…y el periodismo de más allá

Quiero imaginarme, en un ejercicio de ficción bloguera, un congreso de arquitectos, donde debaten de sus historias. Una mesa redonda sobre materiales de construcción, unas conferencias sobre las últimas tendencias arquitectónicas en edificios residenciales y oficinas, dos cursos exprés de rehabilitación en cascos históricos y quizás una clausura donde debatir acerca de la contribución de los arquitectos en el desarrollo de los cascos urbanos de nueva generación. Pero al final siempre hay copas, no se engañe señora, porque el hombre tira al bar del mismo modo que la cabra tira al monte. Y ahí siguen hablando de sus cosas y de sus historias.

Me cuesta creer que cada quince palabras de un arquitecto durante sus charlas o intervenciones incluyan el término “arquitectura”, o que cualquier alocución lleve siempre implícita una justificación de la profesión, una necesidad de diferenciar esto de aquello, de trazar líneas rojas, de señalar buenos y malos. Sospecho que en el colectivo de la escuadra y el cartabón hablan más de cuestiones de fondo que de estériles debates de forma.

En el periodismo, o al menos en un sector del periodismo, existe esa pulsión constante por la autoreivindicación. ¿Cómo detectar a estos buenos prohombres en mitad de cualquier conversación? Muy fácil. Son aquellos que no necesitan púlpito para impartir lecciones y decir cuándo un trabajo de un compañero es “periodismo periodismo”, el de otros es “periodismo a secas”, y el de una mayoría apenas es “sucedáneo de periodismo”, como si fuese una cata de aguarrás en la que el talento permite distinguir el puro del sustituto. Son el tribunal del buen periodismo, mentes reposadas dentro de cabezas bien laureadas. Y el Twitter les ha dado esa varita mágica para ungir a aquellos que ellos consideran “periodistas de verdad” frente a la canallesca partidaria que se vende al poder.

Es esta una práctica curiosa, porque no he visto a ningún médico tuiteando referencias de otro compañero después de haber operado un riñón o unas cataratas diciendo “esto es cirugía de la buena” o algún hasthtag en plan #medicinasiempre, o similares. ¿Y un electricista tuiteando “ayer arreglé dos cuadros eléctricos de un edificio sin quitarme el mono. #electricismo”. Tampoco me imagino a dos profesores de instituto comentando en la hora del café la lección de historia de Ramírez a los de 4º de la ESO en plan “eso es magisterio”. Dígalo, señora, dígalo: es ridículo.

Pues en esas está enfangado el periodismo y algunos de sus ejecutores más doctrinales (y doctrinarios), en felaciones colectivas (muchas veces con lazos de amistad) y reivindicaciones masivas, como si el problema de la profesión fuera el reconocimiento de los que estamos en ella. Error de diagnóstico. El problema no está dentro, sino ahí fuera, en una sociedad que consume con más avidez el ranking de los siete despechugues más famosos que un artículo de fondo sobre la crisis de Crimea. Y si hemos llegado a ese punto, es que algo hemos hecho mal. Pero seguro que esa no será una tara imputable a los del “periodismo periodismo”, claro.

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