novela negra

Aquellos libros de chaval

Llámeme raro porque aprendiese a leer antes que a darle patadas a un balón. Eso explica quizás que no acabase de futblista. Eso, y mi repelús crónico hacia toda actividad deportiva, una vez que descubrí que había muchas más cosas en los libros que en el polideportivo de mi pueblo, donde los no practicantes iban a mirar mientras se comían un paquete de pipas. Hay una generación que ha merendado pipas desde que descubrió que menstruaba hasta que acabó el bachillerato. Aunque ahora que lo recuerdo, la cuestión del balón tardó más de la cuenta. Eso explica otras muchas cosas.

Matilda (Quentin Blake)

Tropezaba hoy en el periódico con una recomendación de literatura infantil, la “Matilda” de Roald Dahl. Un artista polifacético donde los haya. Porque si engatusantes eran sus novelas para chavales (la saga de Charlie y Willie Wonka, “James y el melocotón gigante” o aquellas “Las Brujas”), no lo son menos sus retorcidos cuentos para adultos, o incluso su incursión en el mundo del cine como guionista de “Sólo se vive dos veces”, la primera película de James Bond en la que se ve el rostro del pérfido Blofeld.

Si ahora de adulto puedo empeñar una oreja con tal de leerme la última de Preston y Child o James Elroy en busca del orgamo novelístico, de chaval Roald Dahl era una garantía de disfrute. Lo sabías. Tenías la certeza de que no te iba a desilusionar, que te haría olvidarte de todo y sólo querrías pasar a la siguiente página, en un estado de adicción literaria completa, aderezado además con las simpáticas ilustraciones de Quentin Blake como la que ilustran este post. Tuve la suerte de que si yo pedía un libro en mi casa, la mayoría de las veces acababa apareciendo envuelto como regalo en un cumpleaños o similar. Y lo dosificabas como el yonqui al que le dan la metadona por la mañana y le debe durar hasta el día siguiente. Leías a sorbos, a pellizcos, sin querer llegar al final.

Mi adolescencia también tiene el poso de los libros de Michael Ende, autor de “La historia interminable”, que curiosamente fue el último que me conseguí leer de él. Me fascinó cómo jugaba el autor con el color de los caracteres para mover al lector del mundo de Fantasía a la realidad, en una mezcla final asombrosa. No era menos trepidante la historia de Momo, o la de Jim Boton y Lucas el Maquinista, con aquel gigante menguante, que a simple vista no medía más que usté o que yo, señora, pero que de lejos aterrorizaba a la gente con sus estratosféricas dimensiones. O incluso el extravagante “Ponche de los deseos”, que debió de venir anunciada en el Círculo de Lectores. Puede que aún circule por alguna estantería de mi casa. Que haya sobrevivido al último arranque limpiador de mi madre es un mérito al alcance de muy pocos objetos.

Tardaría todavía algunos años en hollar el universo Tolkien, en caer por el tobogán de la literatura fantástica, pero sí que guardo un agradable regusto a esa novela negra para chavales que era la saga de Flannagan, de Andreu Martín y Jaume Ribera. Hoy, Martín se ha pasado al negro para adultos. Debí leerme cuatro o cinco entregas de las andanzas de este aprendiz de detective. Su último título se editó en 2009. Hoy me da mucha pereza asomarme a tramas para adolescentes después de que Elroy me haya enseñado el vertedero infecto de la política internacional en su trilogía americana. Envejecemos, señora.

Sospecho que si soy quien soy a estas alturas de mi vida (que es decir nada o casi nada), buena parte se lo debo a los libros. Otra, sin duda, al cine. Y el resto, seguramente lo peor, a las interminables noches de copas alternando aquí y allí. Ser un bala perdida no lleva aparejado ser un ignorante, un zote que reacciona ante la visión de un libro como la niña del Exorcista ante un crucifijo. La lectura es como la mortadela, o te gusta ya de niño, o jamás la convertirás en un vicio. Hágame caso, señora, póngale mortadela a sus nietos.

