musica

Réquiem por el Porrompompero

La generación de mi abuela ha perdido a su mito erótico. Se ha muerto Manolo Escobar. Así, como quien dice, estuvo hasta el último día paseando su abanico de coplillas por los pueblos de toda España, para deleite de la tercera edad y el respeto de la segunda. Y creo que hasta el cariño de la primera, que gustaba de ver a sus mayores sonreir y recordar sus tiempos mozos. Sea todo dicho que sus apariciones televisivas más recientes no le darían mucha gloria, porque solían ser en playback, pero quiero creer que, al menos, le dieron para pagar el tratamiento del cáncer que padecía. ¡Y qué demonios, que a los mitos basta con verlos de cerca, no vayamos a pedirles ahora que nos canten!

Con Manolo Escobar se va una España decididamente antigua, que pasó del negro al sepia, y que vivió ese cambio como la entrada en la modernidad. Era el cantante que enamoraba a las suecas con su tupé, su gracejo, sus patillas y su 1,75 justito, el españolito medio humilde y sencillo, pero hombre como ninguno. Una especie de landismo descafeinado, menos amanerado y más recio en el porte (o portecito). Llegó a decirse de él que era el yerno que todas las suegras deseaban. No sé yo si a mi abuela le haría ilusión tenerle con la guitarra en la mano todas las comidas familiares de domingo.

Reconozcamos también que la discografía de Escobar es la cara B de la música de aquella época, copada en la televisión por los grupos pop y rock de aquellos dulces años sesenta, que no todo en España era copla y rumbita peretiana, señora. Había más y probablemente mejor. Servidor es más de Fórmula V y Los Bravos que de don Manuel, se lo confieso.

Considero que Escobar es también esa España sociológicamente neutra, que pasó del Franquismo a la Democracia sin nostalgias ni condicionamientos, que abrazó la libertad e hizo buen uso de ella, que no se arredraba en reconocer un sentimiento de arraigo hacia el país. Debe ser que “sentirse español” está muy devaluado, aunque todavía lo está más el hecho de decirlo públicamente. Completa estupidez, a la vista de que franceses, italianos, alemanes, portugueses o británicos están lejos de acomplejarse por reconocer su nacionalidad. Y Escobar, tan suyo como es, compuso el himno oficioso de este trozo de mundo, ese “Qué viva España” que ha acompañado a todo ser nacido aquí y que haya pisado una verbena en su vida.

No negaremos que el espíritu escobariano (acuño aquí mismo el término) es del español cigarra y vividor, que si trabaja es pa tirárselo en mujeres y vino, y que es esta filosofía una de las claves que explica el agujero en el que andamos ahora. Pero a estas alturas, ¿vamos a renegar de lo que somos y, mucho me temo, seremos por siempre jamás?

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Esbozo de sonrisa

A veces no todo es un asco, señora. Hay ocasiones, incluso, en que a pesar de que el otoño se ha convertido en la única estación del año, a pesar de que la soledad crece como la maleza, a pesar de que no terminamos de encontrar el rumbo exacto para sortear esta encalmada que nos ha sumido en mitad de una densa bruma, algunas cosas merecen la pena. Una de ellas es descubrir música nueva, sorprenderse con sonidos y melodías que nos infundan ese soplo de ánimo, ese aliento mínimo. Yo lo he encontrado en las piezas de cámara de Carl Reinecke, un autor cuya existencia ignoraba, y al que he aterrizado como suele pasar en estos casos, por simple casualidad.

Hay en su producción algunas piezas sinfónicas, que no pasarán a la historia. Distintas son sus páginas para dos o tres instrumentos, las sonatas para clarinete o flauta, los tríos o las obras para piano. Es música para mirar por la ventana mientras llueve, para combatir el silencio, para acompañar las largas tardes de pensamientos vacíos.

