politicastros

No me gusta hablar de… (I)

…políticos. Me aburre soberanamente. Cuando inicié este blog todavía esquivaba esos reparos y planteaba alguna reflexión suelta sobre la actualidad política estatal o autonómica, ya sea en mi tierra original o en esta que me tiene adoptado. Puede que de aquella todavía me quedarán ánimos, al circunscribirse mi actividad profesional en ámbitos culturales. Ahora, que me paso el día rodeado de diputados, concejales, alcaldes, consejeros, parlamentarios, me niego a dedicarles un segundo más de mi existencia. Porque probablemente tendría que generalizar, y al conocer a muchos de ellos me parecería injusto no hacer excepciones. También porque no merecerían compasión como clase, cuando algunos individuos particulares no se han ganado esos reproches. Y luego porque no quiero dar sesgo ideológico a este espacio, aunque alguna vez goteen reflexiones de notable orientación política. Tampoco se puede evitar, señora, ya me lo disculpa.

Aunque quizás la razón básica sea que vivimos en una sociedad abrumada por el tertulianismo y el debate diario de la vida política. Ya gastamos suficiente saliva en la calle o en el bar, en los pasillos de la oficina o en el ascensor subiendo a casa. Pero de puertas para adentro, en la república independiente de mi piso, paso palabra.

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Así va el país

Los que nos dedicamos a esto de arrejuntar letras y palabras en un papel con el fin de intentar comunicar noticias a un pobre lector, y tenemos además nuestra fuente de inspiración en el día a día de la política patria, comenzamos a estar algo agotados. Mucho peor es, sin embargo, que ese cansancio profesional acabe convirtiéndose en hastío personal hacia la actualidad, hartazgo de los políticos, sus actitudes, sus devaneos, sus gestos y sus consecuencias. Y es que en España las cosas se están poniendo feas.
El último ejemplo han sido los boicots de grupos independentistas catalanes, hijos de la Esquerra que los parió, a varios actos del PP en Cataluña en esta campaña para el referéndum del Estatut, donde casualmente la derecha y los republicanos piden exactamente el mismo voto: NO. Pero fíjemonos en el hecho: aquí se increpa a la derecha, y no viene a ser tan malo, porque estos del Pepé son una manga de radicales extremistas, fascistas encubiertos, bachibazuks con crucifijo y sotana que defienden la unidad de esa cosa llamada España, Estado opresor que vulnera las identidades de las naciones vasca, catalana y gallega (y andaluza, claro).
Esto preocupa. Porque si bien es deplorable que a cualquier persona de cualquier ideología se le impida expresar pública y respetuosamente su opinión, no es menos cierto que el PP, con errores propios y estrategias ajenas, está mucho más a la derecha de lo que estaba hace ocho años. En aquel lejano 1996, cuando Aznar venció por un puñado de votos a Felipe, PSOE y PP se repartían el centro-izquierda y el centro-derecha, respectivamente. Eran dos formaciones separadas por pocos metros en el espectro sociopolítico.
De entonces a ahora, el PSOE ha ido oscilando hacia la izquierda, intentando recuperar su espacio propio, un estilo que hace décadas que abandonó, olvidando que su primer éxito electoral en 1982 vino gracias a la asimilación de sufragios del voto de centro que representaba la UCD. Desde que llegó al poder por sorpresa el 14-M, esta maniobra se ha intensificado, pero con un agravante, que a la par que el PSOE de Zapatero se escora a la izquierda, empuja al PP todavía más a la derecha.
El problema es que la derecha ha sido tan tontorrona que se ha dejado escorar. Ha caído en la trampa que le han tendido desde el Gobierno… y desde las ondas. El seguidismo que hace el PP a la COPE sólo vale para llenar de razón a aquellos que cargan con brusquedad contra Acebes, Zaplana, Aguirre y Rajoy al grito de “fachas”. Si bien la derecha se caracteriza por unos valores conservadores, esto no significa que éstos sean del siglo pasado. La radicalización del mensaje en el fondo y en las formas sólo trae una marginalidad sociopolítica que será difícil de curar a corto plazo. Y en el fondo, quien lo paga es la sociedad, resquebrajada por los políticos en una izquierda positiva y progresista o una derecha retrógrada y antediluviana.
Otra derecha es posible. Es un convencimiento personal. Lo representan, como todos reconocen, Alberto Ruíz Gallardón, un señor al que en Madrid votan para alcalde ciudadanos de todas las ideologías. Es otra forma de entender la política. Y como él hay otros como Manuel Pimentel, Francisco Camps, Alberto Núñez Feijóo… Hacen que oir un mensaje de la derecha no dé vergüenza ajena ni contenga un saco de improperios. Pero mientras esta generación siga siendo utilizada como mascarada de los radicales derechones para maquillar su tufillo carca, nada bueno debemos esperar. Y mientras tanto, la sociedad se sigue dividiendo…

Días de perros

Hay días malos. Los hay peores. Y los hay que quisieras estrangular a alguien y ser todo lo borde que eres capaz de ser. Para los que me conozcan, sabrán que este último aspecto tiene en mi a alguien muy capaz. No es que me enorgullezca, porque cada vez me refino más, pero conforme pasan las cosas me doy cuenta que o eres un poco borde o te toman por tonto. Y ahí sí que no.

Lo peor de todo es la desfachatez. Cuando tienes que lidiar con gente que, por inquinas personales o por váyase-usté-a-saber-por-qué, monta un circo con problemas que se solventan de una forma completamente amistosa. Es gente, como decía mi buen amigo el doctor Castro, “gente pequeña”. Y jode todavía más cuando además de gritar se ponen a llorar como jodías magdalenas. Ahí sí que no. Los argumentos no se defienden ni exaltándose ni con pucheros. Pero cuando encima el jefe se pone ñoño y transige con estas actitudes, ya es el no-va-más.

Me gustaría ser peor persona de lo que soy. No es que sea mala. Tampoco soy un sol resplandeciente en lo alto del cielo. Pero ser malo me ahorraría intentar convencer a esa gente “menor” de que mis errores, muchos, no son intencionados. Tan sólo fruto de una forma de ser algo despistada, pasota en ocasiones, pero respetuosa con los demás. Hoy me he propuesto, por tanto, aplicarme dos nuevas pautas de conducta. La primera es que al primer energúmeno que me grite sin razón, mandarle a tomar por culo. Sin miramientos. Y la segunda es no darlo todo en el trabajo, porque cuando llega la hora de la verdad, sólo se acuerdan de tus errores, y nunca de tus méritos. Ingrato mundo. O quizás es que no tengo dos tetas.

Poco más que añadir hoy. No creo que sea necesario dar nombres ni apellidos. Prefiero referirme a situaciones concretas que puedan pasarle a cualquier persona. Así se aprende más. Y moralinas aparte, creo que me vendrá bien este descanso en Baiona.

PD: Por cierto, ZP es un puro producto de márketing. Toneladas de talante, sonrisas y movimientos ligeros de mano para no decir nada. Lástima que Rajoy sea aun peor.