Mild und leise

Me reconozco muy poco wagneriano. Me corre por las venas sangre belcantista y verdiana, y mis acercamientos a Wagner, el primer compositor total de la historia y sin duda uno de los más revolucionarios del género, chocan con esa cierta exigencia intelectual (o la pretensión de sus seguidores de imponer esa exigencia) para impregnarte del valor pleno de su teatro musical. No trasciendo con Parsifal, no me sumerjo en las cuitas sobre amor y poder del Anillo. Pero caigo rendido ante el primer acorde de “Tristán e Isolda”, histórico para muchos musicólogos por suponer un hito en la música tonal y la concepción de la melodía. No piense que yo voy a hablarle de eso. No tengo ni idea. Pero le invito, señora, a que busque en internet el “acorde de Tristán”. Eso es invento de Wagner.

La historia cuenta que Wagner afrontó la composición de Tristán como una necesidad de estrenar una ópera con posibilidades comerciales y que le permitiera obtener recursos con los que continuar su elefantiástico proyecto del Anillo. Cuentan las crónicas que, después de 70 ensayos, fue declarada irrepresentable en la Opera de Viena. Acabada en 1859, no se estrenó hasta 1865. Desde entonces, ha iluminado los teatros de todo el mundo con un tema universal: el amor. Amor que en el caso de Tristán e Isolda es fabricado, no natural, pero que llega hasta el paroxismo absoluto de morir por él.

Tristán posee una de las músicas más hermosas jamás compuestas. Es belleza pura, ajada por la amargura y la felicidad interrumpida en los dos primeros actos, y que alcanza el éxtasis con el “Liebestod” o “muerte por amor” con el que Isolda se despide del mundo abrazando al caído Tristán y, de paso, de los espectadores que ven como cae el telón. Yo soy un verdiano enamorado del Tristán, un título que junto al Don Giovanni mozartiano y el Rigoletto compone la tríada de óperas que puedo ver y escuchar de manera continuada sin ser víctima del cansancio o el aburrimiento.

La Isolda de los últimos veinte años es una mezzo alemana llamada Waltraude Meier. Yo no he tenido la fortuna de poder escucharla en vivo nunca. Es uno de mis grandes pecados como aficionado. La Meier siente a Isolda como la Callas sentía a Norma, Tosca o Violetta. Y nos hace partícipes de su amor y de su dolor, dos sentimientos separados por una línea muy fina. Aquí nos deslumbra en unas funciones de 2007 en La Scala, con Barenboim dirigiendo. Emocionante.

Cuan dulce y suave
sonríe,
sus ojos
se entreabren con ternura…
¡Mirad, amigos!
¿No le veis?…
¡Cómo resplandece
con luz creciente!
Cómo se alza
rodeado de estrellas.
¿No lo veis?
¡Cómo se inflama su corazón
animoso!
Augustos suspiros
hinchan su pecho.
Y de sus labios
deleitosos y suaves
fluye un hálito dulce y puro.
¡Amigos, miradle!
¿No lo percibís? ¿No lo veis?
¿Tan sólo yo oigo
esa voz
llena de maravillosa suavidad,
que cual delicioso lamento
todo lo revela
en su consuelo tierno?
Es cual melodía
que al partir de él, me penetra
resonando en mí, sus ecos deliciosos.
Esa clara resonancia que me circunda
¿es la ondulación de blandas brisas?
¿Son olas de aromas embriagadores?
¡Cómo se dilatan y me envuelven!
¿Debo aspirarlas?
¿Debo percibirlas?
¿Debo beber o sumergirme?
¿O fundirme en sus dulces fragancias?
En el fluctuante torrente,
en la resonancia armoniosa,
en el infinito hálito
del alma universal,
en el gran Todo…
perderse, sumergirse…
sin conciencia…
¡supremo deleite!

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