta tras el lento transcurrir de los siglos. La brillante República Serenísima es hoy pasto de turistas, sólo preocupados por gastar las memorias de las cámaras digitales en fotos en Rialto, San Marcos y el puente de los suspiros. Nada queda de la magnificencia de la vieja Venecia, la ciudad que representaba el león alado, gobernada con mano férrea por el Doge y su consejo de nobles. Algo de aquella grandeza perdida queda en el grueso de la obra del Canaletto, un paisajista veneciano del XVIII que retrató la vida normal de la ciudad en sus lienzos. Muchos están repartidos por toda Europa, ya que su arte le hizo famoso, y permiten al espectador viajar en el tiempo a la época en que no existía el turismo, y las góndolas no paseaban a caducos tortolitos por los canales al ritmo de una serenata.

La escuela paisajista tiene en Francesco Guardi otro nombre importante. De hecho, buena parte de su producción se exhibe estos días en un museo local de Venecia, y ya le digo, señora, que me dejaré caer por allí en mis inminentes vacaciones italianas. El retrato de la vida cotidiana, este cotumbrismo refinado, me causa una curiosa atracción. Le lleva a poner esa sonrisilla tonta de “ahí he estado yo”. Seguramente en el XVIII no estaría abierta la pizzeria Antica Forno, junto a la piazza San Giovanni, próxima al Mercado. Ni tampoco habrían inventado el spritza en los bares de la zona. Y no irían al Lido en barcaza de motor, sino en las majestuosas góndolas cubiertas. La magia de Venecia es que esa decrepitud es el óxido de edificios que llevan ahí toda una vida, espectadores mudos del paso del tiempo. Es la prueba de la autenticidad de la ciudad, es el ADN de su esencia, que no se ha perdido del todo a pesar de la peste de los turistas.

El arte del Canaletto me permite soñar con Venecia con cada cuadro que le contemplo. Ya sea en el Thyssen, la National Gallery o la Galleria d’Arte Antica de Roma. Y ese es un regalo que no tiene precio.

Weinachten

Yo se lo explico, significa “navidad” en alemán. Creo que lo conjugaré un tanto este próximo diciembre, porque entre los planes posibles están una huída a la nieve germana para las Campanadas. Estoy viendo los precios de las mantas, por si fuera procedente liarme una a la cabeza y escaparme seis días. Así, de buenas. Berlin, Munich y Barcelona. Todo, con mucha música, y previsiblemente mucho frío. Pero ya me ve, señora, venciendo mis más firmes temores con tal de conocer mundo y vibrar desde una butaca de galería. Llámeme frívolo, llámeme inconsciente por andar pensando en gastar dinero tal y como está la economía. No le quitaré la razón del todo. No soporto este estado depresivo en el que nos estamos instalando todos, este sumidero por el que parece que nos deslizamos lenta e irremediablemente y que conduce al caos. Son tiempos de hormigas tras la extinción de las cigarras. Uno es más bien escarabajo, con su propia rutina y métodos. Abonado a la justificación de su propia conciencia, se acaba defendiendo cualquier decisión, por peregrino que sea el motivo. Y el que mejor he encontrado es que ante la improbabilidad de repetir el delicioso plan del año pasado, las alternativas pasan por la emigración y la música. No existe mejor menú posible, descontando el humo, claro está.

¿Y qué es el humo? Buena pregunta. El humo es un estado de ánimo, es una forma de ser, es una voz dulce y una mirada cómplice. El humo es Beethoven y Tchaikovsky, pero también Haendel y Mozart. El humo es y no es. El humo es el todo y la nada. El humo es felices presencias y dolorosas ausencias. El humo es a lo que todos aspiramos en esta vida, a ser como queremos ser y no como los demás quieren que seamos. El humo es autenticidad frente a convencionalismo. El humo es primera persona antes que tercera. El humo es adictivo, pero quién sabe si dañino. Pero como buen humo, te rodea un minuto y con un simple soplo, desaparece.

¿Aclarada la duda?

Organizar

Se levanta uno con el día tonto, y como reservar hoteles sale gratis (hasta tres días antes de la fecha), se organiza las excursiones restantes de aquí a lo que queda de año. Se busca la ganga, la oferta, el precio irresistible y la ubicación más céntrica. Todo, combinado en un equilibrio perfecto con una función de ópera aquí y otra allí, calculado según llegadas de aviones y salidas de trenes, el horario del autobús que te deja o te recoge y si el panadero del barrio pasa ese día o el siguiente. El arte del alfiler, el talento inútil de la programación etérea, la ensoñación viajera. Viajar se ha convertido en nuestra huída de la realidad, cansados como estamos de verlo todo en distintas gamas de negro. Y en ese momento de la reserva, del cálculo de vuelos, se genera ese poquito de ilusión, esa mínima alegría que nos vale para imaginar que siempre nos quedará París, Venecia, Roma, Florencia, Munich o Berlín, aunque Ilsa ya no resida allí.

