Libros

Ya que estamos

Casi ha pasado un mes. Y todo ha sido silencio. Ni una mala palabra, ni una pobre canción, ni una vieja foto. Nada. Como en las viejas películas del oeste, lo único que ha ocurrido por este blog en casi 30 días ha sido el polvo movido por el viento, pequeño remolinos sobre el suelo sin asfaltar de este vacío poblado de palabras.

Ya es curioso, porque para un tiempo en el que habría muchas cosas que contar, precisamente lo que me han faltado han sido fuerzas, ánimos, energías. Qué digo, motivación. He dejado de encontrarle sentido a este blog. Quizás porque, al igual que los fármacos cuando nos sobremedicamos, ha perdido su valor terapéutico sobre mí. Y hoy sólo es un hermoso diván decorativo, tapizado como las viejas maletas de viaje con los parches y sellos de las estaciones por las que hemos pasado a lo largo de la vida. Tengo la sensación de que cada vez necesito contar menos cosas, porque nada de lo que digo es importante, es trascendente o le interesa a alguien. Una suerte de regreso a la humildad sin que ello sea un reconocimiento de que esta bitácora era un monumento a la vanidad. Nunca aspiró a tal cosa.

Así que, ayuno de inspiración y voluntad, sólo me queda exprimir el orgullo con tal de que el blog no acabe siendo un pequeño cementerio lleno de enredaderas y hierbajos, donde los del botellón van a mear y tirar las bebidas vacías. Seguramente no volveremos a plantar rosas, pero al menos que no se convierta esto en una jungla.

Y ya que estamos, alguna impresión reciente, como la que me han dejado algunas películas y un par de libros. Me ha gustado mucho “La gran familia española”. Buen cine. Buenas actuaciones. Y sobre todo, un buen guión y una historia bien dirigida. Habría que preguntarse por qué los supuestos chulazos del cine español son tan inexpresivos como Quim Gutiérrez. Yo no lo entiendo. La escuela de Mario Casas está haciendo un daño terrible. Más tibio me ha dejado “American hustle”, uno de los títulos del año pasado (yo, como de costumbre, a la vanguardia!). Más allá de un descomunal Christian Bale, me ha parecido una cinta un tanto pretenciosa, una especie de traslación de “El Golpe” a los años 70, pero sin gracia ni chispa. Y de postre, “La mafia solo uccide d’estate” (La mafia solo mata en verano), deliciosa comedia con profunda corrosión sobre la cuestión mafiosa en Palermo. En Italia son maestros en reirse de sí mismos e invitar a la reflexión, convirtiendo la sonrisa en vergüenza propia. Y además, se entiende bastante bien, para aquellos que estén aprendiendo italiano.

Last, but not least, la cuestión literaria. Superada con satisfacción la aparentemente interminable saga de “La Torre Oscura”, caímos una vez más bajo el embrujo de las novedades sobrepromocionadas. Entre ellas, “El jilguero” de Donna Tartt, una de las autoras más alabadas de Norteamérica. Con tres libros en veinte años, parece que entra por méritos propios en la categoría de culto. No le negaré su habilidad narrativa, pero sí su capacidad para mantener el pulso en una trama. Por no hablar del perentorio vicio de diluir la historia en detalles menores o añadir una coda final con poso moralizante. Al final, 1.150 páginas sólo las aguantan colosos como Tolstoi, Hugo o Dickens. Y no siempre.

Hay lista de espera en la estantería. Porque Camilleri y Markaris quieren que siga conociendo a Montalbano y Jaritos. Porque Abercrombie me regala nuevas andanzas de sus sufridos personajes. Porque Dennis Lehane está de rebajas en RBA. Porque un poco de Don Winslow siempre engrasa las articulaciones. Porque me pica la curiosidad con Steven Erikkson. Porque no me quedan más de Lorenzo Silva y sí de Asa Larsson. Porque le debo una cita a Escipión y un viaje infernal a Dante. Porque Talese me quiere hablar de familias mafiosas. Porque leer es un placer pocas veces igualado.

