reflexiones

Transcurre julio

Y no le acabo de pillar el interés a este mes. Porque apetece veranear, ahora incluso que ha aparecido el calor en estas latitudes finistérricas, pero el calendario manda a seguir fichando en la oficina. Porque apetece socializar, pero se impone un forzado ahorro para futuras escapadas con las que olvidar las miserias. Porque apetece sonreír, pero no se crea señora que hay muchas razones para hacerlo. No se acaban de encontrar. Las puñeteras se han escondido. Las razones, digo.

Me está germinando una extraña sensación en las últimas semanas. Un cierto vacío, un hueco, una ausencia. Es como ese libro de biblioteca que has intentado leer varias veces, por el que estás seducido pero no lo suficiente para llevarlo a casa, que sabes que habrá un momento en el que querrás zambullirte en su narrativa, que de tanto en tanto vas a ver para que cerciorarte de que siga en su estantería y nadie te lo quite a pesar de que todos se paren a mirarlo por su indudable atractivo. Y sí, hay quien lo toma en préstamo pero antes o después lo devuelve, porque hay muchos que ni leer saben y no aprecian lo bueno. Dicho que además es aplicable a mí mismo, por cierto.

Y ese libro hace tiempo que no está en su estante. Sólo su hueco, y la ficha de quien lo tiene en préstamo desde hace tiempo. ¿Lo devolverá? Puede que no lo haga. Y si llega al punto de que decide quedarse el ejemplar y abonar a la biblioteca su coste, sólo podré lamentarme por haber confiado demasiado a mi suerte. A veces todos somos un poco petardos.

Es el castigo por ser tan caprichoso. Lo tengo merecido. ¿Y ahora qué leo?

Relegar, postergar, aplazar

Consideremos que el estado óptimo del ser humano es su practicidad. Sí, están esos señores que se dedican a teorizar en casos de improbables concatenaciones de circunstancias sumamente extrañas. Elaboran sesudísimos protocolos de actuación que luego nunca nadie es capaz de aplicar ni de poner en marcha. Seguramente ya exista un “Manual práctico ante la amenaza de colisión de un meteorito en el Hemisferio Norte”, con cientos de indicaciones, entre las que sospecho que figurará la de rezar. Su efectividad está todavía por probar. Luego están los filósofos, los de verdad, que construyen estructuras de pensamiento de colosales dimensiones pero sobre fráfiles cimientos de cartón piedra. La realidad no es una cosa que les preocupe, porque en verdad el común de los mortales no la percibe como es, y ellos son los arcanos guardianes de esa auténtica percepción. ¿Conoce a algún filósofo millonario? Lo que yo le decía.

Ya hemos reconocido en varias ocasiones que, mayormente, la vida es un asco. Afortunadamente tenemos nuestras escapatorias para hacerlo llevadero, pero es un asco igual. Y lo es por infinitas razones. A todas ellas, yo añado el desastroso clima de Compostela. Ríanse del viento en Tarifa. La razón pura aconsejaría que, tan pronto alcanzamos la mayoría de edad, nos encerráramos en un convento cartujo para redactar nuestro propio manual de conducta ante los hechos probables o no tan probables que puedan cruzarse en nuestro camino. Cosas tales como “me sale un hijo bético”, “me destinan a trabajar a la otra punta de España”, “tengo un perro al que quiero mucho y lo atropella mi mejor amigo”, “me he enamorado de mi prima aunque ella es lesbiana”, etcétera. Como ve, situaciones cotidianas con las que lidiar.

Debe ser que somos poco o nada razonables, porque nadie elabora su propio tratado de autoayuda de manera preventiva. Llámenos perezosos, señora. Somos más de postergar las decisiones, de aplazar nuestras actuaciones hasta que llegue el momento determinado de hacerlo. Es ser práctico. Porque fijar una postura determinada y mantenerla de modo férreo puede hacerla impermeable a los cambios que se produzcan a nuestro alrededor, a las nuevas circunstancias, a nuestra propia evolución como individuos. En parte porque el berrinche preventivo es una inmensa pérdida de tiempo que debe quemar más neuronas que una borrachera de orujo blanco.

