Cebolletismo

Dícese de la actitud de abuelo cebolleta, sin relación alguna con referencias de contenido sexual. Me ha dado por ahí hoy mismo, cuando un buen amigo me ha preguntado algunas cosas sobre París. Para ser francos, apenas se interesó por el hotel en el que yo había estado hace ya dos años (cómo pasa el tiempo…) en mi época azul. Casi de carrete, por incontinencia verbal, se te amontonan los recuerdos que filtras a modo de consejos para ir, venir, subir, bajar, comer y dormir en la capital del Sena. Con la distancia, las ciudades acaban por gustarte más. Bueno, con Milan eso no me ocurre, honestamente. Le quitas el Duomo y la Scala, y sería una urbe intrascendente. Pero París es distinto. Quizás embriaga mi memoria aquella buena época laboral y personal. Quiero creer que soy capaz de sustraerme a sus efectos y contemplar objetivamente las cualidades de la vieja Lutecia. En caso contrario, me llevaría a pensar que, en el fondo, nosotros somos la suma de nuestras felicidades, donde las penas apenas restan.

No quiero desaprovechar la ocasión para recomendar a todos aquellos que viajen a París que se ahorren, por la gloria de mi madre, las tres horas de cola de subida en ascensor a la Torre Eiffel. No hay necesidad de ser un guiri total.

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