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Concursos

Están a la última los concursos de talentos televisivos. Lo estuvieron toda la vida, seamos honestos, pero cuando les dieron un lavado de cara y un grafismo un poco decente, nos los presentaron como el invento más importante del tubo catódico desde el Gran Hermano. Hoy, no eres una cadena seria si no tienes tu propio talent-show, que es como se llaman ahora. La jerga televisiva es guiri. Como la informática. Y la cinematográfica. Del mismo modo que la operística es italiana. ¿Hay alguna jerga en castellano, además del castizo cheli? Me lo voy a mirar.

Ahora arrasa entre las audiencias uno en el que las audiciones se hicieron a ciegas, un reconocimiento explícito a que durante años, a la peña que cantaba se la juzgaba por el físico y no por el talento. Por tanto, no eran talent-shows, sino una versión musical de “Hombres, mujeres y viceversa”. Puro espectáculo. Y como todo concurso, va amontonando perdedores a puñados. De ellos quería hablar, señora. Porque todos sonríen a cámara cuando han sido eliminados y reconocen que “no pasa nada, lo importante es la experiencia”. Y no. Yo quiero hacer apología de la derrota, del valor antitético de la victoria. Porque no da igual perder. Si no atravesamos el amargo trance del fracaso no sabremos paladear con suficiente conocimiento el dulce sabor del éxito. La derrota es tristeza, la derrota es vacío, la derrota es miseria. Y así debe ser porque así fue siempre. Hasta que llegó la puta tele.

Nos cohibimos ante el hecho de que los demás nos vean padecer. Y entonces maquillamos nuestros sentimientos, para que vean que no es para tanto, que somos tan enteros que las derrotas nos son insípidas, como un puchero sin carne, como un pan sin manteca. Este es el ser humano 2.0, el que sonríe ante las adversidades. Con esta mutilación emocinal sólo conseguimos devaluar nuestros propios éxitos, que siempre están por venir.

No me malinterprete, señora. No incito a la depresión tras el fracaso. Sí a la reflexión en la derrota, que nos hará más fuertes, pero siempre que no nos engañemos con edulcoramientos inútiles. Incluso un relativista como quien escribe es perfectamente consciente de lo necesario que es caer en el cieno para valorar en todo su esplendor el instante fugaz y futuro en el que llega la felicidad.

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Elogio del idiota

La evolución de nuestra sociedad es simplemente asombrosa. Digna de un estudio sesudo en alguna facultad de esas que andan ahora revolucionadas porque las matrículas van a dejar de ser low cost y van a empezar a tener un valor real. Fíjese, señora. Antes, un idiota era tenido como alguien de facultades mermadas. O incluso alguien en su sano juicio que, por razones diversas, no había tenido oportunidad para formarse y arrastraba la larga sombra del analfabetismo. Una lacra social como puede ser la pobreza, la esclavitud infantil o los abusos sobre la mujer. Quiero decir, algo de obligada erradicación. Ser idiota no era motivo de orgullo, sino de todo lo contrario. Porque se reconocía en esa persona una dificultad para alcanzar la igualdad de oportunidades que sí disfrutó el resto de sus semejantes.

Ahora bien, los tiempos han cambiado. Demasiado, para mi gusto. En una sociedad cada vez más simple, donde cualquier proceso reduce su complejidad para que hasta un primate amaestrado lo pueda ejecutar (gracias, Steve Jobs), el idiota ya no es un bicho raro que necesita dejar atrás su condición para integrarse. No, señora. Ahora, el idiota puede reivindicarse como tal, hacer de la estupidez su único talento, ganarse la vida con ello y envolverlo en celofán para que lo consuma el gran público. Porque este pobre diablo (que ya no es ni pobre, ni diablo) ahora puede presumir de ser una persona natural.

Así de fácil. No tiene necesidad de formarse, porque eso en el fondo hace perder espontaneidad. Puede masticar el idioma y reirse de sí mismo, porque eso le hace original, distinto a esos cretinos que saben diferenciar el condicional del subjuntivo. Y la maquina de homologación de este neoidiota deluxe es, como ya supondrán, la televisión. La fábrica de kikos, charis, belenes, karmeles, toñis, marujas, rafas, y demás fauna. La vulgaridad, la chabacanería, la estulticia más aguda, es lo más. Tener cultura, eso no le interesa a nadie. Lo que importa es la ocurrencia, por desmadrada y andrajosa que sea, por casposa y cateta que parezca. Y cuanto más, mejor. Lo que se lleva es el idiota.

