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Soluciones

Hoy me disfracé de arqueólogo y rebusqué en el archivo de este blog. De vez en cuando lo hago, para reconfortarme pensando que hubo un pasado mejor, pero que también llegó a ser mucho más doloroso. Siete años y medio de historias dan para muchas reflexiones, señora. Albergo una duda respecto a todo en esta vida. Dado que creo que nuestro futuro, nuestro día a día no está escrito, tengo la convicción de que podemos lograr todo aquello que nos propongamos. Es decir, que existen hojas de ruta para que, saliendo de nuestra casa, podamos llegar a ser presidente de la comunidad de vecinos o tuitero de éxito. O consigas salvar una relación.

Esas hojas de ruta son las que poseen los inexistentes guardianes de nuestro destino. Son como los libros de soluciones de los juegos de ordenador. Te dirían a dónde ir, qué hacer y qué decir, en qué momento realizar tal acción o cómo reaccionar a tal otra. De alguna manera, sería traicionar al libre albedrío por el que nos regimos. Llegaríamos incluso a engañar con mayúsculas a quienes nos rodean, por cuanto nuestras acciones y afirmaciones no serían sinceras y espontáneas, sino fruto de la trampa.

Por eso, me quedo con una reflexión mía que hice hace más de cinco años en este mismo blog: “La palabra es el poder máximo, y cuando no conseguimos nuestro objetivo es que no hemos empleado las adecuadas”. Porque en el fondo, la mayoría de nuestras victorias y nuestras derrotas siempre dependen de nosotros mismos. Apúnteselo, señora.

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Del año que termina…

…me quedan un puñado de imágenes en sepia, fruto del pasado que ya representan en mi vida. Como tal lo recordaré, como una etapa de toma de decisiones, de cambios sutiles y radicales, de puntos y aparte. Apenas hay un elemento de continuidad en este 2011, que es mi deliciosa adicción al humo y a la ópera, que como ya sabe usté, señora, se remonta incluso al 2010, por lo que tampoco son cuestiones novedosas. Atrás dejaré este año un piso, un trabajo y, por encima de todo, una profesión. Lo primero puede parecer superficial, pero cuando todo mi paso por Santiago había transcurrido hasta entonces dentro de las mismas cuatro paredes, hay muchos recuerdos que se amontonan.

Me quedo con el giro vital en los dos últimos aspectos. Cambio de oficina y de responsabilidades, como ya sabe. Y ello, implícitamente, tiene aparejado una sustancial variación en la forma que se tenga de entender el periodismo. Ha sido un salto con red, confieso, pero no por ello menos osado. Echo la vista atrás y contemplo ocho años de más alegrías que sinsabores. Muchas más. Y de mejores compañeros, aunque incluso en eso haya alguna excepción. Todo esto es ya agua pasada, tanto como los viajes a Milan, Robledillo, Bilbao, Oviedo, Londres, Sevilla, Madrid, Turín, Barcelona o Valencia durante 2011. Son postales propias que duermen gustosas en la caja de seguridad de mi memoria.

Por delante, el nuevo año, la vida a todo color, en pantalla de 70” y con sonido envolvente. Pero eso, señora, es otro post.

Aires nuevos

Vamos a cambiar playa por montaña, señora. Que a pesar de que tomar el sol es altamente saludable, creo que viene bien renovar el decorado. Tanto pescado y tanta ensaladita ya cansa. El médico me receta chuletón y una fuente de patatas como para una boda. Yo se lo agradezco. Al final, es un mero troque de puertos, el pesquero por el de montaña, así que no se preocupe, porque seguiré por aquí. Y qué bien me lo pasé pescando, añado.

Negro, negro, negro

Hay días así, que exceden la condición de tonto para pasar al ámbito más oscuro. Son esos donde las cosas que pueden ir mal van directamente a peor, sin opción ninguna a enmienda o siquiera remiendo. Y que además ejercen como dedo ejecutor que pone en marcha el castillo de piezas de dominó, con consecuencias obligadas. Al menos teníamos prevista una vía de escape por si las moscas. La trampilla debajo de la alfombra que construimos hace unas semanas va a permitirnos salir con entereza de esta situación. No voy a ser más explícito, señora, porque hasta que las cosas no se cierran las carga el demonio, y acaban truncándose. Pero llegan cambios en mi vida, no deseados (como todos, debo decir). Y es ahora cuando me siento más solo que nunca, a pesar de no albergar duda alguna sobre mis sentimientos. Paradojas del destino.

Lo único claro es que las cosas nunca suceden como uno quiere. Ni siquiera la mitad de bien. Y me resisto a resignarme a que sea así. Yo quiero mis besos, y voy a pelearlos. He dicho.