Al final, una recompensa

La última película que fui a ver al cine fue “Blue Jasmine”, de Woody Allen. Me coincidió que andaba por Madrid, y pude disfrutar de ese lujo asiático que es una sala en versión original, escapando de la atontadora y homogeneizadora apisonadora del doblaje (con indiferencia de lo bueno o malo que sea). Salí con desazón del cine, con algo que se me revolvía por dentro. No sé si ha visto la película, señora, pero tiene fácil resumen. Son las andanzas tristes de una mujer acostumbrada al lujo y la riqueza cuando lo pierde todo y debe bajar de su nube para regresar a la cruda realidad de la pobreza. Esa dificultad para adaptarse al nuevo entorno, a la familia, a la falta de recursos, se entremezcla con las habituales neurosis de los personajes de Woody Allen, aquí aderezados con unas cuantas copas de más. La película, en su desarrollo, nos irá enseñando no sólo la capacidad de evolución de Jasmine, sino también el origen de sus desgracias, que obviamente no revelaré.

¿Y qué fue lo que me causó desasosiego? Me lo estuve preguntando el resto de la tarde y los días siguientes. Pues el simple hecho de que una persona pague justamente por sus errores y la vida no le recompense. Todos nos equivocamos. Todos debemos sufrir determinados momentos de nuestra existencia, amortizar las meteduras de pata que hayamos podido cometer y quedar en paz con nuestro destino. Zanjada esa cuenta, descontada esa hipoteca existencial, tenemos derecho a aspirar a la felicidad. No es que yo necesite un final “made in Hollywood”, pero sí que nuestra vida contemple la posibilidad de redimirnos con nosotros mismos. No quiere esto decir que la felicidad requiera que compensemos a nuestros semejantes, ni que la redención signifique ayudar a los necesitados como si fuéramos catequistas o beatones de barriada pobre. No. Es más una cuestión interna, de convicción personal.

Y sospecho que esta teoría mía tan catolicona está más generalizada de lo que pensamos. Porque con ella se entiende que celebremos cuando un político o un banquero se ve en un aprieto con la justicia y exijamos un sacrificio de sangre no ya para dejar de asaetearlo públicamente, sino siquiera para que respire. Y, en sentido inverso, esto explica que triunfen los programas de televisión donde catapultamos a la fama a personajes sin oficio ni beneficio pero que atesoran talentos razonables como cantar afinadito u otros más mundanos como ganar un concurso de vagos (y/o maleantes).

Al final, debe haber una recompensa. Y con el final no me refiero al más allá. Qué tal y como están las gasolinas, fijo que los transportistas se declaran en huelga el día que me muera y no me llevan a donde me toque.

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