Fotocopiando morros

Cómo hemos cambiado, señora. ¿Recuerda aquellos tiempos cuando los nuevos ricos se hacían notar comprándole a los niños unas zapatillas deportivas de marca? ¡Vaya peleas de patio de colegio entre la chavalada, que regañaba por ver quién tenía las más caras, las de la cámara de aire más grande, la más blanca o en la que se veía el logo con más descaro! Seguramente el chandal fuera raído porque después del desembolso de las costosísimas zapatillas el presupuesto no daba para más, pero ahí había materia para presumir. Somos muy de presumir, asúmalo. Estamos empeñados en tener algo que presumir, o al menos, en no quedar por detrás de alguien en esta o aquella cuestión. Hoy, con las Nike o las Adidas globalizadas tanto o más que el Macdonalds, el iPhone o Zara, los elementos de exhibición son más prosaicos. Hoy no eres nadie si no luces unos brackets como Dios manda en los morros, con independencia de que los necesites o no.

Los suplicios de nuestro presente ya no son las dietas de la alcachofa o el aguacate para embutirnos en la talla que mandan las modelos anoréxicas y andróginas de la moda más perversa y antinatural. Hoy, los sufrimientos son morrocotudos. Son una inversión bucodental, un depósito a plazos cuyo interés es un dolor asegurado en busca de un rédito estéticamente estúpido y uniformante. Lógicamente, muy propio de este entorno nuestro donde el sacrificio está banalizado.

Tu vida debe componerse de una cuenta de Facebook con la que compartir fotos con esos centenares de amigos que han ido apareciendo a lo largo de tu vida pero de los que no tienes ni el teléfono, de un perfil de Twitter desde el que opinar gratuita y brevemente de todo aquello que pasa en España y en el mundo para que no quede duda de lo ocurrente y brillante que eres, de un móvil bien tocho y caro al que con una aplicación adecuada se le puedan incorporar capacidades culinarias como montar nata o cocinar un rosbif… y por supuesto una sonrisa perfecta, con tus dientecitos bien alineados, perlitas homogéneas y cuadriculaditas que te embellezcan el gesto. Da igual que tu boca sea igual a la de otros miles de personas que se gastaron la misma fortuna que tú en arreglarse la boca. A nadie le importa que los morros de unos y otros sean aburridas fotocopias y que la personalidad estética la hayamos mandado a hacer puñetas. Los brackets son hoy un signo de distinción. Y un regalo caído del cielo para los dentistas.

Por una y por otra razón, yo no los llevo.

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