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Cosas de libros

No he encontrado ningún estudio que señale la idoneidad de las librerías de aeropuerto para encontrar títulos de calidad. Me he esforzado surcando la Red, pero nada. Me causa cierta extrañeza, dada la proliferación de investigaciones estúpidas en las facultades de medio mundo con las que justificar el trabajo de algunos departamentos. He concluido, por tanto, que no existe ese estudio. Y en este afán científico que me ha poseído, decidí hacer mi propio examen de campo. Hasta tres librerías de aeropuerto me he pateado en los últimos quince días y NINGUNA me ofreció una alternativa más seductora al libro que llevaba bajo el brazo, “Veinte años después” del maestro Dumas.

Evidentemente, este ejercicio empirístico habría tenido otros resultados si el libro de cabecera hubiera sido el de Belén Esteban, pues en ese caso incluso me habrían valido las confesiones de Zapatero para elevar el listón. O de haber optado por Pérez-Reverte (apellidos con guión, sinónimo de petulancia), la mejora opcional sería mi siempre admirado Stephen King, del que se acaba de reeditar esa maravilla que es “El Resplandor”, por la que acaban de pasar más de 35 años y ahí sigue, siendo terriblemente actual.

Este empirismo rampante y nada serio tampoco arroja resultados llamativos ni novedosos. Es cosa sabida que los stands de periódicos en los aeropuertos o las estaciones de tren apenas ofrecen productos de usar y tirar. Pero me preocupó más salir de la Fnac hace quince días con esa misma sensación de que, por mucho libro que veía a mi alrededor, ninguno me atraía tanto como para serle infiel a Dumas. Ya sabe, señora, lo que me gusta a mí el francés.

De un tirón

Sólo hay dos tipos de libros que te lees de un tirón, casi sin parar a beber agua. En parte porque si lo haces, tendrás que ir al baño. Y eso sería una intolerable interrupción del ejercicio lector. Lo que decía, que sólo hay dos tipos de libros de esos: los muy malos o los muy buenos. Los primeros no los puedes dejar, porque eres consciente de que el más mínimo respiro será un abismo insalvable para regresar al sufrimiento de sus páginas. Más vale acabar con esto pronto que prolongar el padecimiento, te dices. Son esos libros que como salgan de la mesilla de noche, sólo pueden acabar en la estantería de los olvidados.

Luego están los otros, los muy buenos. Esos los devoras porque te están inyectando la droga necesaria para sentir placer lector. Incluso a los que somos lectores voraces y chatarreros, parafraseando al amigo Tallón. A él quería ir, porque acabo de concluir su última novela, “El vater de Onetti”. Un título que sólo se entiende si se lee el libro, como podrá suponer, señora. Y usté sola se dará cuenta, pasadas no más de diez páginas, que será otra pequeña anécdota que no ocupará más de dos párrafos. Y verá que tiene sentido.

Tallón no es un novelista. Creo que es un narrador de cosas. Y las amontona, les da una forma, las hace fluir a lo largo de las páginas, y dentro de ellas esconde una historia. Que acaba siendo un ruído de fondo al que de vez en cuando prestas atención, pero que no puede competir con la música de los pequeños detalles, esos sin los cuales no existiría la literatura de Tallón.

Casi como le dijeron dos editores madrileños que leyeron su anterior trabajo, “El caso Aira-Bolaño”, en esta novela hay más de él y menos de otros. Y eso, personalmente, me gusta. Porque como decía un amigo mío, “cuando se está citando constantemente a un tercero, es que uno no tiene nada que decir de su propia cosecha”. Si algo no creo es que Tallón no tenga nada que decir.

