piso nuevo

Chimeneas

Ya ve de qué modo titulo este post, señora, pero ya le avanzo que no voy a hablar de humo, aunque siempre lo tenga uno presente allá por donde va. Marca la tradición que en las grandes mansiones haya una chimenea, y que sobre ella se sitúe el elemento que debe presidir el salón. En la casa de Jesulín de Ubrique probablemente sea una cabeza de toro disecada. Seguro que José Tomás tiene otra, aunque a ese morlaco seguro que lo mató de otra manera y haciendo menos mamarrachadas en la plaza. Los cazadores son de colgar un ciervo o un jabalí. Si ya son exóticos, a veces hay hasta un león. Los zoos de taxidermista siempre me han dado un poco de repelús.

Yo en mi casa no tengo chimenea. No la necesito desde que descubrí el precio de la leña. Ríase de la luz. Y alégrese por sus riñones, que tanto agacharse a echar un maderito a la lumbre acaba por descoyuntar. Nada sale gratis a este cuerpo serrano. Pero sí considero que un salón necesita algo que lo presida, que marque la personalidad de su inquilino, con o sin hipoteca. Yo tenía un sueño. Quería que mi salón lo presidiera un cartel a tamaño real de la Scala de Milán. No uno cualquiera, sino uno que anunciara una buena función, y además del maestro Verdi. La felicidad son esas pequeñas cosas.

En una de mis peregrinaciones al templo lombardo disfruté de un “Attila” muy notable. Mi intención era hurgar en su tienda por algún viejo cartel de funciones de la Callas, la Tebaldi, Pavarotti, Corelli o Bergonzi. Sólo hallé una vetusta Valquiria con una nómina de mitos impagable. Pero me sentiría traicionando a mi esencia operística si Wagner poseyera mi salón en detrimento de Verdi. Eso no lo podía consentir. Así que acabé amarrando el “Attila” y un año después, luce poderoso rodeado de mis discos. Recostado en el sofá, alzo la vista y lo veo ahí, majestuoso. Y se me escapa una sonrisilla tonta.

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Del año que termina…

…me quedan un puñado de imágenes en sepia, fruto del pasado que ya representan en mi vida. Como tal lo recordaré, como una etapa de toma de decisiones, de cambios sutiles y radicales, de puntos y aparte. Apenas hay un elemento de continuidad en este 2011, que es mi deliciosa adicción al humo y a la ópera, que como ya sabe usté, señora, se remonta incluso al 2010, por lo que tampoco son cuestiones novedosas. Atrás dejaré este año un piso, un trabajo y, por encima de todo, una profesión. Lo primero puede parecer superficial, pero cuando todo mi paso por Santiago había transcurrido hasta entonces dentro de las mismas cuatro paredes, hay muchos recuerdos que se amontonan.

Me quedo con el giro vital en los dos últimos aspectos. Cambio de oficina y de responsabilidades, como ya sabe. Y ello, implícitamente, tiene aparejado una sustancial variación en la forma que se tenga de entender el periodismo. Ha sido un salto con red, confieso, pero no por ello menos osado. Echo la vista atrás y contemplo ocho años de más alegrías que sinsabores. Muchas más. Y de mejores compañeros, aunque incluso en eso haya alguna excepción. Todo esto es ya agua pasada, tanto como los viajes a Milan, Robledillo, Bilbao, Oviedo, Londres, Sevilla, Madrid, Turín, Barcelona o Valencia durante 2011. Son postales propias que duermen gustosas en la caja de seguridad de mi memoria.

Por delante, el nuevo año, la vida a todo color, en pantalla de 70” y con sonido envolvente. Pero eso, señora, es otro post.

Castigado

Dios me ha castigado. No puede ser de otra manera que me haya tocado un tipo que toca el acordeón dos pisos más abajo, y que encima guste de hacerlo con la ventana abierta, para que lo disfrute toda la calle. Ahora, el gustazo que da sacar la cabeza y con las mismas recitarle en un perfecto parlato “qué porculito da el acordeón, hermano”. A lo que el intérprete responde con un tímido “perdón, es que no te oigo bien”. Y te regala la oportunidad de decirle “que cierres la ventana, por favor, que se está enterando todo el edificio”. Oye, y la ha cerrado. Si es que cuando saco este carácter de mierda que tengo…

Mudanza finita

Aposentado en mi nuevo piso, echo la vista atrás a los ocho años vividos en el anterior, del que ya no me acuerdo cuando abro el grifo del agua caliente, me repantingo en mi nuevo chaisselongue, pongo el fregaplatos o subo en ascensor. Ya ve, señora, que parece que haya descubierto la tecnología y la comodidad treinta años tarde. La mudanza padecida ha merecido la pena. Y por si fuera poco, ahora tengo siempre donde aparcar cuando voy a la mina. Qué gustazo. Lo que me lleva a preguntarme qué umbral de penalidades debemos cruzar como seres humanos hasta rebelarnos para mejorar nuestra calidad de vida.

Renovarse… o sufrir

El otro final me parecía demasiado drástico, sobre todo cuando voy a hablar de una mudanza. Ocho años después, abandono los pagos del doctor Maceira (señor por el que no tuve nunca la más mínima curiosidad por conocer de sus andanzas) y enfilo los del Paxonal, al lado de ese centro de latrocinio y perdición que es Elcortinglé. Sucumbo a su llamada, y a que estoy a minuto y medio andando de la sala de torturas donde maquino maldades y las plasmo en papel. Busco nuevos territorios. Mayores amplitudes. Espacios para llenar en compañía. Ya ve, señora, que lo hago todo al revés. Lo normal es buscar pareja y luego irse a vivir a un piso más grande. Empiezo por lo segundo. Lo primero lo tenemos en stand-by, a la espera de que cambie la dirección del viento, despierte un día con el pie cambiado o halle una interpretación mística en los posos del café. Confianza. Con fianza. Con fe. Tenemos llaves. Y ahora, a trasladar cacharros. Lo triste es que esos sí que son todos, todos, todos, de un servidor.