La Scala

Plebe, patrizi, popolo!

La letanía de que cualquier tiempo pasado en la ópera fue mejor se sustenta en momentos como el que recoge este vídeo. Es el instante más emocionante del “Simon Boccanegra” verdiano, el arranque del Dogo ante la revuelta de sus ciudadanos, entre aquellos encabezados por Gabriele Adorno y los que le son fieles a él. En ese momento de confrontación, emerge la mayestática figura de Boccanegra para hacer un llamamiento a la cordura, con algunas de las frases de una honda humanidad: “Mientras el amplio mar / os invita a conquistarlo / vosotros os arrancais el corazón / unos a otros” (aunque discrepo de esta traducción de Kareol, añado). Simón cierra su exhortación a sus compatriotas genoveses con el inolvidable “Y voy gritando paz / Y voy gritando amor”, que Verdi marcó en la partitura con un elocuente “con maestà”. Piero Cappuccilli, de quien le hablaba el otro día, señora, justifica todos los elogios encarnando al Dogo Boccanegra.

La escritura de toda la pieza se adereza con la participación del resto de solistas y el coro, en un gran concertante final para cerrar el primer acto (aunque, en puridad, quedarán algunos compases después en los que Simón maldice indirectamente al pérfido Albiani). La parte de Amelia es, sencillamente, deliciosa, con ese trino final y esa nota mantenida en piano hasta el final. Y si, como ocurre en este vídeo de La Scala de 1975, la canta Mirella Freni, se alcanza la mismísima perfección. A la batuta, el gran Claudio Abbado, y completando el cast, Veriano Luchetti o Nicolai Ghiaurov.

Qué tiempos aquellos…

Plebe! Patrizi! Popolo
Dalla feroce storia!
Erede sol dell'odio
Dei Spinola e dei D'Oria,
Mentre v'invita estatico
Il regno ampio dei mari,
Voi nei fraterni lari
Vi lacerate il cuor.
Piango su voi, sul placido
Raggio del vostro clivo
Là dove invan germoglia
Il ramo dell'ulivo.
Piango sulla mendace
Festa dei vostri fior,
E vo gridando: pace!
E vo gridando: amor!

Esultate!

Una sucesión de afortunados acontecimientos hará que presencie un inesperado “Otello” próximamente. Cosas que pasan. A veces los astros se confabulan para descabalgarte un “Nabucco”, y otras se alinean para que el celoso moro veneciano pueda contarte su historia. Un golpe de fortuna, en toda regla. El “Otello” de Verdi, aclaro, porque el otro forma parte de esos títulos casi imposibles, aunque el año pasado conseguimos obrar el milagro en tierras belgas.

A sabiendas de que el buen verdiano venera ese capricho postrero que fue “Falstaff”, a mí me parece que la gran producción del maestro de Busetto finaliza en “Otello”. Su último melodrama romántico pone el punto y final al género en el s. XIX, y abre la puerta a los nuevos modos compositivos del momento. De hecho, “Falstaff” es una especie de coda cómica, un epílogo rompedor y alternativo a su propia trayectoria artística. Tanto, que a mí me cuesta reconocerlo como parte de la misma. Supongo que son cosas de la edad.

El “Otello” verdiano es una obra impregnada de fuerza, del arrebatador magnetismo del personaje principal, poderoso, omnímodo, y quizás por ello, también proclive al exceso en sus interpretaciones. Durante décadas, el modelo del moro fue el impuesto por ese titán llamado Mario del Mónaco, de voz privilegiada e inconfundible, pero de actuación algo monolítica. Su Otello era plano, unidireccional, bastante primario, aunque no menos delicioso para el espectador, al que envolvía con su broncíneo timbre. Un espectáculo único para los sentidos.

Una cierta tradición, quizás creada cuando Toscanini le entregó el rol a Ramón Vinay, barítono devenido en tenor ocasional, impone que el moro tenga una voz densa, oscura, robusta. Encajaba ahí Del Mónaco, como también Domingo. Y hay tendencia a buscar tenores con un centro anormalmente ensanchado y sombreado para encajar en este cliché. Parece que no fue así en el estreno de la obra, que recayó en el divo del momento Francesco Tamagno, un tenor lírico de timbre más luminoso. Hoy ya hay intérpretes que buscan esta vía alternativa. Porque imitar a MdM es, sencillamente, imposible. Y suicida, añado.