“El vater de Onetti” es un estado de ánimo, es una sensación de lectura plácida, que no busca cambiarte la vida. El autor no tiene esas pretensiones. Cuenta lo que sabe, lo que puede, lo que le sale. Es un ejercicio de honradez. Otros ni pueden ni saben y sin embargo te quieren hacer creer que conocen conspiraciones de grupúsculos oscuros para acabar con el fin del mundo. Súmese a este estado de ánimo. La sonrisa la tiene garantizada.

Apilando, que es gerundio

Durante el año y pico escaso que compartí piso con él, me llamó siempre la atención el completo desorden en el que vivía mi buen amigo el Doctor. Desorden que en nada se extendía ni a sus hábitos ni a su rectitud moral. Orden por dentro, caos por fuera. Su habitación, siempre más grande que la mía, estaba tomada por libros y discos de música clásica y Stephane Grapelli. Entonces, me parecía incompatible escuchar el “Oratorio de invierno” de Bach y a esos franceses chalados que tocaban la guitarrita y decían que era jazz. Llámelo juventud, señora.

Tenía la capacidad para amontonar libros en la mesilla de noche. No descarto que fuera un indulto concedido a su estantería, raquítica, torcida, sobreexplotada. Siempre me decía que no los apilaba por necesidad, sino porque los estaba leyendo. Los siete. En función de su estado de ánimo, se decantaba por Cátulo, por un ensayo sobre la literatura medieval o, escasas las ocasiones, por una novelita contemporánea. Y si era sábado, se añadía el suplemento cultural del ABC. Pero él leía El País, aclaraba raudo. Complejo de culpa, razoné años más tarde.

No comprendí la capacidad de conjugar varios libros al mismo tiempo hasta hace unos meses, cuando quise atreverme con “Absalón, absalón”, de William Faulkner. Ha sido uno de los pocos libros que me ha derrotado como lector, que me mandó a la lona con una prosa espesa, que no está hecha para entretener sino para ser sufrida, que agota tu atención y te penaliza si durante una fracción de segundo trasladaste tus pensamientos de vuelta a tus problemas. Entonces necesité el auxilio de otro libro, un ensayo de Paul Preston sobre los asesinatos políticos en la España guerracivilista y sus años siguientes. Y en su árido retrato del cainismo patrio encontré solaz frente a la verdadera guerra, la mía con Faulkner.

Hoy, el libro de Preston sigue donde lo dejé cuando conseguí finalizar a Faulkner. Se ha debido convertir en mi oasis para casos desesperados. Y estuve tentado de refugiarme en él tras el décimo capítulo dedicado a ilustrarme sobre las ballenas que Melville escribe en “Moby Dick”. Resistí, magnetizado por Ahab y su obsesión. Todos perseguimos una ballena blanca. Y todos acabaremos devorados por ella. Algún día. Hoy, ya no son dos libros los que ocupan mi mesilla, sino tres. El de Preston y dos sin estrenar. Sólo uno verá correr el marcapasos. Mientras decido, contemplan el dormitorio.

Está la teoría de que apilar libros en la mesilla traslada una imagen de una cierta intelectualidad. En mi caso he pasado a considerarlo una ingente estupidez: hace meses que nadie entra en el dormitorio, y a mí ya no me engaño con tanta facilidad.

En barbecho

En ocasiones me sobreviene aquella sintonía del programa nocturno que Sánchez Dragó tenía los domingos cuando estudiaba en Madrid. “Todo está en los libros”, canturreaba una vocecita femenina y lánguida. Seguramente que no es así, que hay cosas que se escapan de las páginas. Pero al final, acabamos recurrentemente sumergiéndonos en ellos, incluso en los momentos de tristeza, de desasosiego, de hartazgo, de cansancio. Hasta cuando un castillo de sueños construido a lo largo de varios meses se derrumba sin siquiera estar terminado. Incluso en esos miserables momentos de derrota, nos conducimos a una buena novela. Es eso o darse al whisky. Hay una opción intermedia: escribir una historia. Eso está al alcance de muy pocos.

