venecia

Sapori veneziani

Ni pasta, ni dulces, ni cappuccinos, ni chocolates variados, ni helados, ni pizzas (aparte de las de Fabio). Venecia me sabe y me sabrá siempre a Spritz. Una medida de soda, otra de Aperol y una más de prosecco blanco, con hielo.

20131125-231017.jpg
Anuncios

Preparativos

En un callejón lóbrego, probablemente víctima de las deficiencias en el saneamiento de la ciudad, con salida a la laguna y vistas a la Giudecca, acabo de encontrar un sitio en el que habitar una semana a finales del otoño. Primero fueron unas horas, luego un par de días, más tarde tres jornadas, y ahora necesito una semana completa. Y me seguirá sabiendo a poco. Es lo que me pide el cuerpo, huir una semana a Venecia y resetear la cabeza, cambiar el ruido de los coches por el arrullo de sus mareas, por el frío de sus callejuelas sumidas en la borrasca, por sus plazas en miniatura, por sus iglesias enjutas y que esconden tesoros a oscuras, por las pizzas de Marco, por la decadencia más hermosa que jamás se vio, por la Cuarta de Mahler, por los pasos de Guido von Aschenbach, por las ingenuas parejas que creen en el poder romántico de las góndolas, por un puñado de Tintorettos que merecen ser vistos sin resaca, por una inspiración que se esconde tras una máscara de carnaval, por un aqua alta convertida en espejo de la ciudad, por un anonimato deseado, por toneladas de spritz, por un puñado de recuerdos y por otro de deseos.

¿No le parecen razones suficientes, señora?

20131003-193340.jpg

Canales

Soy uno más de esos a los que Venecia le produce una fascinación irracional. Confluyen en este hecho el concepto de ciudad construida sobre el agua, con la fugacidad que eso supone al estar al albur del caprichoso líquido elemento, y la decrepitud que presenta tras el lento transcurrir de los siglos. La brillante República Serenísima es hoy pasto de turistas, sólo preocupados por gastar las memorias de las cámaras digitales en fotos en Rialto, San Marcos y el puente de los suspiros. Nada queda de la magnificencia de la vieja Venecia, la ciudad que representaba el león alado, gobernada con mano férrea por el Doge y su consejo de nobles. Algo de aquella grandeza perdida queda en el grueso de la obra del Canaletto, un paisajista veneciano del XVIII que retrató la vida normal de la ciudad en sus lienzos. Muchos están repartidos por toda Europa, ya que su arte le hizo famoso, y permiten al espectador viajar en el tiempo a la época en que no existía el turismo, y las góndolas no paseaban a caducos tortolitos por los canales al ritmo de una serenata.

La escuela paisajista tiene en Francesco Guardi otro nombre importante. De hecho, buena parte de su producción se exhibe estos días en un museo local de Venecia, y ya le digo, señora, que me dejaré caer por allí en mis inminentes vacaciones italianas. El retrato de la vida cotidiana, este cotumbrismo refinado, me causa una curiosa atracción. Le lleva a poner esa sonrisilla tonta de “ahí he estado yo”. Seguramente en el XVIII no estaría abierta la pizzeria Antica Forno, junto a la piazza San Giovanni, próxima al Mercado. Ni tampoco habrían inventado el spritza en los bares de la zona. Y no irían al Lido en barcaza de motor, sino en las majestuosas góndolas cubiertas. La magia de Venecia es que esa decrepitud es el óxido de edificios que llevan ahí toda una vida, espectadores mudos del paso del tiempo. Es la prueba de la autenticidad de la ciudad, es el ADN de su esencia, que no se ha perdido del todo a pesar de la peste de los turistas.

El arte del Canaletto me permite soñar con Venecia con cada cuadro que le contemplo. Ya sea en el Thyssen, la National Gallery o la Galleria d’Arte Antica de Roma. Y ese es un regalo que no tiene precio.

Invivible

El ser humano tiende a la comodidad. Es una ascendente genética contra la que no podemos luchar. Entre un sofá en el que te clavas una barra de hierro y un cheslón en el que te puedes espatarrar de la forma más grosera posible, siempre resultará ganadora la segunda opción. Todo esto se deriva de un hecho que me ha venido a la cabeza por alguna extraña razón: vivir en una ciudad que sea pasto de los turistas. Como definición general, el turista es un especimen codiciado por la hostelería local, pero repudiado por los vecinos. Dejará mucho dinero, pero altera nuestra existencia cotidiana: nos quita las plazas de aparcamiento gratuito, colapsa las calles porque no sabe dónde va y se para cada diez metros pa consultar el mapa, nos deja sin mesas libres en nuestros restaurantes de cabecera, y así hasta donde queramos seguir estirando el chicle. Es una postura eminentemente egoísta. Aquí en Santiago se es razonablemente tolerante con el visitante, principalmente con el español, porque de que le guste la ciudad y que quiera repetir en el futuro depende el pan de muchas familias. Al extranjero se le exprime más: viene con más pasta y se le puede cobrar más caro el marisco. Somos así, señora, no lo podemos negar.

