mudanzas

Julio

Este es un post de relleno, sin nada especial que contar. De esas veces que tienes querencia por la tecla, pero no sabes qué frase componer. Así que me he forzado a encontrar algo para chafardear. Me dije “igual si escribo sobre este último mes lleno unas líneas”. Confiémonos a eso. Pues ya ve, señora, me he mudado de piso, estreno sofá kilométrico y colchón de 1,50. Todo, pa mi solo, como viene siendo costumbre en mi vida. Del humo ni se sale ni se entra, simplemente te rodea, y en función de cómo sople el viento, te envuelve en su fragancia o no. Ahora por Palma, como cada inicio de verano, trabajando para pagar facturas, y anhelando poder regresar a mi exilio compostelano para devorar libros, una afición recuperada a lo largo de este año. Sorteamos la crisis como buenamente se puede, se esquivan sus atroces mordiscos aunque siempre te deja algún rasguño doloroso, y confiamos en que peor no podemos estar, y que lo que nos quede por andar sea un camino más asfaltado. Pero paciencia, que todo llegará en esta vida. Incluso el humo perpetuo. Es cuestión de esperar. Algunas cosas lo merecen.

Mudanza finita

Aposentado en mi nuevo piso, echo la vista atrás a los ocho años vividos en el anterior, del que ya no me acuerdo cuando abro el grifo del agua caliente, me repantingo en mi nuevo chaisselongue, pongo el fregaplatos o subo en ascensor. Ya ve, señora, que parece que haya descubierto la tecnología y la comodidad treinta años tarde. La mudanza padecida ha merecido la pena. Y por si fuera poco, ahora tengo siempre donde aparcar cuando voy a la mina. Qué gustazo. Lo que me lleva a preguntarme qué umbral de penalidades debemos cruzar como seres humanos hasta rebelarnos para mejorar nuestra calidad de vida.

Molido

Como el grano tras la colecta, como la pimienta negra en tarritos. Una mudanza ha acabado con mi escasas fuerzas en este comienzo del estío y me tiene pidiendo ya al árbitro que pite el final del partido. Necesito imperiosamente unas vacaciones, o algo que me haga olvidarme del trabajo. Quizás mi flamante sofá. Quizás mi regreso al humo nocturno. Quizás un doblete verdiano. Eso nunca se sabe. Pero al menos vuelven a haber razones para sonreír. Y eso, aunque parezca poco, es una mina de oro en tiempos de escasez.

Renovarse… o sufrir

El otro final me parecía demasiado drástico, sobre todo cuando voy a hablar de una mudanza. Ocho años después, abandono los pagos del doctor Maceira (señor por el que no tuve nunca la más mínima curiosidad por conocer de sus andanzas) y enfilo los del Paxonal, al lado de ese centro de latrocinio y perdición que es Elcortinglé. Sucumbo a su llamada, y a que estoy a minuto y medio andando de la sala de torturas donde maquino maldades y las plasmo en papel. Busco nuevos territorios. Mayores amplitudes. Espacios para llenar en compañía. Ya ve, señora, que lo hago todo al revés. Lo normal es buscar pareja y luego irse a vivir a un piso más grande. Empiezo por lo segundo. Lo primero lo tenemos en stand-by, a la espera de que cambie la dirección del viento, despierte un día con el pie cambiado o halle una interpretación mística en los posos del café. Confianza. Con fianza. Con fe. Tenemos llaves. Y ahora, a trasladar cacharros. Lo triste es que esos sí que son todos, todos, todos, de un servidor.

Piscinas

Mi piso no es ningún palacio. Es más, es abiertamente mejorable y solo la profunda y pecaminosa pereza me han llevado a seguir viviendo en él durante más de siete años. Digamos que llegó un día en que el adecentamiento al que lo sometí hará un tiempo se me quedó corto. Y decidí buscar piso. Hete ahí que apareció, como de costumbre, la voz experta de Luis, que casi en paralelo buscaba nueva morada. Miró más pisos que yo, para que negarlo. Pero se repetía una coletilla con cierta frecuencia: “hay uno que tiene una piscina climatizada en el ático y…”, “si vieras uno que tiene piscina en la propiedad…”, “allá en Méndez Álvaro unos amigos míos viven en una zona residencial con piscina” (sí, éste último se refiere a Madrid, ya se lo explico otro día, señora). ¿Qué tiene una piscina de especial? Entonces es cuando me miraba, elevaba las cejas y negaba con la cabeza dándome una absolución caritativa.

¿Quién necesita una piscina cuando puede tener un salón amplio donde instalar la pantalla grande, el señor chaise-long y las baldas para los discos de música? ¿Para qué vale algo que apenas puedes usar tres meses al año cuando, por el contrario, una buena terraza permite invitar a los amigos a barbacoas y demás guarradas grasientas casi durante todo el año? Los que tenemos tendencias eremitas eventuales y disfrutamos de nuestras cuatro paredes preferemos no supeditar la felicidad de una vivienda a un añadido en el exterior. Llámenos raros, señora, no tenemos arreglo.

Añado: está haciendo una rasca en Compostela difícilmente explicable ni descriptible. Ahora, en NY también.