Acabo de concluir el séptimo u octavo libro de este mes de agosto. Por el camino he dejado a Hemingway, Elmore Leonard, mi siempre fiel Stephen King, el elefantiástico Ken Follet, Márkaris, Grangé y ahora a Joel Dicker. “La verdad sobre el caso Harry Quebert”, se llama su novela. Es original. No tanto en la historia, porque esta cosa de una desaparición que se resuelve treinta años después y que sacude una pequeña población norteamericana ya está más que contada. Sí lo es en la forma, o al menos lo intenta. Hay un juego de metaliteratura ocurrente. Se lee con mucho agrado.

Y una vez más, estamos en ese instante en el que nos queda el regusto del libro recién terminado mientras el cuerpo nos pide lanzarnos al siguiente, mantener la dosis de narcóticos activa para no sucumbir a la espiral del fracaso personal en la que, de manera palmaria, estamos instalados desde hace meses. Quizás fueron años, pero no me había percatado. Tenemos el cuerpo en barbecho, como los campos de siembra después de una colecta. Damos un pequeño respiro a la tierra, que se oxigene, que se recupere tras haber dado frutos (buenos o malos) a la espera de la próxima cosecha. Antes plantamos pimientos con sabor a novela negra, y han salido apetecibles. Durante el barbecho repensamos si queremos más de lo mismo o el cuerpo pide patatas clásicas, tomates fantásticos, lechugas terroríficas o berenjenas históricas. Lo único claro es que no sembraremos cebollas románticas. En esta tierra tan seca, visto está que no agarran bien.

Aquellos libros de chaval

Llámeme raro porque aprendiese a leer antes que a darle patadas a un balón. Eso explica quizás que no acabase de futblista. Eso, y mi repelús crónico hacia toda actividad deportiva, una vez que descubrí que había muchas más cosas en los libros que en el polideportivo de mi pueblo, donde los no practicantes iban a mirar mientras se comían un paquete de pipas. Hay una generación que ha merendado pipas desde que descubrió que menstruaba hasta que acabó el bachillerato. Aunque ahora que lo recuerdo, la cuestión del balón tardó más de la cuenta. Eso explica otras muchas cosas.

Matilda (Quentin Blake)

Tropezaba hoy en el periódico con una recomendación de literatura infantil, la “Matilda” de Roald Dahl. Un artista polifacético donde los haya. Porque si engatusantes eran sus novelas para chavales (la saga de Charlie y Willie Wonka, “James y el melocotón gigante” o aquellas “Las Brujas”), no lo son menos sus retorcidos cuentos para adultos, o incluso su incursión en el mundo del cine como guionista de “Sólo se vive dos veces”, la primera película de James Bond en la que se ve el rostro del pérfido Blofeld.

Si ahora de adulto puedo empeñar una oreja con tal de leerme la última de Preston y Child o James Elroy en busca del orgamo novelístico, de chaval Roald Dahl era una garantía de disfrute. Lo sabías. Tenías la certeza de que no te iba a desilusionar, que te haría olvidarte de todo y sólo querrías pasar a la siguiente página, en un estado de adicción literaria completa, aderezado además con las simpáticas ilustraciones de Quentin Blake como la que ilustran este post. Tuve la suerte de que si yo pedía un libro en mi casa, la mayoría de las veces acababa apareciendo envuelto como regalo en un cumpleaños o similar. Y lo dosificabas como el yonqui al que le dan la metadona por la mañana y le debe durar hasta el día siguiente. Leías a sorbos, a pellizcos, sin querer llegar al final.

