la noche

Baños

Desde hace varios meses, cada vez que entro en los servicios de un pub de Santiago me viene a la cabeza una reflexión recurrente para escribir un post. Siempre la misma. También es cierto que lo que veo como inspiración es siempre lo mismo. Por esa regla de tres, nuestro cerebro no es sino una calculadora, en la que si anotamos unos números sale siempre un resultado idéntico. Causas y efectos mecánicos. Me preocupa porque alguien imaginativo sería capaz de extraer diferentes lecturas de un mismo elemento. Creatividad, se llama. Por otro lado, me consuela pensar que con seis copas encima ya es un éxito buscar el punto de apoyo para que la palanca de nuestra cabeza mueva el mundo. Son talentos incomprendidos y nada valorados por la sociedad en que vivimos. Y mucho menos por el sector femenino de la población.

La imagen en cuestión que enciende mi bombilla es la contemplación del w.c., un claro ejemplo del desprecio por el trabajo ajeno. Es automático. Llego, y mientras procedo a cambiarle el agua a las aceitunas, me preguntó qué pensará la persona que a la mañana siguiente deba intentar devolver el marmol y su contorno a un estado higiénicamente aceptable. Piense qué grado de repulsión debe sentir ese ser humano ante el género masculino cuando pase la bayeta por salpicaduras de todo tipo, en un suelo pegajoso, donde hasta una cucaracha sentiría asco. ¿Qué grado de necesidad hay que tener para aceptar tal bajada a los infiernos del mercado laboral? Esto debe estar en lo más alto del ranking de los trabajos deleznables. Hay algo peor. Y es que si quedara vacante, el dueño del pub debería llamar a una empresa de RR.HH. para gestionar el aluvión de candidatos que habría. No sé si me dan más asco esos baños o el mundo que nos está tocando vivir.

Oca

La vida es como el Juego de la Oca. Por muy cerca que estés de la meta, por muy confiado que te sientas con la dirección adoptada, siempre puedes caer en la casilla equivocada y volver al principio, al punto de partida, al kilómetro cero. Piénselo crudamente, señora. Todos los esfuerzos, todas las tiradas de dados, todo el tiempo consumido para alcanzar la puñetera oca final, para nada. Peor era cuando estabas a una o dos casillas de ganar, y cuando el dado se pasaba de la raya, contabas primero hacia adelante, pero después hacia atrás. Era un tiempo de espera, de incertidumbre. Y siempre bajo la sonriente amenaza de la muerte, del negro que te chafaba los planes y te mandaba al principio.

La vida es como el Juego de la Oca. Ni más ni menos. Un servidor estaba así, tonteando con ganar la mano, para adelante y para atrás, cuando llegó la caída en el agujero. Y ha vuelto a la salida. La metáfora me viene muy bien hilada, porque he vuelto a salir, y por delante, benditas casillas nocturnas que ir transitando, trucando el dado para que vayamos de una en una. Así funcionó la última vez, y malo será que no vuelva a dar resultado. Y la Noche estaba ahí, echándome de menos, preguntándose dónde había estado todo este tiempo, aunque ya sabía la respuesta. Fui feliz de día, pero ahora toca recuperar el biorritmo de la madrugada.

Azul pastel

La noche tiene consecuencias. Las resacas, más o menos dolorosas, son divertidas. Las consecuencias algo menos, porque inducen a reflexionar, a bajar de la peana de la frivolidad y darle una vuelta a las cosas. Se nos casa el azul. Sí, ese mismo azul que deambuló por este blog hace algunos años. Lo hace por firme convicción. Y un servidor se alegra inmensamente. Pero la noticia me ha dejado el cuerpo cortado, con un velo de tristeza extraño. No es lo que parece, señora. No estoy acunado en la nostalgia lamentándome por lo perdido y arrepintiéndome de mis pecados pasados. Aquella decisión estuvo bien tomada, y hoy hay dos personas que van a ser felices y comerán perdices, mientras que de seguir conjugando la primera persona del plural con el azul no me atrevería a mantener la afirmación.

La tristeza procede de la sana envidia. El azul, que sigue siendo generoso en sus sonrisas, afirma haber encontrado la clave de bóveda para su vida, el encaje perfecto de su puzzle existencial. Ya sé que es cuestionable que nuestras vidas dependan de una persona para ser feliz. Debe haber algo más, creo. Pero envidio a la gente que no experimenta, que no está por estar, que no se arroja a pruebas como alternativa a la temida soledad. Envidio a los convencidos, no a los convencibles. Y tampoco pierdo la razón por los formalismos matrimoniales. Me he vuelto escéptico por dentro y por fuera.

Y mi envidia es sólo fruto del fracaso, de tener la convicción de que el humo permitía alcanzar el estado más próximo al bienestar pero el binomio no despejó suficientemente bien las incógnitas. Purgamos nuestros errores, nos lamentamos por nuestras faltas, y nos convencemos de que lo importante en esta vida es ser perseverante. Es difícil mirar adelante cuando atrás quedan tantas certezas. Volvemos al cruce de caminos. Y mientras no puedo sino felicitar de corazón al azul por su aventura, detengo el paso. Cuando uno sabe lo que quiere, no es fácil encontrar componendas alternativas. Al final, todo se resume en que seguiremos andando sin rumbo fijo, a la espera de una señal. Si es que llega.