Lo que no me explico es por qué me viene a la cabeza ahora Mario Vaquerizo…

Lejía

No soy especialmente amigo de lo políticamente correcto, aunque tampoco disfruto rebozándome en la chabacanería y la obscenidad gratuita. Sospecho que encajo dentro de una categoría de gente más o menos normal en cuanto a entretenimiento. Lo digo porque en los últimos meses, Antena 3 está llevando a cabo una decidida estrategia por blanquear sus contenidos, desterrando de su parrilla los programas del corazón y realities diversos para apostar por una programación familiar. Nunca es tarde para renegar de uno mismo, aunque ya se sabe de la fe de los conversos. Ya ni les digo que uno de estos puntales es Javier Sardá, cuya última época en “Crónicas Marcianas” fue la mejor muestra del detritus catódico. En fin.

De algún modo, los directivos han entendido que una carrera de basura para competir con Telecinco es imposible de ganar. Quienes siempre han vivido en un vertedero aguantan mejor el hedor de la podredumbre televisiva, y no se les puede vencer. El ADN berlusconiano es imbatible. Así que han refundado la cadena bajo los principios del entretenimiento familiar. Tiene un tufo catequista chocante. Porque incluso los presentadores o comentaristas no pueden soltar un natural “coño” en antena, sino que deben pedir perdón y emplear términos como “cáspita” o “caramba”. Lo que me produce un asco atroz. En su “talent show” de los lunes, que busca marcar distancias con el triufismo de salón, los miembros del jurado (cuatro reputados artistas y David Bustamante) insisten en que ellos “no hacen crítica destructiva” sino “siempre en positivo”. Y ahí los tienen, diciendo payasadas y en una espiral de a ver quién piropea mejor. Y si hay que criticar, todo lo más es un “deberías llevar tacones”, “no nos gusta el vestuario” o “esa canción no estuvo bien elegida”.

No aguanto la mojigatería de saldo, esta apariencia beatífica, este buen rollito apostólico y romano, que me transporta a las jornadas de convivencia religiosa esas de cura, guitarra y muchachitas sonrientes. Espanto. Horror. Repulsa. Es lo que tienen los procesos blanqueadores cuando se emplea lejía televisiva. La suciedad sale, pero se pierde color y se regresa al blanco… y negro.

¿Y si yo le pago?

– Oiga, nos gustaría que usté presentara la gala de Navidad en nuestro canal de televisión.

– Bajo ningún concepto, señor. Su cadena ha estado insultándome, difamándome, calumniándome, persiguiéndome por los aeropuertos, aireando de forma falsa detalles de mi vida privada. Es más, me han convertido en escarnio público, han perjudicado mi carrera profesional, me han señalado como una vulgar ladrona. Y entonces no se acordaron de preguntarme siquiera mi opinión, porque sólo les interesaba mi linchamiento público.

– Ya, bueno, pero esos son cosas de la televisión, ya sabe. Aquel era un programa de un perfil determinado, que ya cerró, y ahora la filosofía de la cadena es otra.

– Perdone, ahora más que nunca sus contenidos son agresivos con los personajes de la vida pública. Su oferta no me interesa.

– Pero tenemos propósito de enmienda. Le hemos dado un trabajo a su hijo en la televisión, a pesar de que no tenía experiencia alguna. Primero un reality, ahora un programa de variedades…

– Eso es verdad. Pero yo sigo muy ofendida por todo lo que han dicho desde su canal sobre mi persona, mi carrera, mi familia y mis negocios.

– ¿Y si yo le pago?

– Bueno, eso ya es otra cosa. Pero tendrá que ser mucho dinero, ¿eh?, porque los agravios no fueron pocos.

– Desde luego, desde luego. Lo que acordemos. La cadena está dispuesta a realizar un generoso desembolso. Nuestra audiencia merece disfrutar de su arte, de su talento.

– ¿Ese que antes despreciaron?

– Tanto como despreciar…

– Ya le aviso que no será poco. Aunque en fin, me agrada su disposición de enmendar esta mala relación. No sé, en todo caso, como reaccionará la audiencia ante este giro de la política de su empresa.

– Sobrevalora la inteligencia de los telespectadores, y la memoria. El cinismo nunca pasa de moda. Hacemos como si aquello nunca hubiera pasado y punto. Ahora usté es la estrella y nosotros brillamos a su estela.

– Entonces no hay problema. Ustedes me compensan con un buen cheque, y yo también me olvido. Además, los artistas no tenemos dignidad, tenemos caché.

