compostela

Días de dolor

Son días duros en Compostela.

Una tragedia sin precedentes en mitad de una semana de fiestas, que ha quedado vacía de todo sentido. Nadie se atreve a sonreir. Se entiende como una ofensa a esas familias que esperan todavía a identificar a sus muertos para poder llorarlos. Nadie se atreve a celebrar. No hay motivos sino es para honrar a quienes subieron a un tren que iba a Ferrol pero cuya estación final ha sido la eternidad, si acaso existe tal cosa.

Desde luego, hemos avanzado en la gestión de las crisis. Primero fue la unidad ciudadana, demostrando que todavía somos humanos, que empatizamos con nuestros semejantes, que sentimos su dolor. En segundo lugar, ha venido la unidad política. Por una vez, nuestros representantes han estado en su sitio, midiendo al milímetro los protagonismos excesivos.

Otra cosa es la unidad del periodismo. Una vez más, gruesas dosis de cainismo, de ajustes de cuentas, de reproches, de lecciones, de baboseo entre compadres, de “qué bien hablo de mis amigos y qué mal de mis enemigos”, de juicios sumarios, de ataques a medios que publican según qué fotos y no críticas a quienes las han hecho… Esto demuestra que los periodistas estamos todavía muy por detrás de la sociedad a la que, presuntamente, servimos.

He tenido el infortunio de estar en primera línea de la tragedia, viendo de cerca todo lo que ocurría. No piense que lo impactante son las imágenes de un tren retorcido y calcinado rodeado de cadáveres tapados por mantas. Eso ya aparece en las películas. Lo más duro es la angustia de esas personas que esperan, esperan y esperan una noticia, buena o mala, acerca de su ser querido, que agotan cualquier esperanza por vana que sea, incluso cuando los clavos ardiendo comienzan a escasear. Ese vivir en un vilo, esa desazón, esa incertidumbre rodeada de dolor, es contagiosa. Y te impregna el alma como si también fueses tú quien ha perdido a alguien.

Descansen en paz.

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Retorno al pedal

Entiéndaseme en el sentido menos metafórico: hablo de bicicletas, no de borracheras.

El odio visceral hacia las dos ruedas parece que remite. Ayer conseguí finalizar la media hora larga de bicicleta sin desfallecimientos, sin deseos de tirarla por el barranco más próximo, convencido de que día a día podré aguantar cinco minutillos más y pesar quince gramos menos. Es curioso cómo funciona nuestra cabeza. El asombroso poder de la sugestión, del autoengaño, del convencimiento a uno mismo para afrontar las tareas más hercúleas imaginables. Hace dos días, subir la empinada cuesta de mi casa era como el Tourmalet, una cosa para ver por televisión y pare usté de contar. Hoy, es el reto más inminente: llegar hasta arriba sin que la lengua asome por falta de fuerzas.

Tan es así que ayer liquidé la necesidad de azúcares con sólo una coca-cola. Esto marcha, señora. Pero verá cómo empieza a llover y se me jode el espíritu deportivo.

Cronología de un fracaso

Esto merece ser contado de manera detallada. Resulta altamente clarificador de los procesos mentales que rigen la conducta del Quillo. Todo transcurre en el día de ayer:

17.30: La compra de la bicicleta no puede demorarse más. La talla XL es un exceso intolerable. Hay que recomponer la figura como sea, porque la alternativa es acabar siendo pasto como una caravana de esas de viejos desesperados que no buscan una mujer, sino una asistenta que los cuide en sus últimos días.

17.45: Además, no hace tanto que no monto en bicicleta. En mis años buenos yo pedaleaba abundantemente. ¿Cuándo? Bah, no sé, hará unos… ¿12 años? Eso no es nada. Que haya engordado 15 kilos (qué generoso soy) en ese tiempo sólo es una muestra del desarrollo de mi personalidad. Yo no estoy gordo, estoy redimensionado.

18.00: La bici nunca tuvo secretos para mí. Bueno, cierto es que no me aficioné nunca demasiado porque aquella que tenía, una de montaña de color verde oscuro, pesaba un quintal. Mi padre consideró que cualquiera que fuera barata (y por tanto, portuguesa) debía ser una buena bicicleta. Eso condicionó mi empatía con las dos ruedas. Pero en mis años mozos me subía unas cuestas de aúpa. Tampoco tenía más remedio: vivía en el barrio alto de mi pueblo.