Rentas

Confieso: mi gran esperanza vital no es hacerme rico con ningún trabajo físico o intelectual. Ni siquiera con el periodismo. Ahí no hay dinero a menos que cambies oficio por negocio. No tengo esa suerte. Así que estoy convencido, como ya sabrá señora, de que me va a tocar la lotería. La que sea. Me valen los Euromillones, la Primitiva, la Bonoloto o la Quiniela. Vengan de donde vengan, los euros serán bien recibidos. Y una vez lleguen, los invertiré en deuda alemana y viviré de rentas. Mi modelo a seguir es Paul McCartney, que acaba de cumplir 70 palos, de los cuales 40 han sido recostados en el diván, viviendo del cuento de los Beatles. Diez años de grupo, toda una existencia para disfrutar de los réditos de su fructífera sociedad con el difunto Lennon. Que sí, que tiene justificados los duros de aquella etapa tan sobrevalorada. Pero que disimule un poco, hombre.

Y como todos han ido falleciendo, física (John y George) o artísticamente (el otro), le queda a sir Paul el mantener encendida la vela de la nostalgia de una generación de setentones, de sus hijos y de sus nietos, echando madera de la mala al fuego beatlemaníaco. Tampoco sabe hacer otra cosa. Bueno, sí, casarse y divorciarse armando jaleo. Lo intentó con aquellos Wings, que ni fu ni fa, luego en solitario, y llegó un momento en que descubrió que la caja de caudales estaba en negar su presente y abrazar de nuevo su pasado. Quizás si lo hubieran sabido, los cuatro melenudos habrían exprimido la teta del escarabajo diez años más, y hoy tendría el doble de repertorio que tocar en sus revivals.

Soy un beatlemaníaco renegado. Sí, señora. En mi tierna adolescencia descubrí al cuarteto, lo abracé con ardor y hasta que entró en mi vida el rock, formaban parte de mi culturilla. Expulsé al demonio a tiempo. Porque de no haberlo hecho, le habría dado algún euro en royalties al viejo del diván. Y eso sí que no, que el que quiere vivir de rentas soy yo. Este tío no lo necesita!

Abandonado

Acabo de descubrirme huérfano, perdido en un desierto sin sonidos, abandonado por el rock. Cara de cierta tristeza se me ha quedado tras escuchar el nuevo disco de Marea, mi antaño banda de cabecera y que ha puesto música al grueso de mis años en Compostela desde que una buena amiga me los descubrió. Porque he escuchado un rock predecible, característico del Kutxi y los suyos pero de inventiva baja, de una mediocridad palmaria. Y me invade una profundísima pena, porque eran mi último asidero después del naufragio del “Material defectuoso” de Extremoduro, que tan frío me dejó tras el subidón de su anterior “Ley innata”. Sin mis esencias, la herida rockera cauteriza y las guitarras furiosas me expulsan de este planeta que tanto disfruté recorriendo en mis años mozos.

En el desamparo rockero, del que por ahora parece salvarse el trovador Sabina, me tocará vivir durante un tiempo. Duro destierro sin músicas paliativas. Será cosa de esperar el cambio de estación.

Cano, Carlos

Nos miró desde el escenario cuando el concierto terminaba y se corría el runrun entre los asistentes. Queríamos escuchar de su viva voz la canción que retrata a nuestro pueblo, la historia de unos malos tratos intolerables, de un amor turbulento, con los pies mojados en el frío Atlántico de la costa onubense. “Ya no es una canción mía”, nos dijo, “porque mientras vosotros la sigais cantando, os pertenece”. Desde Ayamonte hasta Faro se oye este fado, señora, como también se recuerdan hoy los diez años que hace que nos dejó Carlos Cano, ese dignificador de la canción popular andaluza que nos regaló aquella noche mágica al cobijo de la Jabonería, en un Festival de Música que se fue y no volverá, por más que sus constantes se mantengan con suero.

Venas de humo y patatas

Me la recomendó quien más sabe de esto de Marea, y la verdad es que ahora no me la saco de la cabeza. Debe ser que me conocen bien y saben qué perversiones musicales pueden hacerme disfrutar. Por cierto, sobre el nuevo disco “Las aceras están llenas de piojos”, se me ocurre decir que el dvd del concierto de Barcelona está realmente bien, y que las nuevas once canciones… Bueno, hay un poco de todo. Las canciones de Marea ganan con el paso de los años. Ahora mismo estoy revolcándome en el “Besos de perro”, que cada día me parece mejor disco. Desde el Romance hasta La Luna, hay docena menos una de canciones duras, sólidas, de rock del bueno. Esta es Venas de humo y patatas.
Venas con humo y palabras
(Kutxi Romero) 