Lo que nadie entiende

En este proceso de analfabetización a marchas forzadas de la televisión contribuyen decididamente programas tan cuestionables como Sálvame, refugio de periodistas, pseudoperiodistas, alcahuetas de peluquería, chulos de piscina, neuróticas y Belén Esteban. Ésta última me dejó patidifuso la pasada semana, cuando le reprochaba a otro “colaborador” (mágico eufemismo para intentar referirse a los que por allí pululan sin oficio ni beneficio alguno) que empleaba “palabras que nadie entiende”. Con nadie se refería, debemos suponer, no a estudiantes de bachillerato o trabajadores con una formación media, sino simplemente a amebas andantes que, como ella, ansían con fruición un marido y una prole a la que llamar a gritos para cenar. Por otro lado, me pregunté si el léxico empleado adolecía de matices técnicos o semióticos ajenos al conocimiento del común de los mortales, y si Kiko Matamoros había abusado de sus relaciones en la noche para sacarse un cursillo de física cuántica con el que epatar. No sé, señora, ¿usté sabe qué significa la palabra “acrítico”? Ahí se lo dejo.

Canarias

Aun queda gente normal en este mundo. O con poco tiempo. Una de dos. Acaba de ganar un informático un premio de 850.000 euros en un concurso de la tele (ignora el pobre que Hacienda le sisará la mitad), el “Pasapalabra” que presenta el novio de Almudena Cid en la escombrera de Telecinco. Debe ser la concesión cultural de una programación basada en la zafiedad, el cotilleo y el amarillismo más atroz. Y preguntado qué va a hacer con el capital adquirido, que daría pa muchas cosas, el buen hombre se sincera y dice eso de “quiero hacer un viaje con mis hijas, voy a llevarlas a Canarias”. Ahí es nada. Ni Eurodisney, ni el Caribe, ni a Londres a comprarles ropa, no hablemos ya a la ópera de Nueva York (donde yo iría sin dudarlo). A Canarias. Probablemente es la misma respuesta que hubiesen dado mis abuelos, que veían en estas islas el paraíso más cercano. No, no, el informático palabrero va a Canarias con la prole, a visitar el LoroParque, a tostarse en la Playa de las Américas, abrazar el drago de Icod de los Vinos y comer papas arrugás con mojo picón. Que alguien le regale un mapa a este individuo, por favor.

Resistir

Hay que aguantar, fortificarse en casa, atrincherarse en el sofá y resistir. Se exige además andar rápido de reflejos para cambiar de canal cuando sea conveniente y esquivar la publicidad que desliza en el subconsciente las palabras prohibidas, la incitación a caer en la perdición del consumismo. Porque estamos en re-ba-jas, y las tarjetas de crédito se inquietan ante su posible fundición por caer posesidas por algún manirroto incapaz de controlarse. Puede llegar el punto de que sea imprescindible entrar en un centro comercial, por aquello de que no solo de pan vive el hombre y es necesario comprar mantequilla para untar. A veces incluso una botellita de cava por si toca celebrar algo, aunque sea la cotidianeidad. Incluso entonces, se exige fortaleza de ánimo, contricción, para fintar como un Messi cualquiera los mostradores con ofertas irresistibles y descuentos por encima del 60%, envenenados dulces que nublan el entendimiento de los débiles de espíritu y se llenan de facturas la cartera. El estoico ahorro se impone en tiempos de crisis, señora. Eso, y que en mayo nos vamos a Suiza. A ver si me ficha un banco.

Por cierto, grandísimo programa “Enemigos intimos”, en ese canal de programación cultural y educativa como es Telecinco. En este no nos ilustra con su presencia Belén Esteban, para nuestra desgracia. Pero recuperamos para la televisión a Santi Acosta, un presentador que regala clases de buenas formas cuando se dirige a uno de sus invitados y le dice: “vamos a pasar un video que no te va a gustar, que preferirías que no mostrásemos, pero ilustra mejor la situación”. Yo le traduzco: vamos a joderte, pero como estás aquí sentado llevándotelo calentito, tragas y sonríes. No, su programa no va sobre conocimientos enciclopédicos ni premian al que sepa contar el número de garbanzos de un paquete con solo mirarlo siete veces. Le invitaría a verlo, señora, pero coincide con “El gato al agua”, su espacio de humor favorito.

pd: antes pornografía que Intereconomía. He dicho.

Escombros

Que la televisión actual es un vertedero infecto no sorprenderá a nadie, señora, y me da igual que a usté le haga mucha gracia el “Sálvame” de la sobremesa para echar la cabezadita. La zafiedad ha superado las cotas moralmente aceptables para inundarlo todo, como las riadas tóxicas de Centroeuropa. Más allá de despellejar la vida privada de los famosos o aspirantes a conocidillos, más allá de que éstos vendan sus miserias al por mayor o sean capaces de falsearlas para zurcir culebrones con los que ganar cuota de pantalla, estamos llegando a un empobrecimiento social preocupante. La última edición de Gran Hermano es la mejor evidencia. Lo que comenzó siendo un curioso experimento sociológico acabó derivando en una escuela de fruteras y sucedáneas de Belén Esteban, aunque sin torero ni niña con pollo. Pero este año nos hemos superado.