Mi adolescencia también tiene el poso de los libros de Michael Ende, autor de “La historia interminable”, que curiosamente fue el último que me conseguí leer de él. Me fascinó cómo jugaba el autor con el color de los caracteres para mover al lector del mundo de Fantasía a la realidad, en una mezcla final asombrosa. No era menos trepidante la historia de Momo, o la de Jim Boton y Lucas el Maquinista, con aquel gigante menguante, que a simple vista no medía más que usté o que yo, señora, pero que de lejos aterrorizaba a la gente con sus estratosféricas dimensiones. O incluso el extravagante “Ponche de los deseos”, que debió de venir anunciada en el Círculo de Lectores. Puede que aún circule por alguna estantería de mi casa. Que haya sobrevivido al último arranque limpiador de mi madre es un mérito al alcance de muy pocos objetos.

Tardaría todavía algunos años en hollar el universo Tolkien, en caer por el tobogán de la literatura fantástica, pero sí que guardo un agradable regusto a esa novela negra para chavales que era la saga de Flannagan, de Andreu Martín y Jaume Ribera. Hoy, Martín se ha pasado al negro para adultos. Debí leerme cuatro o cinco entregas de las andanzas de este aprendiz de detective. Su último título se editó en 2009. Hoy me da mucha pereza asomarme a tramas para adolescentes después de que Elroy me haya enseñado el vertedero infecto de la política internacional en su trilogía americana. Envejecemos, señora.

Sospecho que si soy quien soy a estas alturas de mi vida (que es decir nada o casi nada), buena parte se lo debo a los libros. Otra, sin duda, al cine. Y el resto, seguramente lo peor, a las interminables noches de copas alternando aquí y allí. Ser un bala perdida no lleva aparejado ser un ignorante, un zote que reacciona ante la visión de un libro como la niña del Exorcista ante un crucifijo. La lectura es como la mortadela, o te gusta ya de niño, o jamás la convertirás en un vicio. Hágame caso, señora, póngale mortadela a sus nietos.

Infidelidades

Me voy a confesar infiel. Este es uno de esos días que uno cree que jamás llegarán, señora. Y entiendo que su hija la mayor haga oídos sordos a mis galanteos. Me lo tengo muy merecido. Porque yo tampoco pensé nunca verme en esta situación. Por lo general, me he considerado una persona leal, de atender a una única prioridad a la vez. Porque en la diversificación está el desastre: falta de atención, devaluación de la relación, ausencia de cariño… Ya sabe, todos los prolegómenos del desastre que acaba en el fracaso, la ruptura y el abandono. Muy rara vez se vuelve. Y nunca es lo mismo. Después de una decepción, no quedan ganas de verse.

Me encuentro raro. Llevo todo el fin de semana recreándome en este terreno licencioso y disoluto de la infidelidad. Y pensé que me notaría más raro, más incómodo. Pero estoy combinando con pasmosa facilidad a una y otra. Una me demanda muchísima atención, que me centre en ella en todo momento. Y yo lo hago porque creo que al final debe haber una recompensa que premie mis esfuerzos. Y la otra no es necesariamente más liviana, pero sí más accesible, dentro de esos gustos raros que ya sabe que gasto, señora.

No sé exactamente si ellas se enfadarían de conocer la existencia de “la otra”. Parece excesivo otorgar un alma a las novelas, ¿no? Sea por “Absalón, Absalón” del enrevesado Faulkner, y por “El holocausto español” de Paul Preston. A día de hoy, la literatura es la única amante que no me falla.

Resumiendo

Todo es resumible. Nada se salva de este vicio tan humano como es decir en dos frases lo que antes se había expresado en varias horas de charla. Somos así. Lo preocupante es que, cuando uno resume, parece que aquello que queda fuera carece de importancia. Y habitualmente aparcamos los detalles para transmitir mensajes simples, la mayoría de las veces vacíos de verdadero contenido. Por resumir, incluso es resumible la lista de libros que han pasado por mi mesilla este año que ya termina. Pero aquí sí soy muy consciente de que todo lo que quede fuera lo es por deméritos propios.

