Cual marino mercante

La vida, a veces, tiene inercias de gran barco mercante. Llegamos a un punto en el que hemos llenado la bodega y la superficie de carga, y debemos cuidar la travesía para que una borrasca no lo haga zozobrar en exceso y naufrague. Incluso, cualquier cambio de dirección debe realizarse sin brusquedades, al contrario, como un ejercicio planificado que comienza por trazar el nuevo rumbo, calcular la derrota y dar órdenes al timonel para iniciar la maniobra. Al principio, el giro es apenas perceptible, pero a la larga se observa que donde había dirección norte, ahora la hay hacia el este, y sigue moviéndose hasta llegar al sur y cambiar 180º el curso inicialmente previsto.

Ya tengo el nuevo rumbo trazado. Ahora, a esperar que finalice la maniobra.

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Letanías del viajero apaleado

Al final, lo importante acaba siendo el hecho: hemos regresado a casa. O mejor dicho, hemos conseguido regresar a casa. No cabe decir eso de “en tiempo y forma”, porque ni uno ni la otra. El viajero de este mundo contextualizado, bregado en compañías low-cost y ahogado en directivas europeas convertidas en estiércol para plantar patatas, acaba conformándose con esa cosa tan nimia como es que le acaben devolviendo a la ciudad de la que partió. A poder ser, en el mismo día que reza en el billete de avión. Pero esto comienza a ser un fruslería exigente bastante poco pragmática.

Uno llega al aeropuerto con las precauciones habituales: antelación, calzoncillos limpios, tarjeta de crédito, carta de embarque y teléfono con batería. Más o menos como si fuese a sortear una ciclogénesis explosiva. Y ante sí, el sainete de las obras que cortan media pista de aterrizaje, la pantalla en la que se suceden las cancelaciones y los retrasos, y el drama de la ventanilla de reclamaciones donde se colapsan cientos de indignados pasajeros a los que no les asiste ningún derecho salvo el pataleo y la exhibición de su frustración.

La contemplación de la pantalla de los vuelos se da un aire a un patíbulo. Ves pasar al resto de reos condenados camino del cadalso, uno detrás de otro, perdiendo todas las apelaciones en forma de retrasos, hasta que finalmente se ejecuta la sentencia cancelatoria. Un viajero sin vuelo es como un muerto errante. No sabe a dónde ir, no tiene a quién acudir, ignora cómo sobrevivir, pero se le apodera un hambre caníbal con especial gusto por los encargados de aerolíneas. The Walking Dead se gestó en una sala de esperas de un aeropuerto. Seguramente italiano. Así que uno va asumiendo que, antes o después, será conducido a su ajusticiamiento. Por eso, cuando sintiendo ya en la cara las chispas del hacha del verdugo mientras se afila en la piedra aparece el indulto en forma de traslado a otro aeropuerto, aunque sea con cinco horas de retraso, siente que regresa al mundo de los vivos.

Vaya toda mi compasión y comprensión a los cientos de personas que ayer perdieron un trozo de su vida arrastradas por el aeropuerto de Bérgamo, que quedaron empatanadas sin solución y sin vuelo, a la espera de que su compañía (ryanair, vamos) adoptara alguna decisión moralmente aceptable para atenderlos y devolverlos a casa. Pero ello no quita que yo me sienta estúpidamente afortunado, aunque una llovizna primaveral y una aerolínea pirata me robaran cinco horas de mi vida y me tuvieran cerca de diez jugando al escondite entre aeropuertos.

Casi le entran a uno ganas de dar las gracias. Qué bajo caemos.

Aviso a navegantes

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Verona. Pudiera no abandonarse nunca. Recomendada, a poder ser en temporada baja. Padece de venecianitis aguda, con una obstrucción arterial provocada por la excesiva ingesta de turistas. Eso a la larga trae problemas.

Tenían razón quienes me recomendaban veronear.

