Trabajo y novio

No empieza bien la primavera su hija la mayor, señora. La veo profundamente desanimada, desmotivada. Debería estar instalada en la más absoluta felicidad por el hecho de que dispone de un trabajo y de un novio, y sin embargo la veo taciturna, triste, decaída. Conozco solteros en el paro más felices. ¿Me dice que en casa no ha hecho ningún comentario? ¿Pero a que usté también la ve un poco mustia? No me reproche esto que le voy a decir, pero la mayoría de las veces hacemos cosas no porque sintamos que debamos hacerlas, sino porque es lo que se espera que hagamos. ¿Recuerda aquello que le dije de los convencionalismos hace un tiempo? Su hija está siendo víctima de los mismos.

Un trabajo no lo es todo. Tenerlo comporta una serie de ventajas fundamentales para el desarrollo de la persona, para su independencia económica y vital. Pero un mal trabajo, o incluso un trabajo bien pagado pero que nos disgusta profundamente, pueden hacer de nosotros individuos miserables. Buscamos esa chispa pragmática para, cada mañana, levantarnos y salir de casa para cumplir con la jornada laboral. Que si cobro a fin de mes, que si así pago las cañas, que gracias al salario me voy de vacaciones… Pero no quita que de 8 a 3 estés en una oficina asistiendo al entierro de tus ilusiones.

Un novio tampoco lo es todo. El manual de la persona decente establece claramente la necesidad imperiosa de formalizar una relación de pareja, desarrollarla en un plazo razonable y que derive en un matrimonio y descendencia. El manual es muy claro: “quienes rehúyan esta hoja de ruta, son unos parias”. Jamás me han dicho una cosa tan bonita y cargada de razón. Y ahí tiene a esos muchachos y muchachas, que tienen al novio o la novia para lo mismo que sus abuelas al confesor: contarle confidencias sin esperar nada a cambio. Que sí, que está eso de la cama. ¿Pero a estas alturas de la película hay que tener novio para practicar sexo? No ha visto cómo están los bares, señora. Y ya sea por las convenciones, por miedo a la soledad, para tener garantizada una cuota de roce mensual, para ahorrar en cocinera y técnico de reparaciones, para aprovechar el 2×1 en los cines o para exhibir acompañante en las bodas, hay quien se instala en el “todo me vale”.

Y luego, a traición, llega la primavera y nos jode a todos la cabeza, con los pólenes y los ácaros. Pensamos que tenemos controlada nuestra existencia, por triste que sea, pero cambia el tiempo y buscamos el diván más próximo para arrellanarnos en él. En esas vi a su hija el otro día, señora. No le cuente nada, pero mira con ojos apagados, por más que sonría. Hable con ella.

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