fracaso

Cronología de un fracaso

Esto merece ser contado de manera detallada. Resulta altamente clarificador de los procesos mentales que rigen la conducta del Quillo. Todo transcurre en el día de ayer:

17.30: La compra de la bicicleta no puede demorarse más. La talla XL es un exceso intolerable. Hay que recomponer la figura como sea, porque la alternativa es acabar siendo pasto como una caravana de esas de viejos desesperados que no buscan una mujer, sino una asistenta que los cuide en sus últimos días.

17.45: Además, no hace tanto que no monto en bicicleta. En mis años buenos yo pedaleaba abundantemente. ¿Cuándo? Bah, no sé, hará unos… ¿12 años? Eso no es nada. Que haya engordado 15 kilos (qué generoso soy) en ese tiempo sólo es una muestra del desarrollo de mi personalidad. Yo no estoy gordo, estoy redimensionado.

18.00: La bici nunca tuvo secretos para mí. Bueno, cierto es que no me aficioné nunca demasiado porque aquella que tenía, una de montaña de color verde oscuro, pesaba un quintal. Mi padre consideró que cualquiera que fuera barata (y por tanto, portuguesa) debía ser una buena bicicleta. Eso condicionó mi empatía con las dos ruedas. Pero en mis años mozos me subía unas cuestas de aúpa. Tampoco tenía más remedio: vivía en el barrio alto de mi pueblo.

18.30: ¡Qué caras estan las puñeteras bicicletas en el Decathlon! ¡Así no hay quien haga deporte! Si al menos mi sofá fuera más cómodo…

18.32: No, hay que mantener la firmeza. Es importante hacer deporte. Siquiera algo de deporte. El dinero no es TAN importante. ¡Estamos invirtiendo en salud!

18.35: Hay que complementar la bicicleta. Pongámosle un bidón de agua. No se puede practicar ejercicio sin estar convenientemente hidratado. ¿Y las llaves dónde las dejo? Esta coqueta bolsita en la trasera del sillín me valdrá perfectamente. Ah, y esa funda para el iPhone creo que me dará apaño para poder escuchar música mientras remodelo mi figura hacia los estándares atléticos convencionales. Un mojón pa Beckham a mi lado.

18.45: Vaya, hay problemas con la financiación. Da igual. Si hace falta, se paga a tocateja. Es una cuestión de prioridades. Salud frente a pobreza. ¡De qué me sirve el dinero si estoy convertido en la mascota de Michelín?

19.00: Ya tenemos bicicleta. Desde luego, pesa mucho menos que aquella portuguesa. Esto es un síntoma, es un mensaje del destino. Estoy llamado a recuperar mi tono físico, a rejuvenecer a cada pedalada que dé por el parque de al lado de mi casa. Es un hecho. ¡Un nuevo Quillo despierta!

19.40: ¿Cómo era esto de la bicicleta?

19.42: Ahora, ya, sin problema. Era una cuestión técnica puntual de aclimatación. Montar en bicicleta nunca se olvida. Hoy es el Día 1 de una nueva era de salud y ejercicio.

20.00: Puta bici.

20.10: Reputa bici.

20.25: Quién coño me mandaría a mí comprarme una bici. No siento las puñeteras piernas, la cuesta de subida a mi casa la carga el diablo, este sillín me tiene destrozado el culo, el cambio de los piñones hace un ruído raro… ¿No querrá algún amigo mío una bicicleta?

20.35: Primera Coca Cola.

20.37: Segunda Coca Cola.

20.39: Botella de agua de 1,5 litros.

21.50: La bicicleta es un instrumento de tortura. Seguro que fue un invento árabe. O chino. No vuelvo nunca a cogerla. Así me haya costado medio riñón.

22.30: Por otra parte, yo creo que estoy “algo” más delgado. Hmmm… Habrá que hacer un estudio de coste/oportunidad antes de desechar la bicicleta así como así. Pero el culo me sigue doliendo. Tengo una agujeta de nalga a nalga.

08.30: Volveré a la bicicleta. Seguramente no hoy, porque el culo no me lo permite. Pero nadie quita que no me eche al parque a correr un rato. ¡Ja, que tiemble Usain Bolt!

Ganar y perder

Nuestra vida es una suma de éxitos y fracasos. Luego podremos entrar a debatir cuáles son unos y otros, señora. Porque seguramente algún resultado se podría ver alterado. A veces parece que encadenamos los segundos, los amontonamos como quien colecciona estampitas, y enlodamos nuestro ánimo en el cenagal de la derrota. No soy yo persona dada a expresar consuelos a terceros, lo admito. Pero incluso en la derrota hay que saber enfocar la actitud: los fracasos de aquí son las oportunidades de allí, aunque ello implique dar un paso atrás. Sólo perdemos sin remedio cuando nos meten en el cajón. Hasta entonces hay infinitas opciones de ganar, aunque no las veamos, aunque lleguemos a considerar que nunca nos alcanza la ocasión de saborear esas dulces mieles. Nuestra mejor victoria siempre está por llegar.

Dicho todo esto, tengo un enorme pavor a estar sufriendo del síndrome de Paulo Coelho.

Éxitos fatales

El destino a veces es muy cruel. Casi se convierte en verdugo de a quienes con anterioridad ha permitido saborear las mieles del éxito. Recordaba hoy a un buen amigo (lo fue durante un tiempo) que se labró, a golpe de trabajo y esfuerzo, un prometedor futuro como director de cine. Lo tenía ahí, al alcance de la mano. Llegó incluso a ser premiado por un guión de un corto y tener la oportunidad de filmarlo. Hasta fue ayudante de dirección de un largo al otro lado del océano. Tocaba la fama con la punta de los dedos. Y de buenas a primeras, todo aquello se truncó, se perdió, se fue por el desagüe, y ahora resiste ayudando a la familia en sus negocios, alejado de aquello que soñó y por lo que tanto sufrió. Tampoco fue una caída casual, señora, no la voy a engañar. Algo tuvo que ver el lado oscuro de la vida al que se asomó poquito a poco, y que le llevaron a adicciones ni letales ni níveas, pero sí de efectos secundarios. La desgracia de quien pudo ser pero murió en el camino. Es una lección vital. Todo tiene su tempo. Acelerarlo solo nos echa de la carretera, y quién sabe si podremos volver.