cansancio

Agosto

Las fuerzas flaquean. Las vacaciones que no fueron impidieron recuperar las energías, y estamos llegando a un punto en que no hay luz para encender la bombilla. Y ésta parpadea con una preocupante intermitencia, No ayuda tampoco una inesperada visita con una maleta cargada de recuerdos de los tiempos madrileños, que nos devuelve al ayer más remoto pero con el lastre de todos los años pasados desde entonces. Siempre es agradable revivir una época en la que la única preocupación era estudiar. Sonreíamos más, señora.

Y no veo el final del túnel. Por delante, injustificables esperas hasta que llegue el verdadero momento de las vacaciones, ese que me deja en mi sofá, con un libro en la mano y mecido por los cuartetos de Brahms. Sin madrugones, sin falta de sueño, sin obligaciones. Lamentablemente, sin humo. Ni siquiera tímidas volutas. Y temiendo que llegará septiembre y el agotamiento me secuestrará, sin rescate ni condiciones.

Mientras tanto, funciono a medio gas, como las plantas eléctricas tras una tormenta. Todo va más lento: pensamientos, las teclas del ordenador, el habla… La dueña de mis desvelos mide 1,50 de ancho, que me promete un bendito descanso, placer irrenunciable en este mismo instante.

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Cansancio

Estoy agotado. Jornadas maratonianas de trabajo me quitan el aliento. Ayer, por primera vez en meses, no tenía fuerzas ni de leer unas líneas de la novela de Fred Vargas que me traigo ahora entre manos, que por otra parte tampoco me está seduciendo gran cosa. Por no tener, no tengo ni tiempo de escuchar ese poquito de ópera nocturna que me reconcilia con las artes en un mundo grotesco y vulgar. Y ahí tengo la caja de Martha Argerich sin catar. Apuro las horas para un fin de semana de poco descanso, con un pie en Barcelona y otro en Bilbao para rebozarme en Donizetti y Verdi. Nuevos aires, y la alegría por zanjar mi deuda pendiente con el Gran Teatre del Liceu, uno de los escenarios más importantes de la lírica de Europa, y a día de hoy, la referencia en España ante la orfandad de dirección artística seria que padece el Teatro Real de Madrid. No, señora, no soporto a Gerard Mortier ni lo que propone musicalmente hablando.

Pero miro más allá del fin de semana y atisbo nuevas maratonianas jornadas picando piedra. Supongo que me va en el sueldo. Debe ser.