días tontos

El desencanto

Es curioso como en apenas 24 horas, un estado anímico puede hacer salir el sol en mitad de la tempestad, o convertir una canícula temprana como la que estamos viviendo en una lúgubre jornada de negros nubarrones. Incluso puede que en menos tiempo, si me apura, señora. El desencanto, la desgana, la apatía son infecciones emocionales que no tienen cura conocida en el mundo de la farmacología sentimental. Son incluso dolencias con un amplio poder de propagación, de contaminación a otros órganos y ámbitos vitales. Pueden pasar del trabajo a la familia, o de las amistades a la pareja. Baraje cualquier combinación posible con estos cuatro elementos, incluso una que los contemple a todos. No sé si hay algún cortafuegos que limite la expansión del desencanto, pero sí le recomiendo encarecidamente que se aleje de Debussy, señora. Su música es propensa a profundizar los estados depresivos hasta el infinito y más allá. Se me ocurre combatir el “blue feeling” con mucho Rossini, mucho Verdi y dosis infinitas de Donizetti. A golpe de cabalettas y concertantes se enjugan los malos ratos. Quizás no le harán sonreir, pero al menos le abandonará momentáneamente la sensación de levedad.

Anuncios

El Rey vuelve

Pensé que nunca tendría que volver a él, a sus efectos taumatúrgicos en mi estado anímico. Pero esta pesada losa de circunstancias apiladas unas encima de otras se está haciendo dura de llevar. Lo que me pregunto es si tantos años después de que me encomendase a su prodigiosa música reconstituyente seguirá produciéndome los mismos efectos, o mi transición hacia las partituras clásicas me ha hecho inmune a Elvis. Supongo que lo descubriré con el tiempo. Lo siguiente será Sabina. Y como último recurso, una integral verdiana con todas sus cabalettas. Cuánto añoro el humo…

pd: por cierto, felicidades a cierto treintañero, que hoy cumple 57. que los disfrute!

Negro, negro, negro

Hay días así, que exceden la condición de tonto para pasar al ámbito más oscuro. Son esos donde las cosas que pueden ir mal van directamente a peor, sin opción ninguna a enmienda o siquiera remiendo. Y que además ejercen como dedo ejecutor que pone en marcha el castillo de piezas de dominó, con consecuencias obligadas. Al menos teníamos prevista una vía de escape por si las moscas. La trampilla debajo de la alfombra que construimos hace unas semanas va a permitirnos salir con entereza de esta situación. No voy a ser más explícito, señora, porque hasta que las cosas no se cierran las carga el demonio, y acaban truncándose. Pero llegan cambios en mi vida, no deseados (como todos, debo decir). Y es ahora cuando me siento más solo que nunca, a pesar de no albergar duda alguna sobre mis sentimientos. Paradojas del destino.

Lo único claro es que las cosas nunca suceden como uno quiere. Ni siquiera la mitad de bien. Y me resisto a resignarme a que sea así. Yo quiero mis besos, y voy a pelearlos. He dicho.

Gris marengo

Todo es cíclico, señora. Llevaba un tiempo sin sentirme así de apático, de desganado, de hastiado. Me cuesta esbozar una sonrisa. Casi levantarme de la cama para ir a teclear palabras al trabajo. Sólo quiero refugiarme en libros y ópera, y gozar de mi soledad, ahora sí buscada. ¿Razones? Probablemente que miro hacia atrás y veo con estupor que los pilares de mi felicidad pasada igual fueron espejismos en mitad de un desierto, un deseo personal más fuerte que la realidad. O igual no, y es tan solo una percepción fruto de un cansancio acumulado. Vivo en el desencanto. Y por una vez, huir hacia adelante no cambiará nada. Esperaremos a que cambie la marea, como siempre. Que sea pronto, señora, que sea pronto.

Me enfado, de nuevo

Ora por unos motivos, ora por otros. Pero sigo con la cara torcida, por más que en este fin de semana me he reencontrado con buenos amigos en un mágico recital de Elina Garanca. Algunas cosas no se curan con cantos de sirenas. Y ahora lo estoy por una insistente imparidad, y que fracasa constantemente en ser remediada por incomparecencias ajenas. Me canso de brindar conmigo mismo. Me agota tejer el futuro sin saber la talla adecuada del modelo.  Y por encima de todo, me jode recibir indiferencia cuando pongo interés en algo. Y de regalo, aires de cambios. Otra vez. O no. Tengo un presentimiento: este año me tiene reservadas sorpresas. Mi temor es que no sé si serán buenas o malas.

Mi reino por una manta

En los días malos, esos que te levantas con el cuerpo cortado, con la certeza de que estás incubando la gripe del pollo u otra dolencia maligna similar, vendes tu alma como el Doctor Fausto y no por sabiduría, sino por poder lanzarte con doble tirabuzón al sofá, tapado por la manta hasta las orejas, y esperar que pase el día sin que nadie moleste, sin que nadie llame, sin que nadie incordie con peticiones. Es de esas veces que ruegas al destino que no haya ninguna crisis política, ningún atentado mortal, ninguna catástrofe ecológica en las costas, y que te dejen dormir hasta el próximo lustro.

De paso, señora, hágame un caldito, que ya se lo pagaré a su hija.