En defensa de la tristeza

Reivindico el derecho a estar triste. Sin más. Es de justicia poder guardar la dicha en un baúl un día o dos, padecer esa sensación de pesadez y apatía que caracteriza la tristeza, que sólo podemos combatir con la responsabilidad y la profesionalidad. Y a veces, ni siquiera, porque no te apetece ser ni responsable ni profesional, sino dejarte llevar y abrazar la nada, la desgana.

Reivindico el derecho a estar triste a pesar de tener un trabajo, un sueldo digno, una vivienda decente, coche, una estantería llena de libros, la nevera repleta, varias botellas de vino, una salud aceptable y haberle ganado el derbi al eterno rival mediante un mangazo arbitral.

Reivindico el derecho a estar triste y a elaborar un relatorio de miserias y decepciones recientes y añejas, a recopilar nuestros fracasos, a enfrentarnos a la realidad que nuestra memoria a corto plazo desecha y almacena en el fondo del armario para que podamos ignorarla cuando día a día elegimos qué ropa ponernos.

Revindico el derecho a estar triste y consolarnos con las sinfonías de Nielsen, las cantatas de Rosenmüller o el concierto para violín nº1 de Bartok. Aceptamos Mahler como sustituto.

Reivindico el derecho a estar triste y dejar pasar el tiempo, con una copa en la mano, mirando por la ventana al infinito y paladeando la tristeza como otra de las emociones que demuestra que estamos vivos.

Reivindico el derecho a estar triste, a clavarnos en nuestra propia cruz, enterrarnos en lo más profundo… y resucitar al tercer día. O al quinto. O al enésimo. Es nuestro derecho. No sonreír es también una gracia divina.

La grande bellezza

Huyo del cine últimamente. Me aburre. Me hastía. Me deja frío. No me emociona, no me interesa, no me conmueve. Por eso, cuando me acerco a alguna película debe ser no ya con precauciones, sino con algunas certezas garantizadas por contrato. Un seguro de vida contra el desencanto, el común denominador de las artes en estos tiempos que corren. No pocos conocidos y amigos me habían aconsejado acercarme a la última película de Paolo Sorrentino, “La grande bellezza”, en la que encontraría una revelación de mi propia existencia dentro de treinta años, como si Jep Gambardella y su vida disoluta, hedonista y vacía fueran lo que me espera en el futuro. Él es sólo un espectador de un mundo a su alrededor que se desmorona, una metáfora más profunda de lo que parece de la ciudad de Roma y, por extensión, del resto de Italia. La banalidad de la intelectualidad, la superficialidad de la cultura, la pobreza de las ideologías, la sacralización del amor y la desacralización del sexo… Y por encima de todo, la exigencia vital de vivir, de sentir, de experimentar, de justificar nuestro tránsito por este trozo de planeta.

Puede que la película consiga, precisamente, todo lo contrario de lo que busca. Puede que haya quien la considere pretenciosa y tan superficial como aquello que pretende denunciar. En ese caso, siempre queda la opción de quitarle el sonido y limitarse a contemplar la infinita belleza de Roma, una ciudad en la que yo nunca viviría. No podría.

Amargura

Un año más, y ya van demasiados, no podré estar el Jueves Santo en mi barrio, con mi gente, acompañando al Angelito, al Caído y a la Amargura, en su estación de penitencia desde la Villa hasta la Ribera, para que Ayamonte vea el buen hacer de la hermandad del Salvador. Que no esté allí no significa que no los tenga presentes en estos días de Pasión. La mejor de las fortunas para las procesiones.

Contemplar

No me apetece últimamente casi nada. Me encuentro perezoso incluso para coger el avión y buscar esas inyecciones de felicidad que encuentro cuando se alza un telón. Pero tengo una certeza. En lo que sí consumiría el tiempo es en sentarme en la Riva degli Schiavoni y contemplar este paisaje. Horas, horas y horas… Me recordaría que para disfrutar de la belleza es necesario estar vivo. A veces nos lo tienen que recordar, señora.

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