nuevo blog

Justicia artística

Esto es un ajuste de cuentas en toda regla. Ya sabe, señora, que empezamos con esto del blog hace un puñado de años. Va para ocho, casi sin darnos cuenta. Y en todo ese tiempo, pocas cosas me causaron más frustración que la semana en que me vi privado de este vertedero de palabras por decisión de la autoridad. Todo debido a que publiqué una obra de arte, un cuadro colgado en un museo, que fue robado y posteriormente recuperado. Es esta preciosa “Madonna”, del noruego Edvard Munch. Mucho se habla de “El grito”, pero esta sensual mujer tiene un arrebatador encanto, una delicada sensualidad en ese rostro, que hace enmudecer al ensordecedor y afamado chillido. Alguien, un individuo insensible (o un malnacido redomado, que de todo hay) reportó a Microsoft que mi blog albergaba contenido pornográfico, y sin terciar palabra, me bajaron la persiana. No se molestaron en ver si la denuncia anónima se refería a una penetración a una camella por parte de un equipo de beisbol, a una escena sado-lésbica en una piscina de barro o a la sodomía de una pareja de enanos de circo. ¿Para qué, si nuestro amo es Bill Gates y estamos por encima del bien y del mal? Tras una burocracia farragosa, sólo equiparable a los trámites que se necesitan para darse de baja de Movistar, me dieron a elegir: o quita la foto o le cerramos el sitio. Y bajé la cabeza.

Hoy, en otros lares, con otro proveedor (igual de gratuito) para albergar mi blog, con la sensación de que aquí sí se entiende de qué va esto del arte y que no por decir “teta, culo, pis” se infringen códigos morales, y muchos años después, devuelvo a estas paredes virtuales el cuadro de Munch, para que cause el efecto cautivador que produjo en mí cuando lo vi por primera vez. De paso, puedo vengarme de la fechoría de los mojigatos de Microsoft, deseando que se caigan pronto del caballo, porque en este planeta no caben más idiotas.

Mi señora y yo

Un viejo amigo subtitula su blog con una máxima cargada de derrotismo: “como si a alguien le importara lo que pienso yo”. Es también un sano ejercicio de honestidad, algo que nada me extraña en su caso. Conozco pocas personas en este mundo con menos maldad, con tan pocas ansias de protagonismo y vanidad como él. La vida nunca recompensa a la gente buena, supongo. Esta no es tampoco la excepción.

En cualquier caso, la frase me da qué pensar sobre el sentido de los blogs, de estas toneladas de palabras, muchas de ellas sin sentido, que eventualmente volcamos en este espacio virtual. No tienen utilidad social alguna, porque no imparten conocimientos cientificos. Tampoco atienden a necesidades ciudadanas de búsqueda de respuestas ante las grandes preguntas del ser humano. Yo no sé ni a dónde vamos ni de dónde venimos. No al menos sin ser grosero para referirme al útero de las madres respectivas. Por tanto, ¿qué hacemos aquí los vanidosos? Pues mirarnos el ombligo, señora. E incluso, que me lo mire usté desde su rellano ficticio y luego lo cotorree con su hija la mayor.

Ya en serio. Todo esto no está pensado para el público, señora. Esto es para usté y para mí, para que nuestras charlas se parezcan al diván del psicoanalista, para que busquemos en nuestros propios pensamientos y palabras las respuestas a las preguntas que nosotros mismos nos hacemos. ¿Quién necesita las dudas de los demás? Por eso hay entradas que nadie entiende, ni tan siquiera su autor una vez han pasado los meses. Lo que no quita que, al contrario de lo que piensa mi amigo, haya que agradecer a quien sin necesidad de masticar estos brotes verdes, pasa por esta bitácora de tanto en tanto.

Feliz Día de Andalucía a todos ellos. Y ellas. Y a usté, señora, que me tiene esto de un limpio que da gusto.