Viena

La primera frase que me viene a la cabeza cuando alguien me habla de la capital austríaca es esa con la que comienza “El tercer hombre”: “I never knew the old Vienna before the war, with its Strauss music, its glamour and easy charm”. No es que suene pedante, es que la primera vez que vi esta película fue en versión original. Y también la segunda. Y la tercera. No recuerdo haberla visto en castellano, aunque quizás lo hice acompañado. Fue una de las experiencias cinematográficas más vívidas que recuerdo, un impacto brutal en un joven de 17 añitos que aterrizaba en mitad del barrio de Argüelles para intentar ser persona. Qué recuerdos…

Supongo que después de conocer la ciudad en septiembre, las frases dejarán paso a las imágenes cuando vuelva a evocarla en mis pensamientos. Ya me ocurre con Milan. Con Bruselas es distinto, porque el recuerdo está relacionado con el paladar. Me sabe a chocolate. Turquía son olores, y Roma ruídos de sus bulliciosas calles y el manar del agua de la Fontana di Trevi. Sospecho que grabar el sonido de esta fuente puede parecerse mucho a las cursiladas de Federico Moccia. Me lo tengo que hacer mirar.

Del año que termina…

…me quedan un puñado de imágenes en sepia, fruto del pasado que ya representan en mi vida. Como tal lo recordaré, como una etapa de toma de decisiones, de cambios sutiles y radicales, de puntos y aparte. Apenas hay un elemento de continuidad en este 2011, que es mi deliciosa adicción al humo y a la ópera, que como ya sabe usté, señora, se remonta incluso al 2010, por lo que tampoco son cuestiones novedosas. Atrás dejaré este año un piso, un trabajo y, por encima de todo, una profesión. Lo primero puede parecer superficial, pero cuando todo mi paso por Santiago había transcurrido hasta entonces dentro de las mismas cuatro paredes, hay muchos recuerdos que se amontonan.

Me quedo con el giro vital en los dos últimos aspectos. Cambio de oficina y de responsabilidades, como ya sabe. Y ello, implícitamente, tiene aparejado una sustancial variación en la forma que se tenga de entender el periodismo. Ha sido un salto con red, confieso, pero no por ello menos osado. Echo la vista atrás y contemplo ocho años de más alegrías que sinsabores. Muchas más. Y de mejores compañeros, aunque incluso en eso haya alguna excepción. Todo esto es ya agua pasada, tanto como los viajes a Milan, Robledillo, Bilbao, Oviedo, Londres, Sevilla, Madrid, Turín, Barcelona o Valencia durante 2011. Son postales propias que duermen gustosas en la caja de seguridad de mi memoria.

Por delante, el nuevo año, la vida a todo color, en pantalla de 70” y con sonido envolvente. Pero eso, señora, es otro post.

Cebolletismo

Dícese de la actitud de abuelo cebolleta, sin relación alguna con referencias de contenido sexual. Me ha dado por ahí hoy mismo, cuando un buen amigo me ha preguntado algunas cosas sobre París. Para ser francos, apenas se interesó por el hotel en el que yo había estado hace ya dos años (cómo pasa el tiempo…) en mi época azul. Casi de carrete, por incontinencia verbal, se te amontonan los recuerdos que filtras a modo de consejos para ir, venir, subir, bajar, comer y dormir en la capital del Sena. Con la distancia, las ciudades acaban por gustarte más. Bueno, con Milan eso no me ocurre, honestamente. Le quitas el Duomo y la Scala, y sería una urbe intrascendente. Pero París es distinto. Quizás embriaga mi memoria aquella buena época laboral y personal. Quiero creer que soy capaz de sustraerme a sus efectos y contemplar objetivamente las cualidades de la vieja Lutecia. En caso contrario, me llevaría a pensar que, en el fondo, nosotros somos la suma de nuestras felicidades, donde las penas apenas restan.

No quiero desaprovechar la ocasión para recomendar a todos aquellos que viajen a París que se ahorren, por la gloria de mi madre, las tres horas de cola de subida en ascensor a la Torre Eiffel. No hay necesidad de ser un guiri total.