tosca

Tosca, mi fai dimenticare Iddio!

 

El cruel barón Vitelio Scarpia, indiferente ante la iglesia en que se encuentra, maquina entre murmullos cómo pretende arrancarle a Tosca sus favores mientras da caza a su amante, el pintor Mario Cavaradossi. En sus palabras hay puro odio al fugado, lujurioso ansia y ferviente deseo por su querida, las más bajas pasiones. Entremezclado con su fabulación, un creciente Te Deum que entona el coro de Sant’Andrea della Valle, y que acabará por romper en una explosión de música y canto para bajar el telón del primer acto. Ahí, el aparentemente religioso Scarpia grita su confesión: “Tosca, haces que me olvide de Dios”. Sin duda, uno de los momentos más inigualables que regala la ópera, salido de las partituras de Giacomo Puccini. Y hoy, nadie lo canta como el galés Bryn Terfel, que maneja con increible soltura la teatralidad del personaje, la maldad que rezuma en gesto y palabra, la intencionalidad de cada frase, de cada acento. Emociónese, señora, que no es malo.

Tosca

Tosca es la historia de una celosa cantante, beata y, sobre todo, temperamental y exuberante. Se enamora del pintor Mario Cavaradossi, encargado de los frescos de la iglesia de Sant’Andrea della Valle, quien además esconde en su casa a un refugiado político, Angelotti, que acaba de huir de una cárcel donde lo tenía preso el cruel Barón Scarpia. Tosca recela de las evasivas de su amado, que quiere salvar a su amigo, y cree que le engaña con otra, algo que se alimenta con las insinuaciones de Scarpia. Los celos la llevan a desvelar un escondite oculto de Cavaradossi en su villa donde se ocultaba el prófugo, y cuando Scarpia cambia su libertad por sus servicios, ésta lo mata. En el último acto, el desenlace fatal es el esperado.

Tosca es, a mi juicio, uno de los papeles señeros de Maria Callas. Tiene su pasión, su desbocada intensidad, su dulzura medida. No se entendería este rol sin la cantante griega. La soprano tiene dos bellísimos dúos con el tenor, pero la pieza más conocida es este “Vissi d’arte” que entona antes de supuestamente ceder al chantaje de Scarpia. Un lamento a su Dios, al que pregunta qué hizo mal en una vida dedicada al arte para ahora tener que rendirse a las intenciones de tan malvado personaje. Esto, y el “Te Deum” con el que finaliza el primer acto, pueden arrancar lágrimas de emoción. Es Puccini.

Valencia

Escapar, como si se huyera de algo. O de alguien. O de ambas cosas. También podríamos llamarlo viaje. Pero cuando se puso de moda el término “escapada” creo que se hizo para poder darle una segunda acepción, un golpe de retranca propia de esta tierra de hórreos y neblinas (incluso en junio). Hemos estado un par de días por Valencia, al calor del sol mediterráneo que ajusticiaba lo suyo, y visitando una gran ciudad. Lo es, por saber mantener su pasado y apostar por su futuro, que sin duda debe andar bajo las acristaladas fachadas de la impresionante Ciudad de las Artes y las Ciencias. En el Palau, disfrutamos de una inolvidable “Tosca”, de la mano de ese tenor que ya no es promesa sino realidad y que responde al nombre de Jorge de León. Y de esa no menos espectacular orquesta, que de la mano de Zubin Mehta diseccionó la partitura de Puccini con maestría. Por un momento, la escapada cayó en saco roto. ¿Para qué vuelo mil kilómetros si voy a acabar en las mismas redes musicales que me llevaron a mi dulce condena entre volutas de humo? Quizás para convencerme de que el humo igual que viene, se va.

O vuelve a venir.