rock

El otro Bruce

Es complicado llamarse Bruce. Más en un mundo en el que sólo parece existir uno, embutido en una chupa vaquera, despeinado, con cara de haberse ligado a todas las chicas del bar y con la guitarra a sus espaldas. Da igual que gaste la sesentena. Será un icono inmortal el día en que sea llamado a tocar en los supuestos reinos celestiales. Por ahora, ya es una leyenda. Yo no he ido nunca a un concierto de Springsteen. Y fíjese que creo que es uno de los músicos, en el concepto más global del término, que mejor ha sabido dignificar el rock, mi antigua casa. Ya sabe, señora, que me mudé hace algún tiempo a este loft inmenso que es la partitura clásica. Tengo menos visitas desde entonces, pero al menos la soledad es mucho más reconfortante. El mal menor, ya sabe.

Otro Bruce era el tal Banner, el que se cabreaba y se pintaba de verde cosa mala. Yo he conocido hace poco a otro, casualmente tan americano como los dos mencionados. Recientemente ha anunciado su retirada de los escenarios, pero dejando tras de sí una estela lírica de enorme valor. A él le debemos el primer “Otello” rossiniano cantado como se debe, la recuperación de títulos del primer belcanto que hacía décadas (por no decir siglos) dormían en un cajón, y su contribución a recuperar el estilo del canto italiano más puro y original del primer tercio del siglo XIX. Fueron la segunda generación de cantantes americanos que se enmarcaron dentro de la “Rossini renaissance” de los años ochenta que iniciaron intérpretes como Rockwell Blake, Samuel Ramey o Marilyn Horne.

Bruce Ford tiene un timbre no especialmente hermoso, aunque sin llegar a la fealdad de Blake. Sin embargo, sabe sacar de él sonidos hermosos, adornarlo con medias voces, colocar un agudo eficaz y firme, e incluso jugar con sus matices de desgaste para imprimirle un acento dramático a más de un aria. Compañero y amigo de Gregory Kunde, no gozó de la belleza de la voz de éste pero sí tuvo una mayor extensión en su registro vocal, con un centro y un grave algo más asentados. Ambos compartieron buena parte del repertorio rossiniano serio y bufo, en el que brillaron como nadie durante la ausencia de cantantes solventes en la vieja Europa.

Su mejor papel, a juicio de este humilde aficionado, es el majestuoso Carlo di Borgogna en la homónima y desconocida ópera de Pacini, con su escena “Del leone di Borgogna”, que lamentablemente no he podido encontrar en Youtube. Sí he hallado esta hermosa “Languir per una bella”, la cavatina de Lindoro de “L’Italiana in Algeri”, el joven esclavo que suspira por su amada Isabella. Da una perfecta muestra del talento de Ford, un cantante escasamente mediático pero imprescindible para entender muchos títulos perdidos de Donizetti, Pacini, Rossini o Meyerbeer. Un derroche de belcanto de esos que te alegran el día.

Abandonado

Acabo de descubrirme huérfano, perdido en un desierto sin sonidos, abandonado por el rock. Cara de cierta tristeza se me ha quedado tras escuchar el nuevo disco de Marea, mi antaño banda de cabecera y que ha puesto música al grueso de mis años en Compostela desde que una buena amiga me los descubrió. Porque he escuchado un rock predecible, característico del Kutxi y los suyos pero de inventiva baja, de una mediocridad palmaria. Y me invade una profundísima pena, porque eran mi último asidero después del naufragio del “Material defectuoso” de Extremoduro, que tan frío me dejó tras el subidón de su anterior “Ley innata”. Sin mis esencias, la herida rockera cauteriza y las guitarras furiosas me expulsan de este planeta que tanto disfruté recorriendo en mis años mozos.

En el desamparo rockero, del que por ahora parece salvarse el trovador Sabina, me tocará vivir durante un tiempo. Duro destierro sin músicas paliativas. Será cosa de esperar el cambio de estación.

El abuelo sigue

Le acaban de dar el Premio de la Música 2010 a Rosendo Mercado por su último disco, “A veces cuesta llegar al estribillo”. El de Carabanchel es el último representante del rock urbano nacional que nació a finales de los setenta y comienzos de los ochenta, una década en la que hubo mucho más (y de mejor calidad) que aquella zarrapastrosa movida popera, germen de mucho vividor que hoy sigue dando tumbos por ahí, de baño en baño. Rock definido como guitarra, bajo y batería. Rafa, Mariano y él. Nada más. No se necesita otra cosa. Eso, y letras que cuenten cosas de nuestro día a día, y no ñoñas declaraciones de amor. Rosendo hace música sin estridencias, y sus directos quedan en mi memoria como acontecimientos imposibles de olvidar. Es el compromiso con un estilo, con una filosofía, jamás prostituida por el éxito o el dinero. Sea este galardón una buena excusa para colgar la canción principal del “abuelo” Mercado, un tipo con la cabeza en su sitio, que un día afirmó que “me preocuparía el día en que no aparezcan mis discos en el top-manta, significaré que no le interesó a nadie”. Ahí sigue.