Creo que lo más importante que me ha pasado este año es haber descubierto a Dickens. Es como que te toque la lotería de Navidad. Un inmenso chute de energía, de realismo bondadoso pero descarnado, de fiesta de detalles para que la narración nunca quede incompleta. Todos somos un poco David Copperfield, y sentimos sus penurias como propias. Más allá de la historia, Dickens te seduce por cómo te la cuenta, por la aparente facilidad con la que enlaza los acontecimientos, como el joyero que engarza diamantes como si fueran longanizas. Ahí está el talento del escritor, en hacer que parezca sencillo, en conseguir que la narración fluya con aparente simpleza. Nunca es así. Tan necesitado de sus certeras radiografías sociales, he vuelto a su prosa con su último libro, “Nuestro común amigo”, las desventuras que en la sociedad londinense tiene la aparición del cadáver de un rico heredero en el Támesis.

No ha sido menos trascendente hacerme eco de las pobres existencias de “Los Miserables” de Víctor Hugo. Si Dickens deja espacio para el final feliz, para la sonrisa complaciente, Hugo no conoce la clemencia para sus personajes. Su atroz naturalismo arroja cieno y miseria a quienes componen sus cuadros, desde el atormentado Javert al héroe imperfecto que es Jean Valjean. La épica literaria no se entendería sin este magno ejercicio de ficción. Un placer como he tenido pocos como lector.

Y en un terreno radicalmente distinto, la sorpresa del año ha sido la ficción fantástica de Joe Abercrombie, muy superior a la culebronesca saga de George R. R. Martin, cuya quinta entrega me ha fatigado en exceso. Demasiado para mí. Por el contrario, Abercrombie es aire fresco, es una ráfaga de renovación en el género, más directo, más violento, más ágil. A golpe de personajes carismáticos y tramas no excesivamente enrevesadas, te lleva por mundos desconocidos sin necesidad de mapa ni brújula. Una delicia.

Sí, he tenido mis citas habituales con Stephen King, con el detective Pendergast, con la bazofia de Peinkofer, con novela más o menos negra de Connolly y Connelly, con Agatha Christie y el detective Adamsberg, con Hannibal Lecter y el embajador americano en el Berlín de Entreguerras, con Belén Gopegui. Pero no hubo poso, no dejaron huella. Y hoy son historias semiolvidadas, que ignoro si recordaré algún día. Al menos cumplieron su labor, la de entretener y evitar que la estupidez se siga apoderando de mí. No es tarea fácil esa.

Perdedores

Vuelvo al hilo que enmadejaba ayer. Los perdedores, los héroes modernos. Sobre sus tragedias se han construido las grandes historias de las artes a lo largo de toda la humanidad. La derrota como esencia de nuestra existencia, como relato de nuestras experiencias vitales, como demostración de que sentimos y padecemos, de que no somos lechugas en un huerto ni cabras en un cerro. El dolor emocional como garantía de haber pasado por el valle de lágrimas. El consagrado como libro más importante de la literatura española, el Quijote, es la fábula de un hidalgo perdedor, que comenzó quedándose sin cabeza y acabó dejándose la vida a lomos de su flaco rocín. La novela romántica está toda ella construida sobre el sufrimiento, desde los Miserables de Víctor Hugo al naturalismo de Zola. Incluso la novela negra, la de más calidad, es la que nos enseña los pasos de los perdedores del lumpen, los que se dan friegas de sordidez. No escapa el cine a esta tendencia, por otra parte entendible. Empatizamos mejor con quien pierde que con quien gana. Deben ser hábitos.