La vamos a tener si no puedo dar trotes,
si quieres meter alpiste en mis barrotes,
y no hay dios ni fe que me discuta,
que me vuelvo muy hijoputa si me da…
prefiero tener vacío el comedero,
ya le tiraré bocaos al mundo entero,
luego miraré donde lo escupo,
se revuelve y yo me ocupo de mirar…

si no hay pa comer me subiré al manzano,
para verlas venir en un carromato
de cosas por hacer, de ciegos dando palos,
que la vida es muy puta y yo me he vuelto muy malo,
y si encarta soledad, pues soledad pal saco,
lo mismo me dará dar como ser dado,
que no pienso dejar ná de ná pa los gusanos,
la luna me maúlla pa que yo menee el rabo,

a la altura del perejil se han quedado todos mis sueños,
me hago un vestido con tó lo que he perdido
y ya tiene sentido sonreir,
lleva volantes pa mentir, para ondularme como el trigo,
y así decir, que desde que te has ido
la bailo igual contigo que sin ti,

si intentas comprender mis noches de desvelo
me quieres comprar con puñaos de caramelos,
manojos de perder, con jugo de los charcos,
machaca el almirez, me tienes en tus manos,
y ojalá te vaya bien, y pa pasar el rato
tú siembra para ti, y más cuando me callo,
me callo lo que hay, lo que hay es lo que toca
y pa tocar el corazón es mejor no abrir la boca,

a la altura del perejil se han quedado todos mis sueños,
me hago un vestido con tó lo que he perdido
y ya tiene sentido sonreir,
lleva volantes pa mentir, para ondularme como el trigo,
y así decir, que desde que te has ido
aún nadie me ha vencido,

hoy quiero poner mi reino de despojos en estos lugares,
donde la primera vez pusimos al alba a hacer malabares,
y no he de volver a ver el sudor empañando portales,
me sale tan mal cuando miro hacia atrás…

me abriré las venas, me saldrán palabras,
guárdate el cencerro, pónselo a otra cabra,
que a mí no me cabe, que llevo colgando
demasiadas llaves, todos los quebrantos,

a la altura del perejil se han quedado todos mis sueños,
me hago un vestido con tó lo que he perdido
y ya tiene sentido sonreir,
lleva volantes pa mentir, para ondularme como el trigo,
y así decir, que desde que te has ido…

no me pienso quedar, ni un momento ni un rato,
para planear quién pagará los platos
de mi desespere, mi sofoco,
sé de quién se ha vuelto loco de esperar,
la vamos a tener…

Marea vuelve

Los más puristas y exquisitos seguidores de las guitarras desnudas dicen que son puro márketing hecho para vender y precisamente aparentar que van de outsiders del mundillo discográfico. Pero qué quiere que le diga, señora, a mi los Marea me gustan un rato. Son unos tipos que comenzaron haciendo rock ruidoso, y acabaron por dulcificarlo para que la estridencia viniese de la agrietada voz de su cantante, el Kutxi Romero. Son los dignos herederos de Extremoduro, pero con unas letras nacidas no al calor de la heroina de Roberto Iniesta, sino del talento de su compositor, un Romero que cada día suena a más cascado. Que se vaya cuidando si no quiere dejar cuatro huerfanitos. Pues estos señores de Berriozar (Navarra) vuelven a la carga con su quinto trabajo discográfico, “Las aceras están llenas de piojos”, y ya han puesto en circulación su primer videoclip, “Aceitunero”. Quizás no sea nada del otro jueves, pero es que en el rock ya está todo inventado, creo yo, y tan sólo queda escuchar historias nuevas con uno o dos acordes cambiados de sitio para que nos parezca diferente y escuchable. Aunque para algunos, lo que representan los Marea va más allá de su música y alcanza el terreno sentimental, que a veces es muy superior a cualquier otro, créanme. Este verano se irán de gira, y yo los recomiendo enfervorecidamente, porque son dos horas de chute brutal de buena música. Y si no los conocen, échenle un vistazo a canciones como “El perro verde”, “En tu agujero”, “Romance de Jose Etxailarena” o “Que se joda el viento”. Si les quedan dudas, ahí llevan el enlace del videoclip.