Domingo

Atienda, señora. 10.43 de la mañana de un domingo, y un servidor lleva una hora despierto, sin resaca, habiendo dormido las 9 horas que le marca su reloj biológico. Y esto sienta bien. Por delante, cuatro horas hasta el momento del almuerzo para sumergirse en “Lohengrin”, seguir mordiendo con fruición el último de los tres libros de Abercrombie que forman su trilogía de “La Primera Ley”, y convalecer de mi reciente extracción molar. Qué agradables son las matinés dominicales. Y qué desconocidas, tras tantos años gastándolas entre alientos etílicos y quebrantos neuronales.

No quiero decir con esto que me arrepienta o reniegue de tantas y tantas jornadas dedicadas a la Noche. Ha sido un tiempo irrepetible, de buenas compañías y mejores amigos. Pero si entonces había un resorte que me impelía a pisar la calle en cuanto caía el sol, ahora sospecho que el mecanismo ha debido de oxidarse. Quizás fue la lluvia interior. Tampoco crea que tengo un especial interés en lubricarlo de nuevo, señora. Este es otro tiempo, ni mejor ni peor. Acaso distinto. Y si miro atrás, lo hago con nostalgia, con la pena de que todo aquello ya no me atraiga.

Lo huelo

Voy a ser millonario. Es un pálpito que me sobrevuela, basado en el hecho objetivo de mis aciertos crecientes al Euromillón. Esta mañana, al acercarme a la garita de loterías, me llevé la sorpresa de haber ganado ocho euros. Ya, es una miseria. Pero hace dos semanas habían sido cuatro euros. Y un mes antes, me estrené con la pírrica cantidad de dos euritos. No es que me vaya a hacer rico sumando estas cantidades, porque el truco está en reinvertir para seguir ganando, y llamar de forma incesante y con la suficiente fuerza a las puertas de la fortuna hasta que ésta te abra por puro hartazgo. No me negará que la progresión aritmética me favorece notablemente.

Ya sé que usté deducirá, señora, que por mis palabras dejo entrever que seré más feliz cuando nade en la abundancia de los siete dígitos en la cuenta corriente. Mejor si son ocho, ya puestos. Y no sé si seré más feliz, pero desde luego tendré menos preocupaciones. Y menos hipotecas. Y menos reparo para dormir en un hotel que me cobre 120 euros en vez de 60 por noche. Probablemente seguiré siendo igual de irresistible para las mujeres, igual de alto, igual de caprichoso e igual de entregado para mis conocidas pasiones musicales. Y si me siento solo (que es diferente a estarlo), el dinero no es la solución. Así que ahórrese el llamarme materialista así de primeras.

Tampoco podré cambiar el mundo, ni dedicarme a la filantropía intensiva. Si eso no lo consigue el segundo hombre más rico del planeta, ¿cómo puedo aspirar yo a ello? Apenas mejoraré mi calidad de vida y la de quienes me rodean. Incluso, llegado el caso, la de los hosteleros del ocio nocturno compostelano, con los que guardo una deuda de gratitud por la de copas cojonudas que me han servido en estos casi nueve años de sonambulismo por sus locales. Pero eso sí, la discoteca que me voy a montar va a hacer palidecer los archivos de Radio Clásica.

Y todo ello, gracias a la fortuna. Porque me va a sonreír. A narices que sí.

Me enfado

Conmigo mismo, señora. Me reprocho noches excesivamente largas, con demasiado riego y poco sueño. Con un notable abuso de la literatura móvil y del coloquio imprudente. De desmesuradas añoranzas y abultados desayunos. Por encomendarme concienzudamente al demonio que llevo dentro, sobre todo cuando de día le rezo a mi lado angelical. Tanta hipocresía sólo conduce al purgatorio. Y por ello me enfado. Mucho, además.

Se lo cuento y no me cree

Es lo más probable. De primeras, se quedará patidifusa, atónita. Es la reacción lógica. Luego me preguntará si lo digo en serio, a lo que yo asentiré con una media sonrisa, que no oculta mi reconocimiento tácito de que mis palabras son difíciles de creer por todo lo que arrastran detrás. Seguramente no me haga caso y me dirá aquello de “eso es una cosa pasajera”. Cuando no tuerza el gesto será cuando comprenda que no estoy de broma. Y empezará a buscar razones que justifiquen mi aserto, que den cobertura a una afirmación que niega buena parte de mi persona en los últimos años. Ya lo sé, esto no lo cura el médico, ni siquiera un cambio de escenario. Puede que sea momentáneo, una de esas etapas que se atraviesa casi sin darse cuenta, porque el decorado y los secundarios poco han cambiado del gozoso pasado reciente al presente actual. Tampoco me parece que haya que buscarle más vueltas al tema. Es así y punto. No es el final, ni mucho menos. Pero cuando un hedonista siente que podría estar haciendo algo más placentero en un momento concreto y no lo hace, surgen las dudas. Es así, señora, es así: la noche me está aburriendo.