amigos

Regalo

Señora, voy a presentarle a un viejo amigo. Nos conocimos cuando ni él ni yo cobrábamos por lo que hacíamos. El ya era más que una joven promesa de piano, yo ni siquiera era periodista (aunque hoy sólo puedo presumir de ser licenciado, si acaso fuera eso motivo de orgullo). Muchos años más tarde, él ya goza de talla internacional como uno de los mejores pianistas españoles. Un servidor, pues ya ve usté a las cosas que se dedica, bastante lejos del relumbrón. Y es agradable que, a pesar de la fama, de las buenas críticas, del aplauso del público, Javier Perianes siga siendo un tío sencillo, humilde, que se entusiasma hablando de música.

Anoche nos regaló en Pontevedra una de esas noches hermosas, con sabor a Falla, Chopin y Debussy. Precisamente, su interpretación me ha reconciliado temporalmente con el autor francés, cuyos preludios profundamente melancólicos minan mi moral y la arrojan a los brazos de la depresión. Incomprensible que apenas estuviese cubierto un tercio del aforo del auditorio. Este es el estado de la cultura en este país. Es siempre un placer disfrutar del arte de Perianes, del trance musical en que entra con su piano y que además le vale para recuperar los ánimos tras los lances que a veces nos plantea la vida. ¡Y qué diablos, que nunca es fácil juntar a dos de Huelva en Galicia!

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Domingo

Atienda, señora. 10.43 de la mañana de un domingo, y un servidor lleva una hora despierto, sin resaca, habiendo dormido las 9 horas que le marca su reloj biológico. Y esto sienta bien. Por delante, cuatro horas hasta el momento del almuerzo para sumergirse en “Lohengrin”, seguir mordiendo con fruición el último de los tres libros de Abercrombie que forman su trilogía de “La Primera Ley”, y convalecer de mi reciente extracción molar. Qué agradables son las matinés dominicales. Y qué desconocidas, tras tantos años gastándolas entre alientos etílicos y quebrantos neuronales.

No quiero decir con esto que me arrepienta o reniegue de tantas y tantas jornadas dedicadas a la Noche. Ha sido un tiempo irrepetible, de buenas compañías y mejores amigos. Pero si entonces había un resorte que me impelía a pisar la calle en cuanto caía el sol, ahora sospecho que el mecanismo ha debido de oxidarse. Quizás fue la lluvia interior. Tampoco crea que tengo un especial interés en lubricarlo de nuevo, señora. Este es otro tiempo, ni mejor ni peor. Acaso distinto. Y si miro atrás, lo hago con nostalgia, con la pena de que todo aquello ya no me atraiga.

Pérdidas

Hoy es un día triste, de esos difícilmente consolables. Ha fallecido, tras una lucha titánica durante seis años contra la enfermedad que empieza por “c”, la madre de un amigo. A su vez, amiga de mi madre. Curiosas coincidencias de esta vida. Su verdugo no tuvo nunca en cuenta si era o no una buena persona, si ayudaba a los demás, si tenía cargas familiares que atender y responsabilidades que llevar adelante. Nunca lo hace. A esa plaga le da igual quien sucumbe a su hálito negro, ese que te va consumiendo por dentro y por fuera, que te deja el dolor interno de quien lo padece y se extiende a quienes te rodean, embargados por la pena. Presumo de poder ponerme en el pellejo de mucha gente para intentar entender sus sentimientos y sus perspectivas vitales. Pero soy incapaz siquiera de intentar pensar en qué se siente al perder a una madre, y no ya hacerlo de golpe, sino a través de una tortura constante, viendo cómo se te va yendo poco a poco, cómo la abandonan sus fuerzas, cómo flaquean las tuyas al ver que no puede darte un beso porque ese tratamiento que debe curarla se la está llevando.

Odio los funerales. Y me repelen todavía más los pésames. Siento pánico ante el hecho de tener que llamar a este amigo, dentro de unos días cuando pase la vorágine, e intentar hablar con él. ¿Quién soy yo para intentar consolarle? ¿Qué confort puede darte nadie cuando has perdido a un ser irremplazable? Me noto como un estorbo, como un peaje que ese amigo debe pasar en aras de un convencionalismo cruel. En momentos así, un fuerte abrazo significa más que mil conversaciones baladíes y frívolas. Y yo no puedo darlo a mil kilómetros de distancia. Pero espero que sepa ese buen amigo que, incluso desde la lejanía, su dolor es compartido.

Puta vida esta.

Casarse

Hay una extendida leyenda urbana que proclama que el matrimonio es la garantía de la felicidad y la estabilidad infinitas. Usté se casa, y en ese mismo instante las penas y las amarguras de la existencia tornan milagrosamente en un dechado de alegrías que brotan de la fuente del amor. Es el maná contra las desgracias. Y ahí los ves, a los corderitos yendo al matadero, buscando la redención del altar, dando una comilona a los amiguetes y enfadándose incluso con los que ponen excusas para no ir. “¿No me harás el feo de no venir a mi boda?” ¡Pero tio mendrugo, que te ahorro pasta si no voy! Nada, no lo sacarás de sus trece, porque nadie que tenga un vínculo con esa persona puede despreciar la ceremonia de su prendición. ¡Sacrilegio!

Pensará usté, señora, que peco de misoginia. No lo descarte. Como tampoco descarte que me entren unas fiebres malignas y me enganche por el rito bantú a siete mujeres al mismo tiempo. Mi futuro es inescrutable, me temo. Aunque este post no va tanto por aquellos que dan el paso del casorrio de forma natural, casi sin darse cuenta, como por los agonías que necesitan el certificado de matrimonio como prueba de éxito vital que exhibir ante el resto de la sociedad. Un parche más a una vida hueca, una existencia remendada con el hilo ajeno del “que dirán” y la condescendencia de los demás. De estos conozco un puñao, con las prisas propias del que duda pero aspira a aclararse huyendo hacia adelante. Quien necesita de una boda para despejar sus ideas es que tiene más problemas de los que imagina, y cuando abra los ojos será demasiado tarde.

Mientras tanto, aquí seguiremos los solteros, recostados sobre la cómoda informalidad, viendo pasar a la humanidad caminito del cadalso. ¿Qué diría Paulo Coelho de esto? Tengo que mirarlo.

Que me perdonen…

…los buenos amigos de Ayamonte a los que, esta vez tampoco, no he ido a ver en las recientes vacaciones navideñas. Mi calculada dieta de PS3 y lectura me ha retenido en mi balneario doméstico los escasos cinco días que he tenido de asueto. Lo que no quita que no los haya tenido presentes cuando he dado instrucciones a la gobernanta de mi casa acerca de que hay unos titulillos esperando a ser recogidos por el interesado oportuno, concretamente los tomos 3 y 4 de la “Canción de hielo y fuego” de George R. R. Martin, a quien solo le deseo que deje de una puñetera vez de controlar la grabación de la primera temporada de la serie de la HBO y ponga el punto y final a la quinta entrega de la saga. Que contento me tiene.

Y a los afectados por mi condición eremita, que sepan disculparme, pero diciembre ha sido un mes movidito de trabajo y necesitaba nihilismo en vena para poder afrontar las exigencias de enero. En el fondo sé que lo llevarán más o menos bien, porque para eso son amigos, y no la Inspección de Hacienda. A la próxima (fecha indeterminada) prometo no fallarles.