gregory kunde

Otello!

Shakespeare ha sido una inagotable fuente de inspiración para los compositores. El éxito de sus dramas teatrales (y en menor medida, de alguna de sus comedias) era un tema atractivo para los autores, que encontraban así un reclamo para sus óperas en una época en la que el éxito o el fracaso no lo marcaba la crítica (que ya existía, no obstante), sino la venta de localidades. Durante el final del s. XVIII y la primera mitad del s. XIX, los compositores recibían encargos de los empresarios de los teatros, y si había una buena acogida por parte del público, tenían asegurado más trabajo, y por tanto, un sueldo.

Una de las obras maestras indiscutibles del dramaturgo inglés es la historia del celoso moro de Venecia, Otello. Su personaje se va consumiendo a lo largo del texto en su particular infierno de miedos y odios, de inseguridades, de amor primario, en un fuego alimentado por la insidia del cruel Iago, con Desdémona como víctima propiciatoria de su afán por medrar en la escala social.

En la historia de la ópera, dos autores han adaptado la tragedia del moro: Rossini y Verdi. Entre ambos, un abismo de setenta años, un universo entre un estilo y otro, una sima de reconocimiento y divulgación. La obra verdiana es su último drama, compuesto cuando el autor ya gastaba ochenta años, en plena etapa de madurez tardía, y condensa todo un siglo de opera italiana en dos horas de función. Hay un tenebrismo crepuscular en toda la partitura, reminiscencias wagnerianas, esencias belcantistas y mucha tradición italiana. Pero de ella quiero hablar otro día, con más calma.

Hoy traigo la pieza rossiniana. El imaginario colectivo dibuja a Rossini como un compositor de música evocadoramente alegre, con “El barbero de Sevilla” como su título más representativo para el gran público. Sin restarle méritos a las andanzas del Conte di Almaviva y su fiel Fígaro, es en su ópera seria donde se encuentra al mejor y más brillante Rossini. Porque incluso con una orquestación que no se presta a los sonidos profundos y graves del tardorromanticismo, con un estilo muy academicista y alejado de teatralidades afectadas, hay drama. Es Otello un buen ejemplo, aunque la historia no siga al dedillo lo que contaba Shakespeare. Aquí, Iago es un papel secundario, Roderigo gana en presencia (es el rol del contraltino de turno) y el papel del moro se entrega a un baritenor, que en su estreno fue Andrea Nozzari.

El vídeo que cuelgo corresponde a unas funciones del año pasado en Bruselas, una estupenda versión concierto que tuvo como protagonista a Gregory Kunde, uno de los cantantes más interesantes de estos tiempos, y de una carrera cuanto menos bizarra. De contraltino con voz de comprimario ha pasado tras más de tres décadas sobre los escenarios a desarrollar un instrumento poderoso, que mantiene fuerza en el agudo y lo conjuga con un centro y un grave algo irregulares, pero suficientes. La escena es la entrada de Otello, con su cavatina y su cabaletta de rigor. Es la misma llegada que retrata Verdi en su ópera, la misma tormenta, la misma tensión. Pero la música es distinta, radicalmente opuesta, añadiría. Ambas, obras maestras.

El otro Bruce

Es complicado llamarse Bruce. Más en un mundo en el que sólo parece existir uno, embutido en una chupa vaquera, despeinado, con cara de haberse ligado a todas las chicas del bar y con la guitarra a sus espaldas. Da igual que gaste la sesentena. Será un icono inmortal el día en que sea llamado a tocar en los supuestos reinos celestiales. Por ahora, ya es una leyenda. Yo no he ido nunca a un concierto de Springsteen. Y fíjese que creo que es uno de los músicos, en el concepto más global del término, que mejor ha sabido dignificar el rock, mi antigua casa. Ya sabe, señora, que me mudé hace algún tiempo a este loft inmenso que es la partitura clásica. Tengo menos visitas desde entonces, pero al menos la soledad es mucho más reconfortante. El mal menor, ya sabe.

