puccini

Una de vaqueros

Andaba anoche dándole vueltas a la función que más me ha entusiasmado de los últimos tiempos, quizás por las nulas expectativas con las que acudía al teatro y la felicidad plena con que salí del mismo, tres horas y media más tarde. Me refiero a “La Fanciulla del West” que presencié el sábado en La Coruña, con la OSG y su coro, y un equipo de solistas americanos (casi al 100%) encabezados por esa leyenda viva que es Lorin Maazel. Una completa lección de dirección operística, acentuada por la versión en concierto, que te permite zambullirte en el sonido de la orquesta y degustarlo, como quien hace una cata de manjares exquisitos. Esta noche, el caviar fue la partitura de Puccini, que consiguió en esta “Fanciulla” una de sus mejores óperas, y sin embargo, una de las más olvidadas junto a los títulos de sus comienzos.

Porque esta “chica del oeste” no es sino un western en estado puro, una película de vaqueros con presentación, nudo y desenlace. No se diferencia de una cinta clásica del género, de esas de la década de los 50 o 60, con la firma de alguno de los grandes directores del Hollywood de los estudios. Tiene su preludio orquestal, para que se sucedan los créditos, hay un saloon lleno de mineros, una dueña tan dura o más que la Vienna de “Johnny Guitar”, un despiadado sheriff con oscuro pasado, y un bandido que se redime por amor. Hay una confrontación alrededor de una mesa de póker con un ritmo brutal y una tensión dramática que se corta con un cuchillo, y un final feliz, como mandaban los cánones. Hay una diferencia, claro. Y es que Puccini compuso su “Fanciulla” en 1910, en plena época del cine mudo y treinta años antes de que el western entrara en su apogeo. Incluso para esto, la ópera fue pionera.

La razón de mi entusiasmo radica, fundamentalmente, en el trabajo orquestal. Puccini era un enorme orquestador, un maestro del color, que hacía que las partituras no fuesen meros acompañamientos, sino que adquiriesen un protagonismo tan importante como la parte vocal. Es una de las influencias claras de Wagner en la ópera italiana. Hay en “La Fanciulla del West” claras referencias a Strauss, otro autor muy importante para Puccini en sus últimos años. Y gracias a la dirección lenta de Maazel, todos esos detalles, todas esas capas de sonido, todo el trabajo de las diferentes secciones de la OSG, se pudieron paladear. Dirigir lento no significa llevar la orquesta caída. Porque Maazel supo gustarse en el primer acto, con un pulso calmado y sereno, para acelerar el ritmo en el segundo acto. Muy meritoria la Minnie de la joven (y desconocida) Ekaterina Metlova, soprano que dará que hablar en un futuro.

Porque hay que ser muy valiente y tener los papeles en regla para afrontar el Laggiù nel Soledad y salir no solo indemne, sino triunfante. Aquí, una grabación mítica de Eleanor Steber, en la no menos histórica función del Maggio Musicale, con Mario del Monaco y Dimitri Mitropoulos en el foso, en 1954.

Cantando

Soñar no siempre es un suplicio. En contadas ocasiones, el maldito subconsciente se apiada de nuestros fantasmas y se refugia en nuestros pequeños placeres cotidianos. Y hasta es condescendiente con uno. El recuerdo de mi sueño de esta noche es dulce, pero con truco. Por alguna razón, yo estaba en el escenario de un teatro, en mitad de una representación de “La Boheme”. Aunque es curioso, porque los decorados eran más propios de “La fanciulla del west”. Y de buenas a primeras, se me da la oportunidad de cantar el rol de Rodolfo, una de esas joyas puccinianas con las que alcanzar la gloria operística. Y mi problema no era la voz, ¡sino que no me sabía la letra! La complicidad de Mimí me permitía capear la situación unos segundos hasta que de debajo de un mostrador surgía el libreto, y pude entonar la “gelida manina”, con un timbre no realmente bello, pero cómodo en el agudo, sobre todo en las grandes frases expansivas como ese “Talor del mio forziere” con el que Pavarotti llenaba los teatros. Debe ser hermoso cantar páginas del repertorio como esas, notar que la voz fluye, que te mueves con comodidad por la partitura, arriba y abajo, que dominas el legato, y sentir que la emoción se va apoderando de ti conforme te declaras a la costurera de las manos frías.

