treintaydos

Uno encima de otro, amontonados, apilados, pero sin una sola arruguita que los delate. Bueno, señora, quizás ese quilo o dos de más que me sobran hacen saltar la alarma, pero no por ello es uno menos joven. La dieta estética de camisas y americanas tampoco es decisiva, porque hace algunos años que la inicié, sin que mediara complejo de edad más allá del vicio por aparentar respetabilidad. Ya le digo, es una burda apariencia porque de los bares sigo saliendo en las mismas precarias condiciones que antaño. Si acaso, los frecuento menos que en aquella época tan bonita en la que me gustaba ser periodista y pensaba que las miserias humanas eran un ingrediente de los culebrones y no de la realidad que me rodeaba. ¿Ve, señora? Esa es la ingenuidad propia de la juventud.

Treinta y dos. Ahí van, como un semáforo que atraviesas en verde y ni siquiera te molestas a mirar atrás por si alguien tenía la tentación de cruzar. Me parece que allá al fondo vislumbro los treinta y tres. Pse. Todos los semáforos me parecen iguales.

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