michael ende

Aquellos libros de chaval

Llámeme raro porque aprendiese a leer antes que a darle patadas a un balón. Eso explica quizás que no acabase de futblista. Eso, y mi repelús crónico hacia toda actividad deportiva, una vez que descubrí que había muchas más cosas en los libros que en el polideportivo de mi pueblo, donde los no practicantes iban a mirar mientras se comían un paquete de pipas. Hay una generación que ha merendado pipas desde que descubrió que menstruaba hasta que acabó el bachillerato. Aunque ahora que lo recuerdo, la cuestión del balón tardó más de la cuenta. Eso explica otras muchas cosas.

Matilda (Quentin Blake)

Tropezaba hoy en el periódico con una recomendación de literatura infantil, la “Matilda” de Roald Dahl. Un artista polifacético donde los haya. Porque si engatusantes eran sus novelas para chavales (la saga de Charlie y Willie Wonka, “James y el melocotón gigante” o aquellas “Las Brujas”), no lo son menos sus retorcidos cuentos para adultos, o incluso su incursión en el mundo del cine como guionista de “Sólo se vive dos veces”, la primera película de James Bond en la que se ve el rostro del pérfido Blofeld.

Si ahora de adulto puedo empeñar una oreja con tal de leerme la última de Preston y Child o James Elroy en busca del orgamo novelístico, de chaval Roald Dahl era una garantía de disfrute. Lo sabías. Tenías la certeza de que no te iba a desilusionar, que te haría olvidarte de todo y sólo querrías pasar a la siguiente página, en un estado de adicción literaria completa, aderezado además con las simpáticas ilustraciones de Quentin Blake como la que ilustran este post. Tuve la suerte de que si yo pedía un libro en mi casa, la mayoría de las veces acababa apareciendo envuelto como regalo en un cumpleaños o similar. Y lo dosificabas como el yonqui al que le dan la metadona por la mañana y le debe durar hasta el día siguiente. Leías a sorbos, a pellizcos, sin querer llegar al final.

Mi adolescencia también tiene el poso de los libros de Michael Ende, autor de “La historia interminable”, que curiosamente fue el último que me conseguí leer de él. Me fascinó cómo jugaba el autor con el color de los caracteres para mover al lector del mundo de Fantasía a la realidad, en una mezcla final asombrosa. No era menos trepidante la historia de Momo, o la de Jim Boton y Lucas el Maquinista, con aquel gigante menguante, que a simple vista no medía más que usté o que yo, señora, pero que de lejos aterrorizaba a la gente con sus estratosféricas dimensiones. O incluso el extravagante “Ponche de los deseos”, que debió de venir anunciada en el Círculo de Lectores. Puede que aún circule por alguna estantería de mi casa. Que haya sobrevivido al último arranque limpiador de mi madre es un mérito al alcance de muy pocos objetos.

Tardaría todavía algunos años en hollar el universo Tolkien, en caer por el tobogán de la literatura fantástica, pero sí que guardo un agradable regusto a esa novela negra para chavales que era la saga de Flannagan, de Andreu Martín y Jaume Ribera. Hoy, Martín se ha pasado al negro para adultos. Debí leerme cuatro o cinco entregas de las andanzas de este aprendiz de detective. Su último título se editó en 2009. Hoy me da mucha pereza asomarme a tramas para adolescentes después de que Elroy me haya enseñado el vertedero infecto de la política internacional en su trilogía americana. Envejecemos, señora.

Sospecho que si soy quien soy a estas alturas de mi vida (que es decir nada o casi nada), buena parte se lo debo a los libros. Otra, sin duda, al cine. Y el resto, seguramente lo peor, a las interminables noches de copas alternando aquí y allí. Ser un bala perdida no lleva aparejado ser un ignorante, un zote que reacciona ante la visión de un libro como la niña del Exorcista ante un crucifijo. La lectura es como la mortadela, o te gusta ya de niño, o jamás la convertirás en un vicio. Hágame caso, señora, póngale mortadela a sus nietos.

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Morla, la vieja Morla

“A decir verdad, ¿quién quiere saber?”, se pregunta la vieja tortuga gigante que habita en los Pantanos de la Tristeza. Llevo días dándole vueltas a esa escena de “La Historia Interminable”, en particular al relativismo absoluto de Morla. El intrépido Atreyu le expone con toda crudeza, empapado de barro desde el dedo gordo del pie hasta el cogote, la situación dramática de Fantasía. Que si la emperatriz está enferma y le quedan dos telediarios, que si la Nada se está zampando el mundo, que si todo se va al garete… Y con una parsimonia desquiciante le responde al héroe de la película un antológico “nada tiene importancia”. Ello, entre asquerosos estornudos con expectoración que sirven para descabalgar a Atreyu del árbol al que está subido por culpa de su “alergia a la juventud”. No es que me haya vuelto un filósofo de alcantarilla en estos días, pero sí me pregunto si no estaré entrando en un proceso de mimetización con la anciana tortuga, en el que casi todo me da un poco igual, y a la vista de cómo se suceden las noticias, nada es tan importante como a veces se nos quiere hacer creer. Puede que, en realidad, las crisis no sean tales crisis, los problemas sean un poco menos graves de lo que cuentan televisiones y periódicos, y tan sólo necesitemos reenfocar nuestras prioridades para disfrutar más de la vida y preocuparnos lo justo.

Aunque por otro lado, a Morla no se la ve precisamente feliz, escondida debajo de una montaña de mugre y fango.

Regresiones

¿Se acuerda, señora? Hoy me encontré con ella de casualidad haciendo zapping, y me recordó tantos buenos momentos de mi infancia, que no pude sino quedarme enganchado viéndola hasta que terminó. Y así recordando, llegué hasta el libro original de Michael Ende, un autor al que devoré en mis primeros años de lector. Probablemente hoy no le encontraría gracia alguna, revenido después de tanta novela negra. Pero a aquel jovencito le entusiasmó que el mundo de la fantasía y la realidad se entrelazaran en sus páginas. Quizás el legado de Ende haya pasado a manos de J.K.Rowling y su famoso mago adolescente. Las historias no envejecen, al contrario que las películas. Me llevé una pequeña alegría volviéndome a ver con Atreyu y su dragón de la suerte, aunque Bastian siempre me cayó gordo. Pelín repelente.