Debe ser la leche cantar tal que así.

Tosca, mi fai dimenticare Iddio!

 

El cruel barón Vitelio Scarpia, indiferente ante la iglesia en que se encuentra, maquina entre murmullos cómo pretende arrancarle a Tosca sus favores mientras da caza a su amante, el pintor Mario Cavaradossi. En sus palabras hay puro odio al fugado, lujurioso ansia y ferviente deseo por su querida, las más bajas pasiones. Entremezclado con su fabulación, un creciente Te Deum que entona el coro de Sant’Andrea della Valle, y que acabará por romper en una explosión de música y canto para bajar el telón del primer acto. Ahí, el aparentemente religioso Scarpia grita su confesión: “Tosca, haces que me olvide de Dios”. Sin duda, uno de los momentos más inigualables que regala la ópera, salido de las partituras de Giacomo Puccini. Y hoy, nadie lo canta como el galés Bryn Terfel, que maneja con increible soltura la teatralidad del personaje, la maldad que rezuma en gesto y palabra, la intencionalidad de cada frase, de cada acento. Emociónese, señora, que no es malo.

Tosca

Tosca es la historia de una celosa cantante, beata y, sobre todo, temperamental y exuberante. Se enamora del pintor Mario Cavaradossi, encargado de los frescos de la iglesia de Sant’Andrea della Valle, quien además esconde en su casa a un refugiado político, Angelotti, que acaba de huir de una cárcel donde lo tenía preso el cruel Barón Scarpia. Tosca recela de las evasivas de su amado, que quiere salvar a su amigo, y cree que le engaña con otra, algo que se alimenta con las insinuaciones de Scarpia. Los celos la llevan a desvelar un escondite oculto de Cavaradossi en su villa donde se ocultaba el prófugo, y cuando Scarpia cambia su libertad por sus servicios, ésta lo mata. En el último acto, el desenlace fatal es el esperado.

Tosca es, a mi juicio, uno de los papeles señeros de Maria Callas. Tiene su pasión, su desbocada intensidad, su dulzura medida. No se entendería este rol sin la cantante griega. La soprano tiene dos bellísimos dúos con el tenor, pero la pieza más conocida es este “Vissi d’arte” que entona antes de supuestamente ceder al chantaje de Scarpia. Un lamento a su Dios, al que pregunta qué hizo mal en una vida dedicada al arte para ahora tener que rendirse a las intenciones de tan malvado personaje. Esto, y el “Te Deum” con el que finaliza el primer acto, pueden arrancar lágrimas de emoción. Es Puccini.

Valencia

Escapar, como si se huyera de algo. O de alguien. O de ambas cosas. También podríamos llamarlo viaje. Pero cuando se puso de moda el término “escapada” creo que se hizo para poder darle una segunda acepción, un golpe de retranca propia de esta tierra de hórreos y neblinas (incluso en junio). Hemos estado un par de días por Valencia, al calor del sol mediterráneo que ajusticiaba lo suyo, y visitando una gran ciudad. Lo es, por saber mantener su pasado y apostar por su futuro, que sin duda debe andar bajo las acristaladas fachadas de la impresionante Ciudad de las Artes y las Ciencias. En el Palau, disfrutamos de una inolvidable “Tosca”, de la mano de ese tenor que ya no es promesa sino realidad y que responde al nombre de Jorge de León. Y de esa no menos espectacular orquesta, que de la mano de Zubin Mehta diseccionó la partitura de Puccini con maestría. Por un momento, la escapada cayó en saco roto. ¿Para qué vuelo mil kilómetros si voy a acabar en las mismas redes musicales que me llevaron a mi dulce condena entre volutas de humo? Quizás para convencerme de que el humo igual que viene, se va.

O vuelve a venir.

¿Hacia dónde?