A veces, incluso, es aconsejable no tener una opinión, una posición. A veces la indiferencia y la ignorancia nos hace más felices. A veces el pensar las cosas demasiado las pudre, y con ello, los resultados que hubiéramos querido obtener.

Y conste que todo esto no lo he pensado. Venía en una lata de judías.

¿Qué nos mueve?

La afición a la ópera guarda algunas similitudes con las sectas religiosas. Cuando te acercas a ella, todo son buenas palabras, mejores melodías, música celestial y un paraíso abierto ante ti que transitar con calma y reposo. Conforme vas entrando, la salida va quedando más y más lejos, y te vas haciendo adicto a las emociones que este arte supremo suscita. Y llegas a acabar convertido en un yonki, que peregrina por los teatros en busca de su ración de sentimientos, ya sea aquí, allí, o dos países más allá. Así nos movemos los perturbados operísticos, buceando entre las programaciones de media Europa, desde París hasta Viena, pasando por Frankfurt, Berlín, Londres, Roma, Zurich o Venecia. La ópera es nuestra palanca para mover el mundo que nos rodea, es la llave maestra que nos da cuerda, que le pone sentido a las cosas que hacemos y decimos. Es nuestro nirvana de guardia cuando la mente se nos nubla y se oculta el sol. Nos refugiamos en él. Y llueve menos, mucho menos.

En poco nos diferenciamos de las víctimas de las sustancias adictivas. Cuando tenemos nuestro chute, tenemos energías renovadas para los días siguientes, alegría recargada para sestear el tedio cotidiano. En los días previos, nos corroe esa cierta ansiedad, curiosidad, tensión ante lo que vamos a presenciar. Y si alguna circunstancia converge para cancelar la función o la escapada, el drama se apodera de nosotros y nos volvemos insoportables. Porque toda la felicidad que habías comprado a crédito es arrebatada de golpe, pero el préstamo hay que pagarlo igual.

No se haga tampoco falsas expectativas sobre lo que es una escapada operística. No llegamos al teatro en calesa, ni tenemos butaca en un palco donde un mayordomo con librea nos sirve champán frío a discreción, ni nos hospedamos en los más refinados hoteles de la ciudad. Con suerte, hay una parada de metro cerca, obramos el milagro de conseguir una entrada barata arriba en la galería, cenaremos un bocata y dormiremos en algún hotelucho próximo a la estación de tren. No hay glamour. Porque el yonki no lo necesita.

Jaque

Siempre me he sobrevalorado bastante. Soy consciente de que, salvo Superman y un tío guapo, me he creído muchas cosas hablándome al espejo. De chaval, creí que eso del ajedrez era una cosa menuda, de sentarse un rato, aprenderse las reglas de cómo se mueven alfiles y caballos y ya está. Vamos, que no era Kasparov porque no me lo había planteado. Es lo que me digo con mi triste figura: no adelgazo porque no he adoptado el propósito. Aunque ahora, con algunos añitos más, reconozco que por mucho que me ponga, no me da la gana bajar de talla.

La cuestión ajedrecista entró y salió de mi adolescencia tan pronto como se pierden seis partidas seguidas a manos de otros jóvenes que, con algo más de humildad y buen criterio, recibían clases en una escuela municipal. El orden de las cosas siempre se impone. Y el consuelo que me apliqué fue decirme que “bah, en el fondo, podría ser un gran maestro, pero mi atención debe recalar en otros asuntos”. Todo un prodigio de consistencia, como ve.

Ahora, en otra órbita y edad, el ajedrez es una estupenda metáfora sobre las relaciones personales. Hay dos individuos (reparta los géneros como mejor guste), que van moviendo fichas por el tablero. Pueden parecer operaciones inocuas, gestos vacíos, hasta que uno desvela sus intenciones cuando planta la pieza adecuada y pronuncia eso de “jaque”. Ya sabes qué busca de ti, obviamente, darte “mate” y ganar la partida.