Estadísticas

Ya ve, señora. Hubo un tiempo en que escribía por placer. Otro, en que lo hacía por necesidad, a modo de terapia. A estas alturas de la historia, casi seis años después de quitarle el envoltorio a este blog, lo hago por afán de superación. A mí mismo, aclaro. Me dije cuando inauguré el traslado a esta nueva finca que gratuitamente me cedieron que me inventaría un mínimo de siete historias al mes. Bah, malo será que no se me ocurran tal puñado de estupideces en 30 días. Y te ves en harina varios meses después teniendo que contar intimidades para cubrir el expediente, desnudando interioridades del blog (que en el fondo lo son de quien escribe) para alimentar no sé qué prurito estadístico. Siete repartido entre treinta apenas tocan a una chuminada cada cuatro días. Pero cuando la jornada laboral hace estragos, cuando ahogas la imaginación en sueño y petacas de Jameson, cuando las ideas brillantes te abandonan por maltrato, mantener el tipo se tuerce de mala manera. Y como de mi querido Farré ya despotriqué, me tengo dosificados los vídeos de ópera (que a su hija no le gustan, señora) y mis viajes no interesan a casi nadie, me queda una actualidad tan borracha de tragedias económicas que me veo excesivamente sobrio para abordarla con rectitud. Perdóneme si ve que se agota la creatividad. Llevo meses buscándola entre páginas de libros, entre volutas de humo, entre piezas de puzzle. Mi pena es que le encuentro mejor uso que este blog. Ahora solo recicla mis despojos. Demasiado bien sale.

Mutar, evolucionar

Esta es una bitácora muy curiosa, señora. Ya ve, todavía se guardan en el baúl algunos escritos de los orígenes del blog, aquel tormentoso 2005, hijo de sus circunstancias, que sin embargo tuvo un carácter taumatúrgico, un fondo terapéutico que puso las bases para el Quillo que ahora viste y calza. Visto desde la distancia, pudiera chocar la contemplación de pasado y presente. Siento en ocasiones la tentación de borrar el ayer y dejar sólo el hoy más inmediato, aquello que reflexiona sobre mi alrededor y no sobre la primera persona del singular. Sin embargo, sería un acto de traición no hacia quien acaba aquí por error, sino hacia mi mismo, una negación de los orígenes bastante absurda. No me avergüenzo de lo sentido y sufrido entonces, como tampoco de lo disfrutado poco después o de los periodos intermedios de lánguidas insensibilidades. Sería una hipocresía innecesaria. Muy al contrario, destilar las primeras ideas que se publicaron años atrás son el mejor manual para entender la desquiciante por momentos personalidad del autor. Paciencia, señora, si tropieza con ellas y necesita gaseosa, no se extrañe. Es un síntoma de cordura.

Novedades obvias

Esto no es lo que era, claro. Digamos que ha sido una mudanza forzosa a estos nuevos lares, dejando atrás el grueso de aquellas engorrosas listas de filias y fobias, de pragmatismos de otros tiempos (lo cierto es que llevaban ahí años sin ser actualizadas), de fotos revenidas y que, de estar en un escaparate, ya andarían con el color comido. Esto es más austero, más simple, más como me estoy volviendo últimamente. No penseis que esta pobreza estética va a perpetuarse por mucho tiempo, porque en cuanto encuentre un rato buscaré los modos de darle una mano de pintura a la cosa esta, y que este piso vacío tenga un toque personal, sin falta de volverlo a llenar de la basura de antes. Que sí, señora, que le daba encanto, pero que aquel blog era hijo de sus circunstancias, y este… es una adopción de una criatura que encontré bajo mi ventana sin otra solución que acogerlo en mi seno.

Queda por ahí el archivo, para aquellos que crean que esta bitácora nació ayer al calor de las modas. Esto va camino de los seis años, y contando. A los que me ayudásteis a empezarlo, a los que estuvísteis ahí mientras crecía, y ahora que asistís a su emancipación, gracias. Y al resto, pues que lo siento, que me gusta demasiado darle a la tecla por cuenta propia. Sirva los canapés, señora, que aunque sean de foie gras, esto es una inauguración.