Que sepa todo el mundo que…

Se ha generalizado una práctica entre los personajes públicos de la que se ha apropiado la clase política con especial gusto: comunicar que se tiene cáncer. Que lo sepa todo el mundo. Iba a referirme de manera más amplia a “enfermedades”, pero faltaría a la realidad. No se transmite a la sociedad que se padece una hepatitis b, una cardiopatía congénita o un fallo renal crónico. No. Sólo se informa del cáncer, como si fuera algún tipo de dolencia a la que le sienta mejor la publicidad. No me lo explico. Una enfermedad como esta, tan cruel y tan injusta, debiera ser un asunto íntimo que cada persona sobrelleva con su círculo más próximo. Por eso no entiendo el gusto de algunos políticos por emitir un comunicado y hacer saber, urbi et orbe, sus padecimientos. No acabo de entender a qué razonamiento responde. Hay un regustillo banalizador que me resulta chocante.

A veces me olvido que a los políticos no hay que entenderlos, todo lo más soportarlos.

Por cierto, que aquellos afectados se repongan de la enfermedad. Es un deseo sincero.

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