Ando dándole vueltas a la metáfora porque me parece muy gráfica. ¿Hasta que punto las personas necesitamos que nos digan “jaque” para ver la jugada del rival? ¿Somos capaces de anticiparnos e interpretar lo que nos rodea antes de que sucedan los acontecimientos? ¿Podemos hablar de tácticas de apareo ajedrecista? Escribiendo estas idioteces, ¿alguien se explica cómo pude engañarme y pensar que derrocaría a Karpov?

Mayas

Dicen que los mayas predijeron que a finales de este año, pasado mañana como quien dice, el mundo apaga la luz. Que se acaba el cuento, vamos. Fin. Cerrado por defunción. Chocante que estos avispados precolombinos vieran el fin de la humanidad pero no el exterminio de su civilización. Lo del ojo ajeno y tal, debe ser.
Lo gracioso de las profecías apocalípticas es que siempre encuentran cobijo en el mismo sitio: Estados Unidos. No hay paranoia global que los americanos no conviertan en teoría y, por tanto, susceptible de ser veraz. Da igual la verosimilitud o no. Pero lo mejor de todo es que incluso de la desgracia saben generar negocio. Ahora son los búnkers, que al parecer la gente construye (o manda construir) para esquivar el juicio final. Yo sospecho que si el planeta hace crack, un muro de hormigón reforzado no será suficiente para detenerlo. Y ahí le doy la razón, señora, cada uno se convence de lo que quiere.
Lo cierto es que no le encuentro gracia al hecho de creer en que todo se acaba dentro de cinco días, dos meses o año y medio. Es recurrente. Cada cierto tiempo las teorías apocalípticas vaticinan el fundido a negro global. En esta realidad gris en la que vivimos, tampoco es que eso nos asuste.
Ocurre otro hecho que considero relevante. Si los mayas establecieron el día 21 como el fin de todo, sospecho que lo harían sobre su huso horario. Se corre el riesgo de que el advenimiento del caos sea a eso del mediodía, que es la hora del aperitivo. Pero en Japón ya será día 22. ¿Podría entenderse eso como que Oriente ha esquivado el Apocalipsis? Nadie sabe resolver la incógnita.
Por si esto se acaba, aunque yo lo dudo (es más mortificante seguir vivo en este mundo que bajar la persiana), que la cosa me coja escuchando música, Verdi a poder ser. Con una copa en la mano y en buena compañía. Así le habríamos dado un sentido final a nuestro paso por el páramo. Un último minuto de color en una existencia en blanco y negro. ¿No cree, señora?

Oca

La vida es como el Juego de la Oca. Por muy cerca que estés de la meta, por muy confiado que te sientas con la dirección adoptada, siempre puedes caer en la casilla equivocada y volver al principio, al punto de partida, al kilómetro cero. Piénselo crudamente, señora. Todos los esfuerzos, todas las tiradas de dados, todo el tiempo consumido para alcanzar la puñetera oca final, para nada. Peor era cuando estabas a una o dos casillas de ganar, y cuando el dado se pasaba de la raya, contabas primero hacia adelante, pero después hacia atrás. Era un tiempo de espera, de incertidumbre. Y siempre bajo la sonriente amenaza de la muerte, del negro que te chafaba los planes y te mandaba al principio.

La vida es como el Juego de la Oca. Ni más ni menos. Un servidor estaba así, tonteando con ganar la mano, para adelante y para atrás, cuando llegó la caída en el agujero. Y ha vuelto a la salida. La metáfora me viene muy bien hilada, porque he vuelto a salir, y por delante, benditas casillas nocturnas que ir transitando, trucando el dado para que vayamos de una en una. Así funcionó la última vez, y malo será que no vuelva a dar resultado. Y la Noche estaba ahí, echándome de menos, preguntándose dónde había estado todo este tiempo, aunque ya sabía la respuesta. Fui feliz de día, pero ahora toca recuperar el biorritmo de la madrugada.