El momento

Es tan estúpido como entrar en el blog, decirme “pues sí que ha quedado bonito”, y seguir navegando en busca de algo que me llame la atención, una meta que pocas veces consigo. Y así pasan los días, y esto se queda sin actualizar. Que luego me digo, señora, que cómo me preocupo por un sitio donde entran tres personas simplemente para saber que sigo vivo. Casi hasta bastaría añadir un “eh, que sí”, e irlo renovando eventualmente, a modo de señal de vida. Pero eso sería demasiado simple, y la vanidad de este crooner de pega no quedaría satisfecha. Hay que adornarse, oiga.

El momento es ahora, claro. Pie con dedo fracturado (no pregunte, no pregunte), te con sabor a vanilla, humo negro en el aire y cenizas en el fregadero, resaca de Nucci, y una maravillosa Semiramide londinense regalo del Santo Oficio haciéndome levitar. En la cabeza, un viaje sin retorno a la capital del reino y recuerdos de una inolvidable visita a Venecia y Florencia con Rinconete y Cortadillo. El tren de la vida puesto en marcha de nuevo, y a la espera del vagón que nos haya de llevar a la próxima estación. Y en la mesilla, Agatha Christie, muchos años después, hablándome de asesinatos e intrigas mundanas.

Y por delante, infinita voluntad para acometer proyectos pero escasas energías. Las justifico con motivos muy fundados, tales como que son barro fresco que necesitan ser modeladas entre mis neuronas. Entre tanto, empiezo a sentirme de ningún sitio, ni de donde estoy, ni donde se supone que iré. Inciertas incertidumbres, señora, qué jodidas son. Tampoco me eche cuenta en demasía. Recuerde que este es un post de relleno. Su hija bien, por cierto.

Huecos

Otra variable de los días tontos es en los que no hay argumentos ni razones para estar apagado, y sin embargo se está. Quien dice tonos grises dice también extraños pesos en la conciencia por malas obras inexistentes. O puede ser otra cosa. Puede ser que la ausencia de felicidad deja huecos que la inercia llena de amargura y atonalidad anímica. Lo peor es cuando ni siquiera la imaginación arroja una ensoñación del nirvana perfecto y sólo resta esperar que salga el sol otro día e ilumine con más fuerza, la suficiente para alumbrar nuevas sensaciones y pensamientos. Me falta algo, y no sé qué. Y eso me jode.

Vacío

Llueve en Santiago. Pocos días como hoy o ayer me alegré tanto de que lo hiciera. Digamos que el cielo gris y el agua hacen que me pierda en ellos y rompan el silencio cuando las gotas golpean los cristales de mis ventanas. Mi casa parece más grande. Hay más espacio en ella. Demasiado. Me pregunto qué lo llenaría antes que no lo hace ahora. Tengo la respuesta, pero no me atrevo a pronunciarla. Me repito que es la resaca, que cuando vuelva a estar sobrio de emociones todo recuperará su tamaño y dimensiones. ¿Pero y si el vacío sigue ahí? Arrecia la lluvia. Miro a ningún sitio, y siempre aparece el azul. El silencio hace eco a mis voces interiores, cavernosas en mi cuerpo hueco tras donar el corazón. Ahora sólo queda el frío invierno perenne, la guarida de hielo, el témpano, la nada. Pero nunca podré decir que no lo busqué lo suficiente. Una nueva era glacial se abre ante mi. ¿No era esto lo que quería? Sigo sin saberlo. 

PD: Las aguas vuelven a su cauce. Sale el sol.

Más estados de ánimo

El blog no merece esto. Soy incapaz de sentarme a escribir en un estado anímico normal. O estoy exultante por un motivo, o indignado por otro, o como ahora, totalmente quemado por un cúmulo de circunstancias. Sé que estos bajones anímicos son temporales, y que conformen vayan pasando las horas del día iré recuperando algo de buen humor. Pero hay cosas con las que no puedo, y en Vigo me las están dando todas juntas y por onzas. No soporto que la incompetencia de terceras personas derive en que mi trabajo salga mal. Sencillamente, me parece inaceptable. Es todavía peor cuando pides explicaciones y se encogen de hombros con un “es lo que hay”. Eso me cabrea aún más, porque es cuando siento que me toman por tonto. Y hasta ahí podíamos llegar.
Y por si fuera poco, hay que cuidarse de las sensibilidades a flor de piel. La gente tiene una capacidad de ofenderse realmente sorprendente. Tienes que medir los matices y los tonos de tus palabras porque hay quien se siente afectado con lo que puedas decir o hacer, aunque no vaya referido a su persona. Y eso conlleva a tener que ir pidiendo perdón cuando no hay razón ni necesidad. Si hay que disculparse de algo, se hace, pero no sin motivo y para subsanar un cabreo de alguien que se ha contrariado por una paranoia propia. Y el remate del tomate es que cuando los días amanecen grises, plomizos, y las cosas no pintan bien, aparezcan quienes se han levantado con la sonrisa en la cara y pensando que el mundo es feliz y alegre cuando en verdad es una mierda. No soporto la felicidad 24h ni quien la demuestra de forma tan efusiva. No me la creo. Y por tanto, me encabrona.
Dice mi padre que soy un ajoporro. No le falta razón. Pero la gratuidad en según que expresiones de nuestros sentimientos me parece que es restarle valor a cosas tan vitales y trascendentes como una mirada a alguien que te gusta, una sonrisa a quien la necesita o una palabra dulce para quien la merece. Las cosas tienen su justa medida, y el exceso, como casi todo, es un error. Pero puedo estar equivocado. Eso explicaría muchas cosas.