Vesti la giubba

¿Qué son los excesos en la ópera? ¿Dónde está la delgada línea entre una interpretación apasionada y una performance con canto? Yo creo que aquí queda más o menos explicitado para que cada uno saque sus conclusiones.

A menudo se tiende a diluir el verismo operístico, corriente mayoritaria en el género en Italia entre el dopo Verdi y el primer tercio del s. XX, con el verismo interpretativo, una suerte de escuela que fue tomando forma en los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo. Y parece que los títulos veristas sólo pueden entenderse a través del estilo verista, con desprecio de la tradición de canto italiana, y convirtiendo las declamaciones, los sollozos, los gritos, los excesos, en la forma de transmitir emociones sobre un escenario. Como si la representación de los sentimientos y las emociones de los personajes durante el último siglo hubiera seguido cánones obsoletos y hubiera que simplificar la fórmula, despojarla de toda elegancia y sofisticación y dejarla en su ámbito más primario. Una transición perversa que va del cantante intérprete al actor cantante. Los golpes de pecho de Mario del Mónaco parecen la mejor muestra. Este tenor poseía un material privilegiado, un timbre broncíneo rematado por un volumen apabullante, de auténtico dramático. Su principal creación fue Otello, un moro algo básico y falto de hondura psicológica, pero desde luego imponente en lo vocal. Con todas sus taras, es uno de mis favoritos.

De esta escuela del grito han sobrevivido, a pesar de todo, algunos insignes herederos de Del Mónaco, con la diferencia de que no poseían su timbre único.

José Cura, en todo su ¿esplendor? Un desastre de organización vocal, con un centro oscurecido, un pasaje destimbrado y sin brillo, a veces molesto para el oyente, y un agudo con un color completamente diferente al resto, gritado, empujado para que suene. Una sombra del tenor interesante que una vez, hace veinte años, fue. Y que sin embargo, sigue paseándose por teatros importantes (cada vez menos) y festivales (cada vez más, pero en provincias).

Pobre Canio, ¿verdad, señora? No tiene suficiente con que Nedda lo engañe con Silvio, y encima vienen estos individuos mugiendo sin pudor para triturar todavía más su pena y sus celos. ¿No hay alternativa? ¿No se puede cantar de otra manera? ¿No es posible compatibilizar un estilo no tan refinado como es el verismo con una forma de interpretación que respete las esencias del canto italiano tradicional? Me alegra que me haga esa pregunta, que sospecho que será tema de debate en todas las sobremesas familiares de este país. Porque sí, sí se puede cantar de otra manera.

CANIO
Recitar! 
Mentre preso del delirio non so più 
quel che dice e quel che faccio!
Eppur... e d'uopo... sforzati!
Bah, se' tu forse un uom!
Tu se' Pagliaccio!
Vesti la giubba e la faccia infarina.
La gente paga e rider vuole qua,
e se Arlecchin t'invola Colombina,
ridi, Pagliaccio, e ognun applaudirà!
Tramuta in lazzi lo spasmo ed il pianto;
in una smorfia il singhiozzo e il dolore...
Ridi, Pagliaccio, sul taro amore infranto! 
Ridi del duol 
che t'avvelena il cor!

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