Letanías del viajero apaleado

Al final, lo importante acaba siendo el hecho: hemos regresado a casa. O mejor dicho, hemos conseguido regresar a casa. No cabe decir eso de “en tiempo y forma”, porque ni uno ni la otra. El viajero de este mundo contextualizado, bregado en compañías low-cost y ahogado en directivas europeas convertidas en estiércol para plantar patatas, acaba conformándose con esa cosa tan nimia como es que le acaben devolviendo a la ciudad de la que partió. A poder ser, en el mismo día que reza en el billete de avión. Pero esto comienza a ser un fruslería exigente bastante poco pragmática.

Uno llega al aeropuerto con las precauciones habituales: antelación, calzoncillos limpios, tarjeta de crédito, carta de embarque y teléfono con batería. Más o menos como si fuese a sortear una ciclogénesis explosiva. Y ante sí, el sainete de las obras que cortan media pista de aterrizaje, la pantalla en la que se suceden las cancelaciones y los retrasos, y el drama de la ventanilla de reclamaciones donde se colapsan cientos de indignados pasajeros a los que no les asiste ningún derecho salvo el pataleo y la exhibición de su frustración.

La contemplación de la pantalla de los vuelos se da un aire a un patíbulo. Ves pasar al resto de reos condenados camino del cadalso, uno detrás de otro, perdiendo todas las apelaciones en forma de retrasos, hasta que finalmente se ejecuta la sentencia cancelatoria. Un viajero sin vuelo es como un muerto errante. No sabe a dónde ir, no tiene a quién acudir, ignora cómo sobrevivir, pero se le apodera un hambre caníbal con especial gusto por los encargados de aerolíneas. The Walking Dead se gestó en una sala de esperas de un aeropuerto. Seguramente italiano. Así que uno va asumiendo que, antes o después, será conducido a su ajusticiamiento. Por eso, cuando sintiendo ya en la cara las chispas del hacha del verdugo mientras se afila en la piedra aparece el indulto en forma de traslado a otro aeropuerto, aunque sea con cinco horas de retraso, siente que regresa al mundo de los vivos.

Vaya toda mi compasión y comprensión a los cientos de personas que ayer perdieron un trozo de su vida arrastradas por el aeropuerto de Bérgamo, que quedaron empatanadas sin solución y sin vuelo, a la espera de que su compañía (ryanair, vamos) adoptara alguna decisión moralmente aceptable para atenderlos y devolverlos a casa. Pero ello no quita que yo me sienta estúpidamente afortunado, aunque una llovizna primaveral y una aerolínea pirata me robaran cinco horas de mi vida y me tuvieran cerca de diez jugando al escondite entre aeropuertos.

Casi le entran a uno ganas de dar las gracias. Qué bajo caemos.

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