milan

Cebolletismo

Dícese de la actitud de abuelo cebolleta, sin relación alguna con referencias de contenido sexual. Me ha dado por ahí hoy mismo, cuando un buen amigo me ha preguntado algunas cosas sobre París. Para ser francos, apenas se interesó por el hotel en el que yo había estado hace ya dos años (cómo pasa el tiempo…) en mi época azul. Casi de carrete, por incontinencia verbal, se te amontonan los recuerdos que filtras a modo de consejos para ir, venir, subir, bajar, comer y dormir en la capital del Sena. Con la distancia, las ciudades acaban por gustarte más. Bueno, con Milan eso no me ocurre, honestamente. Le quitas el Duomo y la Scala, y sería una urbe intrascendente. Pero París es distinto. Quizás embriaga mi memoria aquella buena época laboral y personal. Quiero creer que soy capaz de sustraerme a sus efectos y contemplar objetivamente las cualidades de la vieja Lutecia. En caso contrario, me llevaría a pensar que, en el fondo, nosotros somos la suma de nuestras felicidades, donde las penas apenas restan.

No quiero desaprovechar la ocasión para recomendar a todos aquellos que viajen a París que se ahorren, por la gloria de mi madre, las tres horas de cola de subida en ascensor a la Torre Eiffel. No hay necesidad de ser un guiri total.

Joyce

Creo que no le descubro nada si le digo eso de que “son malos tiempos para la lírica”, en el sentido más literal de la frase. Da gusto, por tanto, tropezar de vez en cuando con cantantes como la mezzo americana Joyce di Donato, que aparte de ser más maja que las pesetas, reverdece los grises pastizales del repertorio rossiniano. Acaba de darse un baño de éxito con una Elena de “La donna del lago” en Milan muy merecido, apenas quince días después de dejar su sello como Octavian en el nada parecido mundo straussiano de “Der Rosenkavalier”. El público lombardo se ha entregado a su arte. Cuelgo aquí el rondó final de la “Donna”, un “Fra il pade, fra il amante” que sirve para bajar el telón de este Rossini serio, tan inhabitual en los teatros como el resto de las óperas serias del llamado “Cisne de Pésaro”. A un timbre carnoso y colorista suma cierta facilidad en la coloratura, conocimiento del estilo y mucha clase cantando. Sirva como estímulo para acercar un género poco habitual más allá de los recopilatorios de arias complicadas. Y si le pilla cerca de su casa, señora, no dude en ir a verla. Y dígale a su niña la mayor que el año que viene la programarán en Londres. Debería aprovechar para salir de casa y conocer mundo. Y si de paso va a mi amado Covent Garden, yo la invito al helado de vainilla en el descanso.

La Scala

El templo de la ópera, el primer teatro lírico del Viejo Continente, la cuna de las esencias durante los dos últimos siglos, el examen de todo aquel que quiere ser un cantante reputado en Italia, pedestal para triunfadores y tumba para fracasados, la catedral del canto. Doscientos cuarenta años contemplan al viejo coso milanés. El Teatro alla Scala es un punto de peregrinación obligada para cualquier aficionado medio del repertorio italiano a lo largo de su vida. Es necesario respirar el aire de sus viejos muros (restaurados hace escasamente dos décadas), contemplar los carteles de las veladas de San Ambrogio de los cuarenta y los cincuenta, donde están anunciados nombres como la Callas o la Tebaldi, y entrar en su sala en mitad del silencio para que le retumben a uno en el tímpano tantas y tantas grabaciones escuchadas a lo largo de su vida.

El cielo y el infierno pasan por el purgatorio escalígero, donde los temibles loggionisti de las galerías altas no dudan en abuchear o bravear según sus gustos. La tradición del canto lírico tiene un sabor muy especial en Milan, a medio camino entre el capricho y la misericordia. Como todos los teatros del mundo, atraviesa una doble crisis: la económica, que lo obliga a programar títulos de repertorio con escasa imaginación y abundante marketing entre los turistas; y la artística, por culpa de unas generaciones de cantantes que no están a la altura de lo que significa pisar el escenario de la capital de la Lombardía. Stefano Secco debería estar vetado. Marco Vratogna, también. Y no sigo.

Por fuera, la indiferencia, la insulsez de un edificio que aparece a los ojos del paseante cuando abandona por la salida norte las Galerías Vittorio Emanuele. Casi llama más la atención el Cafe Trussardi que flanquea este regio mamotreto donde estrenaron sus óperas en el s. XIX autores como Donizetti, Bellini o el gran Giuseppe Verdi. Posee sus tradiciones. Cada función tiene su propio cartel anunciador. Los acomodadores van con librea. El champán es prohibitivo. Y Toscanini preside el foyer de la primera planta. Los aguerridos loggionisti suben por el lateral, porque quienes van a localidades baratas no pueden cruzarse con los dignos poseedores de butacas de patio o palcos de primer orden.

Fue un sueño pisarla por primera vez, y una alegría repetir por segunda. La tercera espero que sea la definitiva para sentirme un trocito de ella. Volveré. Lo prometo.