sevilla

Gastronomía

Apunte, señora, apunte: berenjenas con salmorejo, boquerones en adobo, taleguillas de bacon y pollo, croquetas de carne de puchero, tortillitas de camarones, serranito, montaito de pringá, tortilla de bacalao, pincho de presa ibérica, tosta de bacalao con salmorejo, setas a la plancha, cazón en adobo, puntillitas fritas y flamenquines de melva. Apenas dos días sevillaneando, y me traigo un recetario para erradicar el hambre más allá del Estrecho. Sevilla, claro. Una escapadita de diez.

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Después de la tormenta

Supongo que habrá quien piense que Santiago en particular (y Galicia en general) fueron inventadas para ser disfrutadas bajo una capota gris rezumante de lluvia. Algunos turistas son tan cursis que lo creen a pies juntillas, y gozan de los días de verdadero mal tiempo… hasta que se quedan tirados en el aeropuerto a cuenta de la niebla. Pero Compostela es una ciudad que aprovecha al máximo los escasos rayos de sol de que dispone al cabo del año. Incluso en este otoño de tintes invernales que nos está tocando sufrir a sus vecinos. La calma después de la tempestad hace que la piedra, húmeda, refleje el sol y brille con su particular intensidad. Y son estos días en los que sé que echaré de menos esta villa cuando marche, en fechas no muy lejanas (me temo). Aun así, voy a entablar pronta comparación entre el azul compostelano y el propio de mis latitudes meridionales, el que abre la Plaza del Salvador al mundo, cañita en mano, y contempla la magia de Sevilla, su encanto único, su forma de entender la vida mirando al cielo y no a través de una ventana mientras diluvia.

Y sin ser consciente de ello, se inicia la cuenta atrás para la treintena. Pero como pensar en eso me deprime y ya sería una estupidez torpedear un soleado día otoñal en Compostela, lo dejo para otro día. Suscita demasiadas reflexiones. Me voy a mi sofá a taparme con mi mantita y seguir leyendo a Irvine Welsh.

¿Hacia dónde?

Las preguntas, casi siempre las mismas preguntas. Por qué tal cosa, por qué no tal otra, quizás esa persona, alguna vez aquella otra, cómo ocurrió, cuándo dejó de ocurrir… Pero la que más me inquieta de todas es el hacia dónde. En la vida creo en que hay que ir cubriendo etapas. ¿Pero cómo sabes cuando completas una y debes saltar a la siguiente? Veo amigos míos que cierran una fase y dan pasos hacia otra en pareja, asentándose y poniendo una dirección muy clara, que les conduce a una familia, a unos hijos, a una estabilidad. Yo no me veo. Nunca me he visto. Y no sé si me llegaré a ver en algún momento. Hacia dónde. Quizás me atormenta de alguna manera la impaciencia por no poder extender la mano y agarrarme al asidero en el que tengo depositadas las esperanzas. Quizás es sólo un mal día. A veces también cansa confiar siempre en el poder curativo del sueño y el descanso. Casi tanto como que esa cama esté siempre vacía por incomparecencia sobrevenida. Me anestesio con arias, limpio la herida con viajes, la coso por las noches. Y se vuelve a abrir a la mañana siguiente. Cada escena, cada imagen, cada charla resquebraja el hieratismo vital que me sirve de decorado mientras espero algún tipo de revelación, de convicción caída del cielo que abra los mares de las dudas y, como Moisés, me enseñe el camino.

Pero por otra parte, ¿acaso la vida es una visita guiada por lugares comunes? Necesito a Puccini más que de costumbre. Le espero en Sevilla. Quizás su música me indique por dónde no debo caminar. Y el resto, será cosa mía.

Mayo

Casi no sé por donde empezar. Está siendo un mayo intenso, de contrastes, reencuentros, risas, nocturnidad, alevosía, copas, apuestas, mensajes, quemaduras, viajes, óperas, cenas, caricias, bodas, aeropuertos, derroches, guiños, palabras, miradas, sueños, maratones, conciertos, tertulias, churrascadas y no sé cuántas cosas más, sobre todo cuando quedan por vivir casi diez días más. Está siendo un mes de mayo de acelerón y frenazo, de excesos y defectos, de sorpresas inesperadas. Hagamos un ejercicio de concisión sumaria para comentar un par de cosas.Hubo una boda. Se nos casó un buen tipo al que fuimos a ver a pesar de una nube volcánica caprichosa. Y allí nos reencontramos tres amigos ocho años después, recordando tiempos pasados, que no sé si fueron mejores, pero desde luego merecieron la pena vivirlos al lado de Toni y Antonio. Queda pendiente visita a Zaragoza, una ciudad a la que le debo buenos momentos, y ella me debe recuerdos. Me los roba de noche.

Hubo una final de Copa. Y una celebración. Y una quemadura. Y Puccini de madrugada. Y un delicioso desvelo con prórroga obligada en forma de curso formativo bastante aburrido. Y la música de Puccini me gusta más ahora, si cabe. Me queda la sensación de que sus óperas son algo cortas. Tendré que reescucharlas más a menudo.

Hubo una churrascada. Nada fuera de lo habitual en un día libre, acompañado de buenas gentes que elevan a la enésima potencia el concepto de hospitalidad. Pero lo importante fue el regreso a un lugar de autos, esquivado durante años, y que ha dejado de ser escena de crimen para convertirse en decorado paradisíaco (y dionisíaco, añadiría). Hay más. Una senda abandonada y poseída por la maleza vuelve a ser transitable. Es una de las alegrías de este 2010.

Hubo un puente y nos fuimos a Madrid. La fraternidad no es una cuestión de consanguineidad, sino de carácter. Y hay un puñado de personas en esa ciudad que te acogen casi como si fueses de su familia. Son amigos, pero prestados por otro individuo único en esta existencia de quien escribe. Regresamos al Teatro Real, disfrutamos de Bellini, Juan Diego Florez y una cena al aire libre deliciosa. Probamos la comida nórdica y los cócteles malasañeros. Recordamos, en fin, porque cuatro años fueron pocos bajo el cielo gris de la capital.

Y habrá, porque el mes no ha acabado, la enésima cita en mi ciudad particular. Puede que después tenga otros muchos más “hubo” para un post.