Después de la tormenta

Supongo que habrá quien piense que Santiago en particular (y Galicia en general) fueron inventadas para ser disfrutadas bajo una capota gris rezumante de lluvia. Algunos turistas son tan cursis que lo creen a pies juntillas, y gozan de los días de verdadero mal tiempo… hasta que se quedan tirados en el aeropuerto a cuenta de la niebla. Pero Compostela es una ciudad que aprovecha al máximo los escasos rayos de sol de que dispone al cabo del año. Incluso en este otoño de tintes invernales que nos está tocando sufrir a sus vecinos. La calma después de la tempestad hace que la piedra, húmeda, refleje el sol y brille con su particular intensidad. Y son estos días en los que sé que echaré de menos esta villa cuando marche, en fechas no muy lejanas (me temo). Aun así, voy a entablar pronta comparación entre el azul compostelano y el propio de mis latitudes meridionales, el que abre la Plaza del Salvador al mundo, cañita en mano, y contempla la magia de Sevilla, su encanto único, su forma de entender la vida mirando al cielo y no a través de una ventana mientras diluvia.

Y sin ser consciente de ello, se inicia la cuenta atrás para la treintena. Pero como pensar en eso me deprime y ya sería una estupidez torpedear un soleado día otoñal en Compostela, lo dejo para otro día. Suscita demasiadas reflexiones. Me voy a mi sofá a taparme con mi mantita y seguir leyendo a Irvine Welsh.

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