Anuncios

Perdedores

Vuelvo al hilo que enmadejaba ayer. Los perdedores, los héroes modernos. Sobre sus tragedias se han construido las grandes historias de las artes a lo largo de toda la humanidad. La derrota como esencia de nuestra existencia, como relato de nuestras experiencias vitales, como demostración de que sentimos y padecemos, de que no somos lechugas en un huerto ni cabras en un cerro. El dolor emocional como garantía de haber pasado por el valle de lágrimas. El consagrado como libro más importante de la literatura española, el Quijote, es la fábula de un hidalgo perdedor, que comenzó quedándose sin cabeza y acabó dejándose la vida a lomos de su flaco rocín. La novela romántica está toda ella construida sobre el sufrimiento, desde los Miserables de Víctor Hugo al naturalismo de Zola. Incluso la novela negra, la de más calidad, es la que nos enseña los pasos de los perdedores del lumpen, los que se dan friegas de sordidez. No escapa el cine a esta tendencia, por otra parte entendible. Empatizamos mejor con quien pierde que con quien gana. Deben ser hábitos.

Rick Blaine es mi perdedor favorito en 35 mm, aunque tiene muchos matices. Acaba sin chica y sin negocio, pero a la primera nunca la llegó a tener realmente. Y siempre le podrán quedar recuerdos, el inacabable combustible de la nostalgia. El western es otro género plagado de fracasados, errantes a lomos de un caballo, vendiendo su puntería a cambio de una mísera soldada con la que pagar catre y baño. El “Grupo Salvaje” de Peckinpah es el mayor sindicato de derrotados en el estilo. El fracaso puede ser exterior e interior. Este segundo es el de Ethan Edwards en “Centauros del Desierto”. El éxito de haber recuperado a su sobrina no es suficiente para acallar su aislamiento emocional, esa familia en la que nunca entrará, esa cuñada a la que jamás olvidará.

Yo venía a hablar de ópera, en realidad. De uno de mis perdedores de cabecera, el Don Carlo verdiano. No es en puridad un personaje originalmente operístico, ya que es una adaptación de una obra de Schiller, con la que se daba pábulo a la famosa “Leyenda Negra”. El joven infante, hijo de Felipe II, deambula por la ópera dejándose la vida en ella a jirones. Primero, le arrebatan a su amada Elisabetta para que sea su madrastra, luego pierde a un padre que lo desprecia, seguido de su único amigo Rodrigo, para acabar sin la tierra flamenca y, por último, el hálito vital que le arrebata el espíritu del Emperador Carlos V. Es un completo miserable en las cuatro horas de función (tres y media si es la versión de cuatro actos). Obra magna del Verdi tardío, es un título en el que todos son un poco perdedores. Incluso ese todopoderoso monarca que, en su escena del Acto III se lamenta de que su esposa nunca le amó, sino que está enamorada de su vástago.

Cómo no será la cosa, que quería colgar un video de Carlo, y lo acabo haciendo de su padre, el taciturno Filippo en su magno monólogo, cumbre de las arias para bajo. Aquí, con el gran Samuel Ramey en las funciones que Riccardo Muti dirigió en la Scala de Milan a comienzos de los 90, y que supusieron el debut de Pavarotti en el rol del tenor protagonista. Pero cuando Ramey canta así…

Negro clásico

Y no es Sidney Poitier. Tampoco Denzel Washington. Hablo de libros, señora. Sí, puede volverse a ver la repetición del Salvame Deluxe, descuide. Pero si acaba pronto y se le queda el cuerpo con ganas de ver muertos (y no le dejó su hija cerca la página de las esquelas del ABC), le recomiendo que se coja un libro de Agatha Christie y verá cómo las historias de suspense e intriga son inmortales, eternas. Porque el truco no está en el decorado ni los protagonistas, sino en las motivaciones y las pulsiones que motivan apretar el gatillo o asir el cuchillo de trinchar el pavo. Y la tétrica autora británica sabía de eso como pocas. Ni Stieg Larsson ni gaitas. La Christie mató más gente que la guerra de las Malvinas. Hoy algo está algo olvidada, me temo.

No me repita más eso de que abandone los miedos y me siente a escribir. Yo no sé qué le cuenta su hija, pero desde luego esto no es como sentarse aquí a escribir chuminadas. A veces, en los libros hay que contar cosas que le interesen a alguien. Vale con que sea un poco. Y eso, a mi pesar, no llega. Coño con las musas.