Si en sus orígenes causaba curiosidad ver cómo se las ideaba el personal para dar rienda suelta a sus pulsiones sexuales, y poco menos que nos escandalizábamos por el hecho de que se acostasen mientras les grababan las cámaras, este año Telecinco, la fosa séptica de nuestra televisión, ha decidido darles un cuarto a oscuras para que se toqueteen. Es decir, que hagan lo que consideren, pero que no se vean. Y que no se preocupen, que ya les vemos nosotros con una camareja de visión nocturna. Viva la moral gaseosa.

Lo que más me fastidia en cuestión del hecho de que Zapatero quiera retrasar la edad de jubilación a los 67 no es este hecho en sí, que ya es suficientemente jodido, sino que cabe la opción de que tengamos que aguantar a Mercedes Milá dos años más intentando justificar la dignidad de su programa, lo naturales que son sus concursantes (algunos de ellos es probable que aprendiesen a leer con los prospectos de la gomina o las pastillas del gimnasio) y lo real que es todo lo que se vive en la archifamosa casa de Guadalix de la Sierra. Gente que, además, será pasto del comentario del resto de programas de la cadena, como si se tratasen de estadistas negociando el Tratado de Yalta o la independencia de Kosovo.

Aunque quizás tengan una centésima de razón en un aspecto: la realidad cotidiana es tan puñetera, tan miserable en estos tiempos de crisis, que la sociedad se sienta delante de la tele para relajarse con los problemas de los demás. Me cuesta pensar que sea así, pero no descarto que millones de españoles prefieran ver a una rubia recauchutada de rodillas manejándose con un chuloputas antes que mirarse al espejo y recordar su desgracia vital. Perra existencia.

Cambio Radical, putrefacción total

Ahora en vacaciones, que tengo algún rato libre y enciendo la tele, entiendo porqué no siento necesidad alguna de sentarme delante de la caja tonta en mi día a día. No, no es que haya reaccionado con alergia a la sobredosis de Fernando Alonso en Telecinco. Es que he visto Cambio Radical. Es, de largo, uno de los productos más zafios y podridos que se han emitido en la historia de la televisión española. Y me da lo mismo que en otros países sea un programa famoso y con altísimos índices de audiencia. En el Africa profunda practican la ablación indiscriminada y no por eso deja de ser una práctica execrable y asesina. Captan, ¿no?
Este programa selecciona a gente poco agraciada, la rapta dos meses, y cuando la devuelve a su familia, en vivo y en directo, enseña a un ser humano reconstruido por la cirugía estética: se arreglan pechos, narices, siluetas, orejas, flequillos, vestimentas, miopías, barbillas, ojeras, piernas… Como quien lleva un 127 al taller y recibe un Seat León como el mío. Lo peor es el comentario de la voz en off: “menganita ha dejado de ser una chica de pueblo y ahora puede aspirar a obtener lo que se proponga”. O sea, que antes, cuando era fea, mas le valía encerrarse en casa, trincar un novio también feucho y consolarse porque no la lapidaran por la calle por romper los cánones de belleza convencionales.
Pero es que el mensaje es mucho peor. En una sociedad castigada todavía por la lacra de la anorexia y la tiranía del culto al cuerpo y la talla 38, lanzamos a los jóvenes la idea de que si quieren ser algo en la vida, mas te vale ser guapo. No valen para nada ni tus estudios, ni tu capacidad para esforzarte y superarte cada día, ni tu personalidad. No. El mundo en que vivimos valorará primero tu escote, tu pantaloncito ceñido y el talento de tu esteticista. Lo otro son menudencias sin importancia, ¿no?
¿Puede haber un programa más repulsivo? ¿Se concibe una bazofia catódica más repugnante con los más básicos valores de una sociedad? ¿Qué es lo que ofrecemos a las nuevas generaciones? ¿No nos avergonzamos de hacer negocio con la gente que por la razón que fuera no se encuentra dentro de los estereotipos de belleza que la propia televisión y la “moda” nos han impuesto? A veces me preocupan estos arreones morales que me entran, porque igual es que he envejecido mentalmente demasiado, pero me da pavor pensar la nueva hornada de españolitos que se está cociendo con una televisión tan irresponsable como esta. Y yo que pensaba que el polígrafo de Telecinco era imbatible…