Imputados

Hoy no soy 100% original, porque la premisa para este post procede del amigo Tallón, siempre proclive a impulsar mi resesa creatividad. “Cualquier día me imputan”, respondía ayer ante mi acusación fiscalizadora de su condición de romántico apático. No es cuestión menor. Nos encontramos ante un delito de leso romanticismo, algo intolerable en nuestra buenista sociedad de corazoncitos, películas americanas de final feliz, libros de Federico Moccia y puentes llenos de candaditos con los nombres de él y ella (epidemia causada por el autor anterior). Es decir, el romanticismo está tasado, tiene un libro de estilo y se debe seguir al pie de la letra, sin apartarse un ápice. Donce dice “las parejas deben pasear cogiditas de la mano por las calles de la ciudad para exhibir su amor al resto de ciudadanos”, no caben peros. Es así, y punto. Todo tienen que ser sonrisas, miraditas de complicidad, mucho café en tarde lluviosa, Pablo Alborán por un tubo (el hígado se me está resintiendo), salir de copas juntitos para así darse arrumacos cada diez minutos, echar el domingo al mediodía con los padres de él o ella y demostrar lo simpatiquísimo que se es y lo enamoradísimo que se está… Lo que viene siendo una inmersión total en un tanque de algodón de azúcar.

Y el que no siga la hoja de ruta, imputado. O lo que es lo mismo, prejuzgado y sentenciado por la corte popular, que en estos casos es más cruel y descarnada que cualquier tribunal.

Lo mismo que se te imputa por leso romanticismo se te puede imputar por ofensiva erudición. O por insultante escepticismo. O por insobornable seguidismo. Los delitos de promiscuidad están limitados en exclusiva para ellas, gracias a esta sociedad machista, apostólica y romana. Si en la vida una imputación se entiende como una vulneración de los convencionalismos, me declaro coleccionista de imputaciones.

Soluciones

Hoy me disfracé de arqueólogo y rebusqué en el archivo de este blog. De vez en cuando lo hago, para reconfortarme pensando que hubo un pasado mejor, pero que también llegó a ser mucho más doloroso. Siete años y medio de historias dan para muchas reflexiones, señora. Albergo una duda respecto a todo en esta vida. Dado que creo que nuestro futuro, nuestro día a día no está escrito, tengo la convicción de que podemos lograr todo aquello que nos propongamos. Es decir, que existen hojas de ruta para que, saliendo de nuestra casa, podamos llegar a ser presidente de la comunidad de vecinos o tuitero de éxito. O consigas salvar una relación.

Esas hojas de ruta son las que poseen los inexistentes guardianes de nuestro destino. Son como los libros de soluciones de los juegos de ordenador. Te dirían a dónde ir, qué hacer y qué decir, en qué momento realizar tal acción o cómo reaccionar a tal otra. De alguna manera, sería traicionar al libre albedrío por el que nos regimos. Llegaríamos incluso a engañar con mayúsculas a quienes nos rodean, por cuanto nuestras acciones y afirmaciones no serían sinceras y espontáneas, sino fruto de la trampa.

Por eso, me quedo con una reflexión mía que hice hace más de cinco años en este mismo blog: “La palabra es el poder máximo, y cuando no conseguimos nuestro objetivo es que no hemos empleado las adecuadas”. Porque en el fondo, la mayoría de nuestras victorias y nuestras derrotas siempre dependen de nosotros mismos. Apúnteselo, señora.

