Cuando llueve mucho

Recuerdo tiempos pasados. Estoy delante de la ventana de mi casa, en Ayamonte, viendo llover. El espectáculo es único. La luz se convierte en rehén de las nubes y desaparece hasta traer la penumbra anticipada. El gris se apodera del cielo, la humedad de la tierra, y la función que interrumpe la monotonía del sol en aquellas latitudes se muestra en su completo esplendor. Es una delicia, las gotas golpeando la ventana, las ráfagas de viento azotándolas, el Guadiana bajando oscuro y sucio para llevar al mar el agua de lluvia… Me encantaban los días tormentosos cuando era niño.

Vivo tiempos presentes. Estoy al lado de la estufa, aquí en Compostela, escuchando llover. El espectáculo es único. Corrijo, es lo único que hay en este clima. Nada queda ya del sol, que se despidió hace días de estas tierras para volver sin aviso previo en cualquier momento que se le antoje, solo para que nos acostumbremos un poco y volvamos a extrañarlo. La lluvia hecha arte en las calles de Santiago es una penitencia insufrible, porque no da tregua. Es una condena, agua a cántaros, viento inclemente y frío, mucho frío. No sé cómo baja el Tambre, ni el Umia, ni el Sar. No pienso salir de mi casa a resolver la interrogante. Me espantan los días tormentosos ahora a mis veintitantos.

Era bonito ver llover cuando rompía la rutina del monologante buen tiempo, en una suerte de oasis, de bendita ocasionalidad. No lo es padecer la borrasca perpetua. Cuando llueve mucho, acabo hasta las narices.

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