Compostela todavía se mantiene dentro de unos límites de visitantes tolerables. Apenas se cruza el umbral de lo invivible en los años santos, principalmente en verano. El resto del tiempo, capeamos la invasión, salvo que se anuncie visita papal, ya que en ese caso la espantada de los oriundos está garantizada. Pero ahora me vienen a la cabeza casos como el de Roma, Venecia, Florencia, París, etc. La capital italiana o la ciudad de los canales son el vivo ejemplo de una ciudad cuya economía se vertebra casi exclusivamente del dinero que generan los viajeros. Hoteles malos y caros, buenos y baratos, campings y demás alojamientos declinables comen de aquí. Pero el romano de a pie tiene que soportar el hecho de estar desposeído de su ciudad. Más duro es todavía el caso veneciano. Es una ciudad con miles de visitantes diarios, que casi quintuplican a los habitantes de la isla. Llega el punto del rechazo, de la desafección del ciudadano con el turista que hace fotos no por el valor real de un edificio o un paisaje, sino porque así lo indica el guía de turno y debe justificar que estuvo ahí cuando meses más tarde presuma con los amigos.

Por eso todavía vivimos aquí en Compostela. Bueno, por eso y porque no tengo trabajo en otro sitio. Pero esta ciudad se deja querer, aunque uno nunca la sienta como suya. Quizás porque falta el Guadiana, porque falta la luz con la que dimos nuestros primeros pasos, porque falta nuestra alegría, porque uno no se siente en casa aunque lo traten como a alguien de la familia. Casa no hay más que una, por miles de kilómetros que nos separen de ella.

La Fenice

Nunca el nombre de un teatro estuvo tan bien puesto. La Fenice, “el fénix” en italiano, es la crónica de un escenario consumido por las llamas hasta tres veces a lo largo de su historia. Pero también es el relato de sus correspondientes renaceres, de sus reaperturas y de sus éxitos. A día de hoy, es el principal teatro de la ciudad de Venecia. No siempre fue así. Cuando se concibió su construcción en 1789, tras el incendio del San Benedetto doce años antes, había otros seis en la isla. Un concurso público retó a arquitectos y diseñadores de dentro y fuera de Italia a concebir el nuevo teatro, que se inauguró en 1792 con una obra de Giovanni Paisiello, uno de los autores más olvidados del primer belcantismo.

Apenas cuarenta años más tarde, era pasto de las llamas por segunda vez. Una rápida reconstrucción le pemitió reabrir sus puertas en 1837. Entre la fecha de su estreno y esta reapertura tuvo varias anécdotas, como los seis palcos ordinarios que se suprimieron para albergar uno especialmente pensado para Napoleón, que visitó la Fenice en 1807. Las sucesivas decoraciones corrieron a cargo de reputados artistas de aquella época como Borsato, Selva, Meduna u Orsi, que confirieron al teatro la exquisita combinación de elegancia y lujo que debía tener un escenario de esas características, en una ciudad monumental como la capital del Veneto.

La tragedia volvía a teñir de negro Venecia en 1996, cuando dos electricistas provocaron un incendio que devastó por completo el teatro, obligando a una reconstrucción integral que duró más de un lustro. No se escatimaron esfuerzos para recuperar la joya de la Fenice, tal y como era antes del fuego. No falta un detalle, ni un policromado, ni un milímetro de pan de oro para la decoración de sus palcos. Su acústica sigue siendo la maravilla que siempre fue, y que permite a un cantante ser escuchado perfectamente en cualquier localidad, ya sea en palcos o en las denostadas galerías del loggione. Se respetó el techo plano de la sala, ese al que la decoración le confiere una sensación abovedada. Por un momento, si se ignora lo sucedido, parece que no han transcurrido los años… ni los incendios. Resuenan en sus paredes los ecos de los estrenos de, por ejemplo, el “Rigoletto” o “La Traviata” de Verdi, los “Capuletti” de Bellini o las colosales “Tancredi” y “Semiramide” de Rossini.

Guardo de La Fenice un recuerdo maravilloso, imborrable. No tanto por el punto mitomaníaco que se apodera de mí en este tipo de escenarios, que también. Sino por la inmejorable noche de mi primera función allí, un “Elisir” inolvidable en octubre de 2010. Su austera fachada no debe llevar al engaño, porque en su interior la belleza no tiene fin. Debe ser el único teatro con una entrada directa a un canal para el atraque de las góndolas. Todo encaja en una ciudad de una mágica decadencia, donde el tiempo se detuvo hace varios siglos, un monumento viviente desde Santa Lucia hasta La Giudecca, desde el Lido donde fue a morir Guido von Aschembach (embriagado por la belleza y el hastío por no dominarla) hasta la Plaza San Marcos en cuyo Palacio Ducal fue coronado Simón Boccanegra.

Si antes de morir hay que ir a Venecia, haga que una de las paradas sea en su Fenice. Me lo agradecerá, señora.