La grande bellezza

Huyo del cine últimamente. Me aburre. Me hastía. Me deja frío. No me emociona, no me interesa, no me conmueve. Por eso, cuando me acerco a alguna película debe ser no ya con precauciones, sino con algunas certezas garantizadas por contrato. Un seguro de vida contra el desencanto, el común denominador de las artes en estos tiempos que corren. No pocos conocidos y amigos me habían aconsejado acercarme a la última película de Paolo Sorrentino, “La grande bellezza”, en la que encontraría una revelación de mi propia existencia dentro de treinta años, como si Jep Gambardella y su vida disoluta, hedonista y vacía fueran lo que me espera en el futuro. Él es sólo un espectador de un mundo a su alrededor que se desmorona, una metáfora más profunda de lo que parece de la ciudad de Roma y, por extensión, del resto de Italia. La banalidad de la intelectualidad, la superficialidad de la cultura, la pobreza de las ideologías, la sacralización del amor y la desacralización del sexo… Y por encima de todo, la exigencia vital de vivir, de sentir, de experimentar, de justificar nuestro tránsito por este trozo de planeta.

Puede que la película consiga, precisamente, todo lo contrario de lo que busca. Puede que haya quien la considere pretenciosa y tan superficial como aquello que pretende denunciar. En ese caso, siempre queda la opción de quitarle el sonido y limitarse a contemplar la infinita belleza de Roma, una ciudad en la que yo nunca viviría. No podría.

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