18.30: ¡Qué caras estan las puñeteras bicicletas en el Decathlon! ¡Así no hay quien haga deporte! Si al menos mi sofá fuera más cómodo…

18.32: No, hay que mantener la firmeza. Es importante hacer deporte. Siquiera algo de deporte. El dinero no es TAN importante. ¡Estamos invirtiendo en salud!

18.35: Hay que complementar la bicicleta. Pongámosle un bidón de agua. No se puede practicar ejercicio sin estar convenientemente hidratado. ¿Y las llaves dónde las dejo? Esta coqueta bolsita en la trasera del sillín me valdrá perfectamente. Ah, y esa funda para el iPhone creo que me dará apaño para poder escuchar música mientras remodelo mi figura hacia los estándares atléticos convencionales. Un mojón pa Beckham a mi lado.

18.45: Vaya, hay problemas con la financiación. Da igual. Si hace falta, se paga a tocateja. Es una cuestión de prioridades. Salud frente a pobreza. ¡De qué me sirve el dinero si estoy convertido en la mascota de Michelín?

19.00: Ya tenemos bicicleta. Desde luego, pesa mucho menos que aquella portuguesa. Esto es un síntoma, es un mensaje del destino. Estoy llamado a recuperar mi tono físico, a rejuvenecer a cada pedalada que dé por el parque de al lado de mi casa. Es un hecho. ¡Un nuevo Quillo despierta!

19.40: ¿Cómo era esto de la bicicleta?

19.42: Ahora, ya, sin problema. Era una cuestión técnica puntual de aclimatación. Montar en bicicleta nunca se olvida. Hoy es el Día 1 de una nueva era de salud y ejercicio.

20.00: Puta bici.

20.10: Reputa bici.

20.25: Quién coño me mandaría a mí comprarme una bici. No siento las puñeteras piernas, la cuesta de subida a mi casa la carga el diablo, este sillín me tiene destrozado el culo, el cambio de los piñones hace un ruído raro… ¿No querrá algún amigo mío una bicicleta?

20.35: Primera Coca Cola.

20.37: Segunda Coca Cola.

20.39: Botella de agua de 1,5 litros.

21.50: La bicicleta es un instrumento de tortura. Seguro que fue un invento árabe. O chino. No vuelvo nunca a cogerla. Así me haya costado medio riñón.

22.30: Por otra parte, yo creo que estoy “algo” más delgado. Hmmm… Habrá que hacer un estudio de coste/oportunidad antes de desechar la bicicleta así como así. Pero el culo me sigue doliendo. Tengo una agujeta de nalga a nalga.

08.30: Volveré a la bicicleta. Seguramente no hoy, porque el culo no me lo permite. Pero nadie quita que no me eche al parque a correr un rato. ¡Ja, que tiemble Usain Bolt!

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Martes, 11 de junio. 08.45 de la mañana. Santiago de Compostela.

Baños

Desde hace varios meses, cada vez que entro en los servicios de un pub de Santiago me viene a la cabeza una reflexión recurrente para escribir un post. Siempre la misma. También es cierto que lo que veo como inspiración es siempre lo mismo. Por esa regla de tres, nuestro cerebro no es sino una calculadora, en la que si anotamos unos números sale siempre un resultado idéntico. Causas y efectos mecánicos. Me preocupa porque alguien imaginativo sería capaz de extraer diferentes lecturas de un mismo elemento. Creatividad, se llama. Por otro lado, me consuela pensar que con seis copas encima ya es un éxito buscar el punto de apoyo para que la palanca de nuestra cabeza mueva el mundo. Son talentos incomprendidos y nada valorados por la sociedad en que vivimos. Y mucho menos por el sector femenino de la población.

La imagen en cuestión que enciende mi bombilla es la contemplación del w.c., un claro ejemplo del desprecio por el trabajo ajeno. Es automático. Llego, y mientras procedo a cambiarle el agua a las aceitunas, me preguntó qué pensará la persona que a la mañana siguiente deba intentar devolver el marmol y su contorno a un estado higiénicamente aceptable. Piense qué grado de repulsión debe sentir ese ser humano ante el género masculino cuando pase la bayeta por salpicaduras de todo tipo, en un suelo pegajoso, donde hasta una cucaracha sentiría asco. ¿Qué grado de necesidad hay que tener para aceptar tal bajada a los infiernos del mercado laboral? Esto debe estar en lo más alto del ranking de los trabajos deleznables. Hay algo peor. Y es que si quedara vacante, el dueño del pub debería llamar a una empresa de RR.HH. para gestionar el aluvión de candidatos que habría. No sé si me dan más asco esos baños o el mundo que nos está tocando vivir.