Las preguntas, casi siempre las mismas preguntas. Por qué tal cosa, por qué no tal otra, quizás esa persona, alguna vez aquella otra, cómo ocurrió, cuándo dejó de ocurrir… Pero la que más me inquieta de todas es el hacia dónde. En la vida creo en que hay que ir cubriendo etapas. ¿Pero cómo sabes cuando completas una y debes saltar a la siguiente? Veo amigos míos que cierran una fase y dan pasos hacia otra en pareja, asentándose y poniendo una dirección muy clara, que les conduce a una familia, a unos hijos, a una estabilidad. Yo no me veo. Nunca me he visto. Y no sé si me llegaré a ver en algún momento. Hacia dónde. Quizás me atormenta de alguna manera la impaciencia por no poder extender la mano y agarrarme al asidero en el que tengo depositadas las esperanzas. Quizás es sólo un mal día. A veces también cansa confiar siempre en el poder curativo del sueño y el descanso. Casi tanto como que esa cama esté siempre vacía por incomparecencia sobrevenida. Me anestesio con arias, limpio la herida con viajes, la coso por las noches. Y se vuelve a abrir a la mañana siguiente. Cada escena, cada imagen, cada charla resquebraja el hieratismo vital que me sirve de decorado mientras espero algún tipo de revelación, de convicción caída del cielo que abra los mares de las dudas y, como Moisés, me enseñe el camino.

Pero por otra parte, ¿acaso la vida es una visita guiada por lugares comunes? Necesito a Puccini más que de costumbre. Le espero en Sevilla. Quizás su música me indique por dónde no debo caminar. Y el resto, será cosa mía.

Mayo

Casi no sé por donde empezar. Está siendo un mayo intenso, de contrastes, reencuentros, risas, nocturnidad, alevosía, copas, apuestas, mensajes, quemaduras, viajes, óperas, cenas, caricias, bodas, aeropuertos, derroches, guiños, palabras, miradas, sueños, maratones, conciertos, tertulias, churrascadas y no sé cuántas cosas más, sobre todo cuando quedan por vivir casi diez días más. Está siendo un mes de mayo de acelerón y frenazo, de excesos y defectos, de sorpresas inesperadas. Hagamos un ejercicio de concisión sumaria para comentar un par de cosas.Hubo una boda. Se nos casó un buen tipo al que fuimos a ver a pesar de una nube volcánica caprichosa. Y allí nos reencontramos tres amigos ocho años después, recordando tiempos pasados, que no sé si fueron mejores, pero desde luego merecieron la pena vivirlos al lado de Toni y Antonio. Queda pendiente visita a Zaragoza, una ciudad a la que le debo buenos momentos, y ella me debe recuerdos. Me los roba de noche.

Hubo una final de Copa. Y una celebración. Y una quemadura. Y Puccini de madrugada. Y un delicioso desvelo con prórroga obligada en forma de curso formativo bastante aburrido. Y la música de Puccini me gusta más ahora, si cabe. Me queda la sensación de que sus óperas son algo cortas. Tendré que reescucharlas más a menudo.

Hubo una churrascada. Nada fuera de lo habitual en un día libre, acompañado de buenas gentes que elevan a la enésima potencia el concepto de hospitalidad. Pero lo importante fue el regreso a un lugar de autos, esquivado durante años, y que ha dejado de ser escena de crimen para convertirse en decorado paradisíaco (y dionisíaco, añadiría). Hay más. Una senda abandonada y poseída por la maleza vuelve a ser transitable. Es una de las alegrías de este 2010.

Hubo un puente y nos fuimos a Madrid. La fraternidad no es una cuestión de consanguineidad, sino de carácter. Y hay un puñado de personas en esa ciudad que te acogen casi como si fueses de su familia. Son amigos, pero prestados por otro individuo único en esta existencia de quien escribe. Regresamos al Teatro Real, disfrutamos de Bellini, Juan Diego Florez y una cena al aire libre deliciosa. Probamos la comida nórdica y los cócteles malasañeros. Recordamos, en fin, porque cuatro años fueron pocos bajo el cielo gris de la capital.

Y habrá, porque el mes no ha acabado, la enésima cita en mi ciudad particular. Puede que después tenga otros muchos más “hubo” para un post.