alfredo kraus

Povero Ernesto!

“Don Pasquale” fue la última comedia que escribió el genial Donizetti. Sea quizás su título más redondo dentro del género, sin el matiz bufo que puede encontrarse en “L’elisir” o la pequeñita “Fille”. Mi escena favorita de toda la ópera es la que abre el segundo acto, escrita para el tenor protagonista, toda ella impregnada de un aura melancólica. En ella, Ernesto abandona la casa de su tío Don Pasquale, después de que éste haya anunciado su matrimonio con la que hasta entonces era su amada, Norina. Sin hogar, sin prometida, sin un duro. Y Donizetti le regala la deliciosa aria “Cercherò lontana terra”, un canto de despedida hermosísimo, que se redondea con la cabaletta “È se fia”, culminable con un exigente reb4.

El primer Ernesto del que tenemos grabación se llamaba Tito Schipa, un señor que parecía que todo lo que cantaba era fácil. Créame señora si le digo que de sencillo no tiene un pelo. Luego llegó otra leyenda llamada Alfredo Kraus, y encarnó a este torpón jovenzuelo con la dignidad y elegancia marca de la casa. Araiza o Kunde son otros cantantes que han dignificado el rol en los ochenta y noventa, a menudo en manos de falseteros de voz blancuzca e impersonal. En los últimos años, el Ernesto más notable ha podido ser Juan Diego Flórez, en su mejor encarnación fuera de su repertorio rossiniano. Aquí se la dejo. Déjese llevar.

Kraus

La genial “Lucia di Lammermoor” fue una de las escasas óperas del gran Gaetano Donizetti que sobrevivieron en el pasado siglo. El verismo sepultó a la inmensa totalidad de la producción belcantista, una marea de la que apenas se libraron un puñadito muy escaso de títulos, salvados por el empeño personal de divas y divos que encontraban en ellos instrumentos para su lucimiento. La Lucia es una de las óperas más agradecidas para las sopranos denominadas de coloratura, con una de las escenas de la locura más famosas de todo el género. En ausencia de intérpretes de verdadero talento, no se programaba. El relanzamiento mundial de esta historia que adapta una novela de Walter Scott vino de la mano de Maria Callas a comienzos de la década de los 50, y de Joan Sutherland en los 60. La soprano australiana revolucionó la escena internacional con su interpretación de 1959 en la ROH de Londres, y la consagró como una de las más grandes de todos los tiempos. La última gran Lucia de nuestros tiempos fue Mariella Devia, dueña y señora del rol en los ochenta y noventa, y que lo retiró de repertorio en 2006 en La Scala (si no me falla la memoria). Hoy tengo mis esperanzas puestas en Jessica Pratt.

Dicho todo esto de Lucia y de sus intérpretes femeninas, tiene este título una curiosidad nada menor. Es de las pocas (por no decir casi la única) composición donizettiana que cede el protagonismo del último acto al tenor. Ahí están la Bolena, el Devereux, la Lucrezia o incluso la Stuarda, donde son las grandes divas las que están a pie de escena cuando cae el telón. Curiosamente, en Lucia este honor es para el tenor, con una escena que ocupa todo el último tramo del tercer acto. Si alguien ha cantado con elegancia esta parte fue el maestro Alfredo Kraus. En el bel canto, la vulgaridad se castiga con la indiferencia y el desprecio del público. El estilo, ante todo. Me emociona de Kraus su entereza, la lección de técnica vocal que imparte a sus casi sesenta años, en un papel que muchos dejan de cantar al llegar a la cuarentena. El repertorio de medias voces, de smorzature, de agudos timbrados y sostenidos, de fraseo cuidado y pulido, me pone el pelo de punta. Este video se corresponde con unas funciones del Liceu de finales de los 80. Hay que dejarse llevar por Kraus, por la clase que destila en cada nota, por el pellizco que te da en el agudo final, por sentir a un viejito de 61 años resignarse a una muerte a manos de su enemigo y hermano de su amada simplemente por amor.

Kraus bien pudo ser un gran Werther, un jovial y chulesco Duca, un doliente Alfredo, pero a mi juicio, por encima de todo fue un Edgardo de infinita nobleza.

Una vergine

Durante algún tiempo, le di la espalda a Alfredo Kraus. Su voz me sonaba metálica, casi robótica. Pecadillos de juventud, lo admito. A través de su descomunal Duca, siguiendo por su no menos intachable Alfredo, pasando por sus históricos Werther, Edgardo, Arturo o Ernesto, fui conociendo sus creaciones, sus monumentales encarnaciones operísticas. No cabe tacha, no se entiende reproche alguno a un intérprete exquisito, con un dominio técnico apabullante, que controlaba su voz en toda su extensión, y se permitía jugar con ella siempre dentro de las reglas del buen gusto y del estilo. En todo el proceso, uno de los descubrimientos más sorprendentes fue “La Favorita” de Donizetti, un título muy español que se desarrolla entre Santiago de Compostela, Sevilla y León. La ópera, escasamente representada en nuestros días (originalmente una grand opera francesa, muy modificada para adaptarla al gusto italiano), es conocida por el “Spirto gentil”, el aria del tenor del cuarto acto, con un temible do4 sobreagudo escrito en partitura, y que enseña las costuras de quien se atreve a cantarla sin tener la voz en su sitio. Pero mi escena favorita no es esta, sino con la que se abre la función, en el que el joven Fernando (tenor) confiesa a su superior, el padre Baltasar (bajo), que está enamorado de una joven desconocida. Lamentablemente, dicha dama (Leonor, mezzo-soprano), es la amante del Rey, Alfonso XI de Castilla. Imagínense el resto. Hay muertos, claro.

Kraus paseó durante dos largas décadas su Fernando por medio mundo, convirtiéndolo en uno de sus roles de cabecera. En la función de 1971 que reproduzco en este post, grabada en Tokio, acompañan al maestro canario la mezzo Fiorenza Cossotto (una de las más grandes del siglo XX), el bajo-barítono Sesto Bruscantini, y el inclasificable Ruggiero Raimondi, teórico bajo. Quédese señora con la facilidad, con el gusto en su canto, con esa voz que parece que flota en el aire y a la que el intérprete sólo da forma.