Rick Blaine es mi perdedor favorito en 35 mm, aunque tiene muchos matices. Acaba sin chica y sin negocio, pero a la primera nunca la llegó a tener realmente. Y siempre le podrán quedar recuerdos, el inacabable combustible de la nostalgia. El western es otro género plagado de fracasados, errantes a lomos de un caballo, vendiendo su puntería a cambio de una mísera soldada con la que pagar catre y baño. El “Grupo Salvaje” de Peckinpah es el mayor sindicato de derrotados en el estilo. El fracaso puede ser exterior e interior. Este segundo es el de Ethan Edwards en “Centauros del Desierto”. El éxito de haber recuperado a su sobrina no es suficiente para acallar su aislamiento emocional, esa familia en la que nunca entrará, esa cuñada a la que jamás olvidará.

Yo venía a hablar de ópera, en realidad. De uno de mis perdedores de cabecera, el Don Carlo verdiano. No es en puridad un personaje originalmente operístico, ya que es una adaptación de una obra de Schiller, con la que se daba pábulo a la famosa “Leyenda Negra”. El joven infante, hijo de Felipe II, deambula por la ópera dejándose la vida en ella a jirones. Primero, le arrebatan a su amada Elisabetta para que sea su madrastra, luego pierde a un padre que lo desprecia, seguido de su único amigo Rodrigo, para acabar sin la tierra flamenca y, por último, el hálito vital que le arrebata el espíritu del Emperador Carlos V. Es un completo miserable en las cuatro horas de función (tres y media si es la versión de cuatro actos). Obra magna del Verdi tardío, es un título en el que todos son un poco perdedores. Incluso ese todopoderoso monarca que, en su escena del Acto III se lamenta de que su esposa nunca le amó, sino que está enamorada de su vástago.

Cómo no será la cosa, que quería colgar un video de Carlo, y lo acabo haciendo de su padre, el taciturno Filippo en su magno monólogo, cumbre de las arias para bajo. Aquí, con el gran Samuel Ramey en las funciones que Riccardo Muti dirigió en la Scala de Milan a comienzos de los 90, y que supusieron el debut de Pavarotti en el rol del tenor protagonista. Pero cuando Ramey canta así…

Valor

Leer es una actividad de alto riesgo. Te estás jugando la vida si caes en las garras de Ruiz Zafón, Pérez Reverte, Follett o Dan Brown. Hay incluso una literatura que semeja un ejercicio de equilibrismo sin red sobre las fauces de un volcán. Son esos sesudos libros que aparecen con críticas fabulosas en los suplementos culturales de los periódicos. No se fíe. La erudición intelectual es dañina para el buen gusto. Son historias introspectivas, como el cine español de antes de Santiago Segura, que nos analizan como sociedad y nos revelan lo estúpidos que somos. Ni que hiciera falta que nos lo dijeran.

Otros libros se mueven en el territorio de la marginalidad, casi del culto. Han llegado allí por alguna razón misteriosa. No siempre literarias, me da la impresión. Creo que no es el caso de Bolaño. Mantengo con el fallecido autor chileno una distancia de respeto, como la que se guardaban los pistoleros en los duelos antes de desenfundar el Colt. Hay miradas de reconocimiento. Al menos por mi parte. Las malvas son más prudentes.

Algo así me ocurrió con García Márquez. Y me sucede lo mismo con Vargas Llosa. Los autores sudamericanos retan mi capacidad para entender mi propia lengua, para adaptarme a sus formas y usos, para entender su visión de la realidad, sus diferentes convencionalismos, sus innegables diversidades culturales. Es una barrera invisible que tengo como lector, que he debido levantar casi sin darme cuenta, y que me empuja con mayor facilidad a una novela anglosajona traducida antes que a prosa redactada originariamente en mi idioma.

Luego están los itinerarios. Los autores no son como la máxima de la multiplicación, aquella del orden de los factores y el producto. Una mala elección te puede alejar definitivamente de un escritor, mientras que el acierto te abre las puertas a toda su producción, incluidas las obras más rocosas. Sigo investigando en la fragua, a ver si encuentro el punto iniciático con Bolaño. No sé si serán sus detectives, las pistas heladas, los años venideros o los sinsabores policiales. Seguiré con la alquimia, a ver qué sale.