Por aquello de llamarse noviembre

A veces no creo lo que leo. Me ocurre cada vez más con los periódicos. Cuando éramos jóvenes, o incluso cuando lo eran nuestros abuelos, si algo aparecía negro sobre blanco en los diarios tenía que ser verdad. Lo decía El Correo, el ABC o el Pueblo. Y eso tenía que ir, si no a misa, sí al menos hasta la puerta de la iglesia para recibir la bendición del cura. Hemos llegado a un punto inverso. Si algo aparece en los papeles, desengáñese señora, seguro que es mentira. Porque si no lo sabe, aquel periódico de allí sólo le busca las cosquillas a la derecha, y aquel de allá hace lo propio con la izquierda, y cada uno en su trinchera son capaces de contar las noticias del derecho y del revés según convenga. ¿A quién conviene? Eso es largo de explicar. Pero detrás de una noticia siempre hay un beneficiado. Siempre. Antes era el ciudadano. Yo cada vez lo tengo menos claro.

Yo no venía a hablar de esto, sino de una chuminada que leí hace poco, referida a que, al parecer, noviembre es un mes que no gusta. Hubo un periódico que, en su web, decidió hacerle perder el tiempo a un redactor para que elaborara una encuesta con el fin de recabar opiniones de los internautas respecto a noviembre y el poco apego que los ciudadanos tenemos a este mes. Conociendo la jerarquía de las empresas informativas, dicho redactor no se levantó por la mañana con el ímpetu de abrir esta encuesta para alterar el rumbo de los acontecimientos, sino que, con toda probabilidad, se limitó a seguir órdenes. Si todo de lo que es capaz un jefe de sección es encargar una noticia basada en una encuesta tan científica como las de cualquier web acerca de lo mal que nos cae noviembre a los españoles, creo que está justificado su traslado a la centralita telefónica. El periodismo no perderá nada sin él.

Dicho lo cual, el título de la noticia “¿Por qué noviembre no gusta?” me condujo a otra pregunta: ¿acaso diciembre es mejor? ¿me hace más feliz enero? ¿en octubre me hacen descuentos? Noviembre no es malo, señora. El mes absolutamente tétrico es diciembre, con esa obligatoriedad moral de ser feliz por culpa de las putas navidades, con esas sonrisas postizas en las insoportables fiestas y reuniones familiares, con esas convivencias forzosas en las cenas de empresa donde preferirías escupirle al compañero de más allá por lo subnormal que es todo el año a brindar y desearle lo mejor para 2014… Eso sí es un motivo de peso para que un mes te caiga mal, no la solemne memez de si cambian la hora, llueve, hace frío o hay menos horas de luz. Porque todo esto que alegan para que noviembre nos incordie es la puñetera naturaleza, esa que no podemos mutar. Pero la toxicidad de diciembre es un invento del hombre, que sí sería prescindible si fuéramos capaces de salir de la hipocresía navideña siquiera por un cuarto de hora.

Y ahora que me he desahogado, a mí tampoco me gusta noviembre. O sí. Yo qué sé.

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