A lo que iba, que me disperso. La fuerza de la obra, que sin embargo tiene pasajes de un profundísimo lirismo (el dúo final del primer acto, la ofrenda del segundo, el rezo de Desdémona…), comienza desde la primera nota, desde el primer compás de la orquesta, que dibuja la furiosa tormenta de la que emerge un Otello victorioso tras hundir a la flota musulmana, y que es recibido entre vítores por el pueblo veneciano. En esa irrupción en escena se produce quizá una de las frases más reconocibles de todo el repertorio operístico, ese “Esultate!” descomunal, pasto de émulos en la ducha por parte de los aficionados, sueño de tenores y forja de grandes glorias.

Le dejo aquí, señora, el arranque de la ópera en una función de 1976 en la Scala milanesa, con el añorado Carlos Kleiber en el foso (casual e inexplicablemente abucheado por los loggionisti) y con un jovencísimo Plácido Domingo con la cara pintada de negro. Déjese zarandear por la tormenta, trague agua salada de esas olas rompiendo, sienta el miedo de la noche y emociónese con la arribada del laureado Otello. Por instantes como ese tiene sentido amar la ópera.

Chimeneas

Ya ve de qué modo titulo este post, señora, pero ya le avanzo que no voy a hablar de humo, aunque siempre lo tenga uno presente allá por donde va. Marca la tradición que en las grandes mansiones haya una chimenea, y que sobre ella se sitúe el elemento que debe presidir el salón. En la casa de Jesulín de Ubrique probablemente sea una cabeza de toro disecada. Seguro que José Tomás tiene otra, aunque a ese morlaco seguro que lo mató de otra manera y haciendo menos mamarrachadas en la plaza. Los cazadores son de colgar un ciervo o un jabalí. Si ya son exóticos, a veces hay hasta un león. Los zoos de taxidermista siempre me han dado un poco de repelús.

Yo en mi casa no tengo chimenea. No la necesito desde que descubrí el precio de la leña. Ríase de la luz. Y alégrese por sus riñones, que tanto agacharse a echar un maderito a la lumbre acaba por descoyuntar. Nada sale gratis a este cuerpo serrano. Pero sí considero que un salón necesita algo que lo presida, que marque la personalidad de su inquilino, con o sin hipoteca. Yo tenía un sueño. Quería que mi salón lo presidiera un cartel a tamaño real de la Scala de Milán. No uno cualquiera, sino uno que anunciara una buena función, y además del maestro Verdi. La felicidad son esas pequeñas cosas.

En una de mis peregrinaciones al templo lombardo disfruté de un “Attila” muy notable. Mi intención era hurgar en su tienda por algún viejo cartel de funciones de la Callas, la Tebaldi, Pavarotti, Corelli o Bergonzi. Sólo hallé una vetusta Valquiria con una nómina de mitos impagable. Pero me sentiría traicionando a mi esencia operística si Wagner poseyera mi salón en detrimento de Verdi. Eso no lo podía consentir. Así que acabé amarrando el “Attila” y un año después, luce poderoso rodeado de mis discos. Recostado en el sofá, alzo la vista y lo veo ahí, majestuoso. Y se me escapa una sonrisilla tonta.

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Cebolletismo

Dícese de la actitud de abuelo cebolleta, sin relación alguna con referencias de contenido sexual. Me ha dado por ahí hoy mismo, cuando un buen amigo me ha preguntado algunas cosas sobre París. Para ser francos, apenas se interesó por el hotel en el que yo había estado hace ya dos años (cómo pasa el tiempo…) en mi época azul. Casi de carrete, por incontinencia verbal, se te amontonan los recuerdos que filtras a modo de consejos para ir, venir, subir, bajar, comer y dormir en la capital del Sena. Con la distancia, las ciudades acaban por gustarte más. Bueno, con Milan eso no me ocurre, honestamente. Le quitas el Duomo y la Scala, y sería una urbe intrascendente. Pero París es distinto. Quizás embriaga mi memoria aquella buena época laboral y personal. Quiero creer que soy capaz de sustraerme a sus efectos y contemplar objetivamente las cualidades de la vieja Lutecia. En caso contrario, me llevaría a pensar que, en el fondo, nosotros somos la suma de nuestras felicidades, donde las penas apenas restan.