Oca

La vida es como el Juego de la Oca. Por muy cerca que estés de la meta, por muy confiado que te sientas con la dirección adoptada, siempre puedes caer en la casilla equivocada y volver al principio, al punto de partida, al kilómetro cero. Piénselo crudamente, señora. Todos los esfuerzos, todas las tiradas de dados, todo el tiempo consumido para alcanzar la puñetera oca final, para nada. Peor era cuando estabas a una o dos casillas de ganar, y cuando el dado se pasaba de la raya, contabas primero hacia adelante, pero después hacia atrás. Era un tiempo de espera, de incertidumbre. Y siempre bajo la sonriente amenaza de la muerte, del negro que te chafaba los planes y te mandaba al principio.

La vida es como el Juego de la Oca. Ni más ni menos. Un servidor estaba así, tonteando con ganar la mano, para adelante y para atrás, cuando llegó la caída en el agujero. Y ha vuelto a la salida. La metáfora me viene muy bien hilada, porque he vuelto a salir, y por delante, benditas casillas nocturnas que ir transitando, trucando el dado para que vayamos de una en una. Así funcionó la última vez, y malo será que no vuelva a dar resultado. Y la Noche estaba ahí, echándome de menos, preguntándose dónde había estado todo este tiempo, aunque ya sabía la respuesta. Fui feliz de día, pero ahora toca recuperar el biorritmo de la madrugada.

Animalitos

Más noticias. El papel está últimamente que lo tira. Dice el diario de la capital compostelana que hay una jueza ahí en Fontiñas que va a los juicios con su gato. El cronista (me resisto a llamar periodista al autor del artículo) juguetea con el nombre del minino, con las rarezas de su señoría y con su pareja, “que pulula con naturalidad por la sede judicial y a veces se hace cargo del gato, con el cual sale del edificio, llevándolo sobre el hombro”, lo que a juicio del escribiente “indica que se trata de un felino educado que no da mayores problemas de conducta”. Esto lo aderezamos con detalles de su paso por anteriores juzgados, con alguna declaración sacada de contexto, con una foto de un gato (desconozco si es el que ha desatado la polémica) y acusándola de fumadora impenitente, incluso en la sala de vistas. Porque tú podrás ser mejor o peor juez, podrás decir barbaridades públicamente y socavar tu independencia, pero lo que no te consiente el Consejo General del Poder Judicial es que fumes. Se empieza con eso y se acaba gaseando al personal en Auschwitz.

Ya sabe usté, señora, que un servidor es esclavo del humo, aunque sea de uno muy concreto y determinado que nunca podré olvidar, por lo que no soy objetivo a la hora de juzgar estas cosas. Pero me parece más peligrosa la existencia de jueces políticos a la de jueces excéntricos. El problema es que ya estamos acostumbrados a los primeros, y como hay que rellenar páginas de papel aunque sea con tonterías, al ciudadano siempre le gusta conocer chascarrillos de los segundos por si alguna vez debe justificar que sea condenado. Tampoco le oculto que poco más se puede esperar del medio en cuestión, donde las líneas rojas de la vergüenza ajena se cruzan con demasiada frecuencia.

Retrasos

Teníamos una cita hace cosa de 17 días, y no se ha presentado. Me fastidia la impuntualidad. Suelo conceder esos minutillos de rigor, ese descuento amable que hace que no me cambie el rictus. Pero si quedo con alguien a en punto y llega pasadas las y media, la sonrisa que le muestro no es sincera. Es más, necesitaré de un ligero intervalo para someter el arranque de cabreo que me sobreviene en estos casos. Comprenderán por tanto mi indignación ante la tardanza que comentaba al comienzo. No me parece de recibo. Cuando se fija una fecha y un sitio, es para cumplirlo. Pero aquí seguimos, en Compostela, en el mes de julio, y a 20º. Ni rastro del verano. No se ha presentado.

