literatura

Separaciones

La Academia Sueca le otorgó el lunes al escritor Mo Yan el Premio Nobel de Literatura 2012. Hasta aquí, todo perfecto, en parte porque carezco de conocimientos de chino para haber leído su obra en su lengua original, y puestos a carecer, tampoco he comprado ningún libro suyo traducido al castellano. Por tanto, el capítulo de méritos artísticos queda inalterado por incomparecencia de mi capacidad crítica. A veces me hace esto, señora, y no vea la rabia que da. Ahora bien, la entrega se ha producido el mismo día en que más de un centenar de premios nobel en las más diversas categorías han hecho público un manifiesto para que el régimen chino libere a Liu Xiaobo, activista crítico con la dictadura comunista, encarcelado por cometer el imperdonable delito de pedir reformas democráticas. Intolerable, se entiende. Para más inri, Xiaobo fue Premio Nobel de la Paz en 2010. Obviamente, no pudo ir a recogerlo. No le dieron permiso en el penal. Tampoco a su mujer, en arresto domiciliario en su casa.

Lo chusco del tema está en que si algo marca la filosofía de estos prestigiosos premios es su promoción de los derechos humanos, de los valores de convivencia pacífica, del respeto a la diversidad. Y en aplicación de dicha diversidad, la Academia Sueca se ha apresurado a matizar que el Nobel a Mo Yan no es por su condición de ciudadano chino, sino por su condición de escritor. Esto es diversificar, y lo demás tonterías. Lo que me ha llevado a preguntarme si un autor es capaz de separar su obra de su vida en un arte tan íntimo como son las Letras. ¿Es capaz un escritor de abstraerse de un contexto de opresión política, moral e intelectual para contar historias? ¿Es posible que se premie a un novelista que acata y muestra cierta connivencia con un régimen represor como el chino? Quizás Borges pudiera responder a esto, ya que no tuvo reparos en recibir condecoraciones de la dictadura chilena, lo que no le merma su genio artístico pero sí le retrata como persona.

Porque si hemos avanzado hasta el punto de diferenciar públicamente entre obra y vida, se me ocurren varios ejemplos de autores que podríamos rehabilitar para la memoria colectiva, como Agustín de Foxá o Leni Riefenstahl, uno de ideología falangista y la otra realizadora de cabecera de los nazis. Pero al mismo tiempo estaríamos insultando la memoria de tantos y tantos artistas que tuvieron que exiliarse a otros países porque no quisieron separar su talento de su pensamiento, porque se negaron a mentirse a sí mismos, porque rechazaron traicionar a las Artes, una manifestación que nunca puede ser plena sin libertad.

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Dickens

Leer “David Copperfield” ha sido una experiencia como lector. No tanto una sorpresa, porque la novela decimonónica británica ya había entrado en mi menú gracias a Wilkie Collins. Pero las formas de uno y otro son sustancialmente distintas. Dickens tiene un aire a Capra, con cierto trazo moralizante en su prosa, con unos protagonistas llenos de buenos y nobles sentimientos, que hacen frente a las injusticias sociales, a rivales de podredumbre ética incalculable. Y la diferencia de la novela dickensiana a la actual es que la bondad tiene premio y consigue un final feliz. En el camino, y de forma muy velada, prfundas críticas a los usos y costumbres de la Inglaterra victoriana, a sus estamentos, a sus tradiciones, a la mentalidad de las clases altas. Y todo ello, con una narración ágil, sencilla, respetuosa con el lector, al que lleva de la mano por su camino de baldosas amarillas. Sabes que te están manipulando, pero lo hacen con tanta elegancia que te acaba por no importar. Supongo que a este Dickens amable le seguirán otros dos menos pastelosos como “La casa lúgubre” y “Nuestro común amigo”, su última novela conclusa. Y también las andanzas del “Club Pickwick”, de las que me han hablado muy elogiosamente.

Engullidas estas mil páginas en apenas cuatro días, retomo otro de mis vicios como lector: Stephen King. Sólo necesita veinte páginas para soltarte en mitad de sus historias, para dar dos brochazos a sus personajes y pedirte cinco minutos más de atención para seguir pasando páginas y páginas. Puede que no sea objeto de culto para la intelectualidad, pero este señor es un escritor de los buenos, de los que además de vender mucho sabe incluso escribir y hacerte pasar buenos ratos. ¿O no es eso de lo que va la literatura?

El bífidus

En este complejo y heterogéneo mundo en el que nos movemos, hay quien entiende que su tracto intestinal es una maquinaria de precisión que necesita de estar constantemente engrasada. Así evita herrumbe, rigideces y ruidos en el engranaje. Por ello, han domesticado de tal manera su función gástrica que han convertido las deposiciones en un rito con hora fija día tras día. Como un reloj, los afortunados poseedores de la uretra mecánica acuden con la debida regularidad al trono de porcelana. Esta educación del esfínter evita digestiones pesadas y demás derivados indeseables, tales como inflamaciones angustiosas o periodos de descontrol orgánico que sólo producen malestar e inconveniencias. La herramienta para lograr esta sincronía perfecta, este desfile puntual y ordenado de heces, parece ser el bífidus ese de los yogures, que obra maravillas. La microfauna intestinal ha encontrado con este bicho un nutriente de matrícula para lograr este orden espartano.

Algo así pasa con la literatura. Admiro profundamente al escritor que es capaz de imponerse como disciplina la composición de un puñado de palabras, indiferentemente de la calidad o extensión. El simple hecho de activar la creatividad cada 24 horas y ser capaz de pergeñar cuatro párrafos, de hilar una ristra de ideas más o menos conexas, me produce una envidia malsana. El ejemplo más próximo lo tengo en un reciente visitante de este blog, ex convicto de la carcel del periodismo y reinsertado en la sociedad como escritor, capaz de no fallarle a su público. Cada día, un regalito en forma de pensamientos. Yo quisiera esa regularidad para mí, poseer esa habilidad para encontrar cada día una motivación, una excusa para sentarme delante de esta bitácora y ponerle letra a la música que me rodea. No lo consigo.

Quizás por eso ansío tanto la iluminación divina para hallar las fuerzas y la disciplina con las que componer mi sinfonía literaria particular. Quizás por eso otros puedan presumir de ser escritores, y yo sólo pueda soñar con aspirar a serlo algún día.