lluvia

Domingo

Atienda, señora. 10.43 de la mañana de un domingo, y un servidor lleva una hora despierto, sin resaca, habiendo dormido las 9 horas que le marca su reloj biológico. Y esto sienta bien. Por delante, cuatro horas hasta el momento del almuerzo para sumergirse en “Lohengrin”, seguir mordiendo con fruición el último de los tres libros de Abercrombie que forman su trilogía de “La Primera Ley”, y convalecer de mi reciente extracción molar. Qué agradables son las matinés dominicales. Y qué desconocidas, tras tantos años gastándolas entre alientos etílicos y quebrantos neuronales.

No quiero decir con esto que me arrepienta o reniegue de tantas y tantas jornadas dedicadas a la Noche. Ha sido un tiempo irrepetible, de buenas compañías y mejores amigos. Pero si entonces había un resorte que me impelía a pisar la calle en cuanto caía el sol, ahora sospecho que el mecanismo ha debido de oxidarse. Quizás fue la lluvia interior. Tampoco crea que tengo un especial interés en lubricarlo de nuevo, señora. Este es otro tiempo, ni mejor ni peor. Acaso distinto. Y si miro atrás, lo hago con nostalgia, con la pena de que todo aquello ya no me atraiga.

Después de la tormenta

Supongo que habrá quien piense que Santiago en particular (y Galicia en general) fueron inventadas para ser disfrutadas bajo una capota gris rezumante de lluvia. Algunos turistas son tan cursis que lo creen a pies juntillas, y gozan de los días de verdadero mal tiempo… hasta que se quedan tirados en el aeropuerto a cuenta de la niebla. Pero Compostela es una ciudad que aprovecha al máximo los escasos rayos de sol de que dispone al cabo del año. Incluso en este otoño de tintes invernales que nos está tocando sufrir a sus vecinos. La calma después de la tempestad hace que la piedra, húmeda, refleje el sol y brille con su particular intensidad. Y son estos días en los que sé que echaré de menos esta villa cuando marche, en fechas no muy lejanas (me temo). Aun así, voy a entablar pronta comparación entre el azul compostelano y el propio de mis latitudes meridionales, el que abre la Plaza del Salvador al mundo, cañita en mano, y contempla la magia de Sevilla, su encanto único, su forma de entender la vida mirando al cielo y no a través de una ventana mientras diluvia.

Y sin ser consciente de ello, se inicia la cuenta atrás para la treintena. Pero como pensar en eso me deprime y ya sería una estupidez torpedear un soleado día otoñal en Compostela, lo dejo para otro día. Suscita demasiadas reflexiones. Me voy a mi sofá a taparme con mi mantita y seguir leyendo a Irvine Welsh.

Cuando llueve mucho

Recuerdo tiempos pasados. Estoy delante de la ventana de mi casa, en Ayamonte, viendo llover. El espectáculo es único. La luz se convierte en rehén de las nubes y desaparece hasta traer la penumbra anticipada. El gris se apodera del cielo, la humedad de la tierra, y la función que interrumpe la monotonía del sol en aquellas latitudes se muestra en su completo esplendor. Es una delicia, las gotas golpeando la ventana, las ráfagas de viento azotándolas, el Guadiana bajando oscuro y sucio para llevar al mar el agua de lluvia… Me encantaban los días tormentosos cuando era niño.

Vivo tiempos presentes. Estoy al lado de la estufa, aquí en Compostela, escuchando llover. El espectáculo es único. Corrijo, es lo único que hay en este clima. Nada queda ya del sol, que se despidió hace días de estas tierras para volver sin aviso previo en cualquier momento que se le antoje, solo para que nos acostumbremos un poco y volvamos a extrañarlo. La lluvia hecha arte en las calles de Santiago es una penitencia insufrible, porque no da tregua. Es una condena, agua a cántaros, viento inclemente y frío, mucho frío. No sé cómo baja el Tambre, ni el Umia, ni el Sar. No pienso salir de mi casa a resolver la interrogante. Me espantan los días tormentosos ahora a mis veintitantos.

Era bonito ver llover cuando rompía la rutina del monologante buen tiempo, en una suerte de oasis, de bendita ocasionalidad. No lo es padecer la borrasca perpetua. Cuando llueve mucho, acabo hasta las narices.

Cando chove

Algún cretino dijo un día que la lluvia en Galicia era arte. Sin duda era un almeriense borracho y algo meningítico. Yo recuerdo mis días de infancia en el sur, cuando ver llover entraba dentro de lo excepcional, y los días de borrasca los pasabas en casa mirando desde la ventana, oyendo cómo las gotas golpeaban tu cristal. Y sentías el cosquilleo del cielo gris, de la luz oscura y el día tenebroso y plomizo. Casi que tenía un halo especial. Esos días uno se escondía en casa, porque aquellas tormentas no invitaban a nada salvo a copa (eléctrica) y sillón. Pero desde que uno se traslada a Santiago, sus percepciones cambian y casi diríamos que se vuelven del revés. El clima de Compostela es horrible. Un auténtico asco, señora. Acaba uno haciendo del defecto virtud, y aprende a convivir con la lluvia, que igual dura diez días seguidos en octubre o mayo como que interrumpe un agosto soleado para recordarte dónde vives. Llega el punto en que el agua ya no es un impedimento para salir a socializar (eufemismo de “ir de copas”). Llueva más o menos, los pies siempre te conducen de bares. Y eso sí hay que reconocérselo a Santiago, el gozar de una fisonomía que permite deambular por sus calles bajo los alfeizares sin que caiga gota de agua. Luego uno regresa a sus feudos, y observa no sin cierta perplejidad cómo los conocidos recuperan el escondite casero cuando es sábado y caen cuatro menudencias del encapotado cielo. Le entra cierta risa floja. “Ay, si supiérais de verdad lo que es llover…”, musita uno para sus adentros. Pese a todo, jamás se acostumbra este individuo a vivir bajo un manto de nubes caprichosas que rompen a llorar de forma aleatoria y sin principio ni fin. Quien firma estas líneas transita por estos arranques climatológicos azarosos, como igualmente se deambula por los bares o por los momentos de poco ánimo. Pero le juro señora que, en el fondo, uno nota que le entra humedad en las entrañas, que se le mojan las ideas, la cazadora y el escaso pelo. Y se extraña la casa de uno, esa ventana, desde donde ver el Guadiana oscurecido bajo el negro cúmulo de nubes y agitado por la tormenta.