Luego uno pondera y el cabreo viene a menos. Porque recuerda esas salidas a Italia en plena canícula, las dos y tres duchas diarias para sacudirse el sudor y los 38º, la constante sensación de deshidratación, y la cosa cambia. Me gustaría decir que este antiverano es generalizado en Galicia, pero no me atrevo. Sospecho que esta borrasca tiene algo de carácter local, y que mi amigo Tallón se estará forrando en su negocio de cantimploras para ranas allá en Ourense. O que allá por las latitudes coruñesas y viguesas, donde asoma la playa, el sol se deja ver. Tampoco. Esto debe ser el cambio climático. Y la culpa es de Aznar, obviamente.

Trece

Son los grados que puede caer el termómetro en esta bendita piedra compostelana en apenas 24 horas. Así, de golpe, sin avisar. Tiene Santiago cierto regusto a poema sinfónico. Casi como si fuera la “Vida de Héroe” de Strauss que estoy escuchando ahora. Hay un arranque cargado de optimismo, cual día soleado, que muestra los contornos de la ciudad, su perfil recortado por las torres de la Catedral. Pero luego irrumpe un movimiento tormentoso, agitado, con metales y percusión imponiendo su ritmo. Es la borrasca perenne del viejo campo de estrellas. Sigue un trance adagiesco, lento, como el paseo que exigen sus pétreas calles y rincones, en el que incluso entre la calma se cuelan arranques violentos como esa lluvia que no remite nunca y siempre está dispuesta a hacer brillar su viejo casco. Compostela es una obra de conjunto, donde tanto importa lo que se ve como lo que se siente, lo que se observa como la luz que permite hacerlo. Compostela es su piedra y su lluvia, su sol y su gente.

¿Dije trece? No, son nueve. Nueve, los años que llevo ya aquí. Y todavía tengo cosas pendientes por hacer. Quedan muchas hogueras de San Juan por saltar. Es por el humo, ¿sabe?

Invivible

El ser humano tiende a la comodidad. Es una ascendente genética contra la que no podemos luchar. Entre un sofá en el que te clavas una barra de hierro y un cheslón en el que te puedes espatarrar de la forma más grosera posible, siempre resultará ganadora la segunda opción. Todo esto se deriva de un hecho que me ha venido a la cabeza por alguna extraña razón: vivir en una ciudad que sea pasto de los turistas. Como definición general, el turista es un especimen codiciado por la hostelería local, pero repudiado por los vecinos. Dejará mucho dinero, pero altera nuestra existencia cotidiana: nos quita las plazas de aparcamiento gratuito, colapsa las calles porque no sabe dónde va y se para cada diez metros pa consultar el mapa, nos deja sin mesas libres en nuestros restaurantes de cabecera, y así hasta donde queramos seguir estirando el chicle. Es una postura eminentemente egoísta. Aquí en Santiago se es razonablemente tolerante con el visitante, principalmente con el español, porque de que le guste la ciudad y que quiera repetir en el futuro depende el pan de muchas familias. Al extranjero se le exprime más: viene con más pasta y se le puede cobrar más caro el marisco. Somos así, señora, no lo podemos negar.

Compostela todavía se mantiene dentro de unos límites de visitantes tolerables. Apenas se cruza el umbral de lo invivible en los años santos, principalmente en verano. El resto del tiempo, capeamos la invasión, salvo que se anuncie visita papal, ya que en ese caso la espantada de los oriundos está garantizada. Pero ahora me vienen a la cabeza casos como el de Roma, Venecia, Florencia, París, etc. La capital italiana o la ciudad de los canales son el vivo ejemplo de una ciudad cuya economía se vertebra casi exclusivamente del dinero que generan los viajeros. Hoteles malos y caros, buenos y baratos, campings y demás alojamientos declinables comen de aquí. Pero el romano de a pie tiene que soportar el hecho de estar desposeído de su ciudad. Más duro es todavía el caso veneciano. Es una ciudad con miles de visitantes diarios, que casi quintuplican a los habitantes de la isla. Llega el punto del rechazo, de la desafección del ciudadano con el turista que hace fotos no por el valor real de un edificio o un paisaje, sino porque así lo indica el guía de turno y debe justificar que estuvo ahí cuando meses más tarde presuma con los amigos.

Por eso todavía vivimos aquí en Compostela. Bueno, por eso y porque no tengo trabajo en otro sitio. Pero esta ciudad se deja querer, aunque uno nunca la sienta como suya. Quizás porque falta el Guadiana, porque falta la luz con la que dimos nuestros primeros pasos, porque falta nuestra alegría, porque uno no se siente en casa aunque lo traten como a alguien de la familia. Casa no hay más que una, por miles de kilómetros que nos separen de ella.