No quiero desaprovechar la ocasión para recomendar a todos aquellos que viajen a París que se ahorren, por la gloria de mi madre, las tres horas de cola de subida en ascensor a la Torre Eiffel. No hay necesidad de ser un guiri total.

Joyce

Creo que no le descubro nada si le digo eso de que “son malos tiempos para la lírica”, en el sentido más literal de la frase. Da gusto, por tanto, tropezar de vez en cuando con cantantes como la mezzo americana Joyce di Donato, que aparte de ser más maja que las pesetas, reverdece los grises pastizales del repertorio rossiniano. Acaba de darse un baño de éxito con una Elena de “La donna del lago” en Milan muy merecido, apenas quince días después de dejar su sello como Octavian en el nada parecido mundo straussiano de “Der Rosenkavalier”. El público lombardo se ha entregado a su arte. Cuelgo aquí el rondó final de la “Donna”, un “Fra il pade, fra il amante” que sirve para bajar el telón de este Rossini serio, tan inhabitual en los teatros como el resto de las óperas serias del llamado “Cisne de Pésaro”. A un timbre carnoso y colorista suma cierta facilidad en la coloratura, conocimiento del estilo y mucha clase cantando. Sirva como estímulo para acercar un género poco habitual más allá de los recopilatorios de arias complicadas. Y si le pilla cerca de su casa, señora, no dude en ir a verla. Y dígale a su niña la mayor que el año que viene la programarán en Londres. Debería aprovechar para salir de casa y conocer mundo. Y si de paso va a mi amado Covent Garden, yo la invito al helado de vainilla en el descanso.

La Scala

El templo de la ópera, el primer teatro lírico del Viejo Continente, la cuna de las esencias durante los dos últimos siglos, el examen de todo aquel que quiere ser un cantante reputado en Italia, pedestal para triunfadores y tumba para fracasados, la catedral del canto. Doscientos cuarenta años contemplan al viejo coso milanés. El Teatro alla Scala es un punto de peregrinación obligada para cualquier aficionado medio del repertorio italiano a lo largo de su vida. Es necesario respirar el aire de sus viejos muros (restaurados hace escasamente dos décadas), contemplar los carteles de las veladas de San Ambrogio de los cuarenta y los cincuenta, donde están anunciados nombres como la Callas o la Tebaldi, y entrar en su sala en mitad del silencio para que le retumben a uno en el tímpano tantas y tantas grabaciones escuchadas a lo largo de su vida.

El cielo y el infierno pasan por el purgatorio escalígero, donde los temibles loggionisti de las galerías altas no dudan en abuchear o bravear según sus gustos. La tradición del canto lírico tiene un sabor muy especial en Milan, a medio camino entre el capricho y la misericordia. Como todos los teatros del mundo, atraviesa una doble crisis: la económica, que lo obliga a programar títulos de repertorio con escasa imaginación y abundante marketing entre los turistas; y la artística, por culpa de unas generaciones de cantantes que no están a la altura de lo que significa pisar el escenario de la capital de la Lombardía. Stefano Secco debería estar vetado. Marco Vratogna, también. Y no sigo.

Por fuera, la indiferencia, la insulsez de un edificio que aparece a los ojos del paseante cuando abandona por la salida norte las Galerías Vittorio Emanuele. Casi llama más la atención el Cafe Trussardi que flanquea este regio mamotreto donde estrenaron sus óperas en el s. XIX autores como Donizetti, Bellini o el gran Giuseppe Verdi. Posee sus tradiciones. Cada función tiene su propio cartel anunciador. Los acomodadores van con librea. El champán es prohibitivo. Y Toscanini preside el foyer de la primera planta. Los aguerridos loggionisti suben por el lateral, porque quienes van a localidades baratas no pueden cruzarse con los dignos poseedores de butacas de patio o palcos de primer orden.

Fue un sueño pisarla por primera vez, y una alegría repetir por segunda. La tercera espero que sea la definitiva para sentirme un trocito de ella. Volveré. Lo prometo.