música

Sinatra

No pasa por ser mi canción favorita de Frank Sinatra, pero sí la que explica mi actual momento vital. Hemos seguido pasando páginas y ahora volvemos a los folios en blanco, los que están por escribir, dejando atrás los borrones, las retahílas de párrafos de sobra conocidos. En esta partida de cartas que baraja el destino, las que llevo en esta mano parecen muy buenas. Veremos cómo las juego.

“The best is yet to come”

Out of the tree of life, I just picked me a plum
You came along and everything started to hum
Still it’s a real good bet, the best is yet to come

The best is yet to come, and won’t that be fine
You think you’ve seen the sun, but you ain’t seen it shine

Wait till the warm-up is underway
Wait till out lips have met
Wait till you see that sunshine day
You ain’t seen nothin yet

The best is yet to come, and babe won’t it be fine
The best is yet to come, come the day that your mine

Come the day that your mine
I’m gonna teach you to fly
We’ve only tasted the wine
We’re gonna drain that cup dry

Wait till your charms are right, for the arms to surround
You think you’ve flown before, but you ain’t left the ground

Wait till you’re locked in my embrace
Wait till I hold you near
Wait till you see that sunshine place
There ain’t nothin’ like it here

The best is yet to come, and babe won’t it be fine
The best is yet to come, come the day that your mine

(Coleman/Leigh)

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Ravel

Para el común de los mortales, Ravel tiene nombre de físico nuclear. Para los un poco leídos, es un compositor francés autor de esa pieza tan graciosa que es el “Bolero”. Pero si se trasciende de la anécdota y se escarba en su producción musical, surge un artista inmenso, tanto en sus piezas para piano como las orquestales. Yo admito estar descubriéndolo muy poco a poco, con mucho tiento y todavía más asombro. Su discurso musical se aleja a pasos agigantados del romanticismo para introducirse en el impresionismo, en la sugerencia más que en la definición. La primera pieza que me cautivó de su producción es este primer movimiento de su “Sonatina”, un Moderé con la genial Martha Argerich al piano. En días convulsos, no conozco mejor receta para la calma.

El otro Bruce

Es complicado llamarse Bruce. Más en un mundo en el que sólo parece existir uno, embutido en una chupa vaquera, despeinado, con cara de haberse ligado a todas las chicas del bar y con la guitarra a sus espaldas. Da igual que gaste la sesentena. Será un icono inmortal el día en que sea llamado a tocar en los supuestos reinos celestiales. Por ahora, ya es una leyenda. Yo no he ido nunca a un concierto de Springsteen. Y fíjese que creo que es uno de los músicos, en el concepto más global del término, que mejor ha sabido dignificar el rock, mi antigua casa. Ya sabe, señora, que me mudé hace algún tiempo a este loft inmenso que es la partitura clásica. Tengo menos visitas desde entonces, pero al menos la soledad es mucho más reconfortante. El mal menor, ya sabe.

Otro Bruce era el tal Banner, el que se cabreaba y se pintaba de verde cosa mala. Yo he conocido hace poco a otro, casualmente tan americano como los dos mencionados. Recientemente ha anunciado su retirada de los escenarios, pero dejando tras de sí una estela lírica de enorme valor. A él le debemos el primer “Otello” rossiniano cantado como se debe, la recuperación de títulos del primer belcanto que hacía décadas (por no decir siglos) dormían en un cajón, y su contribución a recuperar el estilo del canto italiano más puro y original del primer tercio del siglo XIX. Fueron la segunda generación de cantantes americanos que se enmarcaron dentro de la “Rossini renaissance” de los años ochenta que iniciaron intérpretes como Rockwell Blake, Samuel Ramey o Marilyn Horne.

Bruce Ford tiene un timbre no especialmente hermoso, aunque sin llegar a la fealdad de Blake. Sin embargo, sabe sacar de él sonidos hermosos, adornarlo con medias voces, colocar un agudo eficaz y firme, e incluso jugar con sus matices de desgaste para imprimirle un acento dramático a más de un aria. Compañero y amigo de Gregory Kunde, no gozó de la belleza de la voz de éste pero sí tuvo una mayor extensión en su registro vocal, con un centro y un grave algo más asentados. Ambos compartieron buena parte del repertorio rossiniano serio y bufo, en el que brillaron como nadie durante la ausencia de cantantes solventes en la vieja Europa.

Su mejor papel, a juicio de este humilde aficionado, es el majestuoso Carlo di Borgogna en la homónima y desconocida ópera de Pacini, con su escena “Del leone di Borgogna”, que lamentablemente no he podido encontrar en Youtube. Sí he hallado esta hermosa “Languir per una bella”, la cavatina de Lindoro de “L’Italiana in Algeri”, el joven esclavo que suspira por su amada Isabella. Da una perfecta muestra del talento de Ford, un cantante escasamente mediático pero imprescindible para entender muchos títulos perdidos de Donizetti, Pacini, Rossini o Meyerbeer. Un derroche de belcanto de esos que te alegran el día.

Regalo

Señora, voy a presentarle a un viejo amigo. Nos conocimos cuando ni él ni yo cobrábamos por lo que hacíamos. El ya era más que una joven promesa de piano, yo ni siquiera era periodista (aunque hoy sólo puedo presumir de ser licenciado, si acaso fuera eso motivo de orgullo). Muchos años más tarde, él ya goza de talla internacional como uno de los mejores pianistas españoles. Un servidor, pues ya ve usté a las cosas que se dedica, bastante lejos del relumbrón. Y es agradable que, a pesar de la fama, de las buenas críticas, del aplauso del público, Javier Perianes siga siendo un tío sencillo, humilde, que se entusiasma hablando de música.

Anoche nos regaló en Pontevedra una de esas noches hermosas, con sabor a Falla, Chopin y Debussy. Precisamente, su interpretación me ha reconciliado temporalmente con el autor francés, cuyos preludios profundamente melancólicos minan mi moral y la arrojan a los brazos de la depresión. Incomprensible que apenas estuviese cubierto un tercio del aforo del auditorio. Este es el estado de la cultura en este país. Es siempre un placer disfrutar del arte de Perianes, del trance musical en que entra con su piano y que además le vale para recuperar los ánimos tras los lances que a veces nos plantea la vida. ¡Y qué diablos, que nunca es fácil juntar a dos de Huelva en Galicia!