Otro Bruce era el tal Banner, el que se cabreaba y se pintaba de verde cosa mala. Yo he conocido hace poco a otro, casualmente tan americano como los dos mencionados. Recientemente ha anunciado su retirada de los escenarios, pero dejando tras de sí una estela lírica de enorme valor. A él le debemos el primer “Otello” rossiniano cantado como se debe, la recuperación de títulos del primer belcanto que hacía décadas (por no decir siglos) dormían en un cajón, y su contribución a recuperar el estilo del canto italiano más puro y original del primer tercio del siglo XIX. Fueron la segunda generación de cantantes americanos que se enmarcaron dentro de la “Rossini renaissance” de los años ochenta que iniciaron intérpretes como Rockwell Blake, Samuel Ramey o Marilyn Horne.

Bruce Ford tiene un timbre no especialmente hermoso, aunque sin llegar a la fealdad de Blake. Sin embargo, sabe sacar de él sonidos hermosos, adornarlo con medias voces, colocar un agudo eficaz y firme, e incluso jugar con sus matices de desgaste para imprimirle un acento dramático a más de un aria. Compañero y amigo de Gregory Kunde, no gozó de la belleza de la voz de éste pero sí tuvo una mayor extensión en su registro vocal, con un centro y un grave algo más asentados. Ambos compartieron buena parte del repertorio rossiniano serio y bufo, en el que brillaron como nadie durante la ausencia de cantantes solventes en la vieja Europa.

Su mejor papel, a juicio de este humilde aficionado, es el majestuoso Carlo di Borgogna en la homónima y desconocida ópera de Pacini, con su escena “Del leone di Borgogna”, que lamentablemente no he podido encontrar en Youtube. Sí he hallado esta hermosa “Languir per una bella”, la cavatina de Lindoro de “L’Italiana in Algeri”, el joven esclavo que suspira por su amada Isabella. Da una perfecta muestra del talento de Ford, un cantante escasamente mediático pero imprescindible para entender muchos títulos perdidos de Donizetti, Pacini, Rossini o Meyerbeer. Un derroche de belcanto de esos que te alegran el día.

Cosas de la edad

En el mundo de la lírica, la edad es para muchos intérpretes el verdugo de sus carreras. Les agrieta la voz, le rasga el pasaje, les deja sin fiato, les mutila el registro agudo, les abre el grave o sencillamente les dificulta la afinación. Como leí el otro día en un interesante blog, “cuando un tenor pierde el si bemol, sencillamente ya no puede cantar”. ¿Qué edad es la habitual para el retiro? Pues no hay nada establecido. Depende de cómo te cuides el instrumento (vocal), de qué repertorio frecuentes, del descanso que te permitas y de la técnica que poseas. Algunos bien podrían abandonar el negocio a los cuarenta, y otros como Plácido Domingo llevan otros cuarenta años en él, con unas envidiables condiciones canoras. Su timbre sigue siendo bellísimo.

Yo hoy quiero comparar, a modo ilustrativo, a un señor en su glorioso pasado y su no menos meritorio presente. Es un tenor americano llamado Gregory Kunde, al que tuve la inmensa fortuna de escuchar el Arnoldo de la ópera “Guillaume Tell” (en su original francés), compuesta por Rossini. Es uno de esos papeles trituratenores, de una tesitura exigidísima, ascensos escalofriantes al agudo y el sobreagudo, y que además demanda clase y estilo belcantista. Nos regaló una inolvidable noche en La Coruña el pasado 2 de octubre con su aria “Asile hereditaire” y la consiguiente cabaletta. Y me pareció una buena idea comparar cómo la cantaba hace veinte años y cómo entusiasmó al público coruñés a sus casi sesenta tacos. Una lección de canto.

http://www.divshare.com/flash/playlist?myId=13237287-fc7