Aires

No reconozco al mundo que me rodea. Quizás es que no lo quiero reconocer, aunque lo tenga bien cerquita. Otra noticia ruidosa, y nunca mejor dicho: los taxistas madrileños se rebelan contra las ventosidades de sus clientes. Le reconozco, señora, que se me escapa la risa. Oía a un cómico decir que si en España causa gracia cualquier cosa que relacionemos con el culo y los pedos. Somos así, escatológicos y primarios, vulgares como un cuesco. Pero dejando a un lado el humor implícito en el arte de la ventosidad, a mí me ha llamado poderosamente la atención el hecho de que haya personas que aprovechen el taxi para relajar el esfínter. Es una demostración de crueldad casi intolerable en un espacio tan reducido como es el habitáculo de un coche. Guarda también un cierto tufo (lo tenía que decir, lo tenía que decir!) a venganza, a revancha ante ese colectivo tan denostado como el taxi, oyentes de Jiménez Losantos por defecto y seguidores de los gatos nocturnos. Ocurre que si esto fuera escrupulosamente como digo, los vengadores serían las personas de ideología opuesta. Y yo no estoy en disposición de afirmar que los de izquierdas son unos pedorros. Carezco de información científica.

Foto: ABC

Traslade el hecho a otro contexto. El taxista no deja de ser un trabajador autónomo que presta un servicio a cambio de una remuneración. ¿A usté se le ocurriría llamar al fontanero, y mientras le mira la bajante (de la cocina) aliviar las tensiones gástricas? ¿Entra en la ferretería a comprar unos clavos y cuando va a pagarle al dueño le obsequia con un sonoro repiqueteo? Si ha comido mal en un restaurante, ¿deja su sello al maitre cuando se marcha? ¿A que no? Entonces, ¿por qué hay gente que somete a semejante castigo a los pobres y exigidos taxistas? Incomprensible.

Metaforeando de forma genérica, diríamos que los taxistas se soliviantan frente a lo que huele mal. Es un poco lo que el resto de la sociedad hace con los sueldos de los banqueros, los privilegios de los políticos, las mentiras de los periodistas y las estupideces de Cristiano Ronaldo. Ocurre que el mal olor dentro de un taxi nunca es una imagen figurada.

Azul pastel

La noche tiene consecuencias. Las resacas, más o menos dolorosas, son divertidas. Las consecuencias algo menos, porque inducen a reflexionar, a bajar de la peana de la frivolidad y darle una vuelta a las cosas. Se nos casa el azul. Sí, ese mismo azul que deambuló por este blog hace algunos años. Lo hace por firme convicción. Y un servidor se alegra inmensamente. Pero la noticia me ha dejado el cuerpo cortado, con un velo de tristeza extraño. No es lo que parece, señora. No estoy acunado en la nostalgia lamentándome por lo perdido y arrepintiéndome de mis pecados pasados. Aquella decisión estuvo bien tomada, y hoy hay dos personas que van a ser felices y comerán perdices, mientras que de seguir conjugando la primera persona del plural con el azul no me atrevería a mantener la afirmación.

La tristeza procede de la sana envidia. El azul, que sigue siendo generoso en sus sonrisas, afirma haber encontrado la clave de bóveda para su vida, el encaje perfecto de su puzzle existencial. Ya sé que es cuestionable que nuestras vidas dependan de una persona para ser feliz. Debe haber algo más, creo. Pero envidio a la gente que no experimenta, que no está por estar, que no se arroja a pruebas como alternativa a la temida soledad. Envidio a los convencidos, no a los convencibles. Y tampoco pierdo la razón por los formalismos matrimoniales. Me he vuelto escéptico por dentro y por fuera.

Y mi envidia es sólo fruto del fracaso, de tener la convicción de que el humo permitía alcanzar el estado más próximo al bienestar pero el binomio no despejó suficientemente bien las incógnitas. Purgamos nuestros errores, nos lamentamos por nuestras faltas, y nos convencemos de que lo importante en esta vida es ser perseverante. Es difícil mirar adelante cuando atrás quedan tantas certezas. Volvemos al cruce de caminos. Y mientras no puedo sino felicitar de corazón al azul por su aventura, detengo el paso. Cuando uno sabe lo que quiere, no es fácil encontrar componendas alternativas. Al final, todo se resume en que seguiremos andando sin rumbo fijo, a la espera de una señal. Si es que llega.