glamour

¿Qué nos mueve?

La afición a la ópera guarda algunas similitudes con las sectas religiosas. Cuando te acercas a ella, todo son buenas palabras, mejores melodías, música celestial y un paraíso abierto ante ti que transitar con calma y reposo. Conforme vas entrando, la salida va quedando más y más lejos, y te vas haciendo adicto a las emociones que este arte supremo suscita. Y llegas a acabar convertido en un yonki, que peregrina por los teatros en busca de su ración de sentimientos, ya sea aquí, allí, o dos países más allá. Así nos movemos los perturbados operísticos, buceando entre las programaciones de media Europa, desde París hasta Viena, pasando por Frankfurt, Berlín, Londres, Roma, Zurich o Venecia. La ópera es nuestra palanca para mover el mundo que nos rodea, es la llave maestra que nos da cuerda, que le pone sentido a las cosas que hacemos y decimos. Es nuestro nirvana de guardia cuando la mente se nos nubla y se oculta el sol. Nos refugiamos en él. Y llueve menos, mucho menos.

En poco nos diferenciamos de las víctimas de las sustancias adictivas. Cuando tenemos nuestro chute, tenemos energías renovadas para los días siguientes, alegría recargada para sestear el tedio cotidiano. En los días previos, nos corroe esa cierta ansiedad, curiosidad, tensión ante lo que vamos a presenciar. Y si alguna circunstancia converge para cancelar la función o la escapada, el drama se apodera de nosotros y nos volvemos insoportables. Porque toda la felicidad que habías comprado a crédito es arrebatada de golpe, pero el préstamo hay que pagarlo igual.

No se haga tampoco falsas expectativas sobre lo que es una escapada operística. No llegamos al teatro en calesa, ni tenemos butaca en un palco donde un mayordomo con librea nos sirve champán frío a discreción, ni nos hospedamos en los más refinados hoteles de la ciudad. Con suerte, hay una parada de metro cerca, obramos el milagro de conseguir una entrada barata arriba en la galería, cenaremos un bocata y dormiremos en algún hotelucho próximo a la estación de tren. No hay glamour. Porque el yonki no lo necesita.

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