Me ha sido otorgado el honor…

Las artes tienen la fortuna, casi diría que el cometido moral, de acercarnos a la belleza. Pero no a una belleza subjetiva, que dependa de los gustos y preferencias de cada individuo, sino de una belleza objetiva, suprema, incontestable, irrebatible. En la ópera hay momentos de esa sublimidad, que nos elevan por encima de nuestra alma mortal y nos permite trascender a otras esferas, a ese terreno de las perfectas ideas que concebía Platón. La primera vez que sentí esa sensación fue escuchando la presentación de la rosa, del “Rosenkavalier” straussiano. Algún tiempo antes había intentado acercarme a este autor, pero “Salomé” y “Elektra” me habían producido sacudidas, como si hubiera agarrado dos cables pelados de alta tensión. El Caballero de la Rosa era una especie de reválida, una última oportunidad antes de relegar a Strauss a otro momento vital. Y en ello, se abrieron las puertas y apareció Octavian, el dulce e ingenuo muchacho elegido por la Mariscala para hacer entrega a Sophie de la rosa de plata, con la que comunicaba la formal petición de mano de su pariente lejano el barón Von Ochs. Ignoraba el intrépido y soñador Octavian que no sólo le entregaría el testigo a la bella Sophie, sino también su corazón, en una escena maravillosa.

Aprovecho para rescatar a dos divas de la ópera vienesa de mediados del s. XX como fueron Sena Jurinac y Anneliese Rothenberger, en este film de 1962 dirigido por Paul Czinner, y que tenía al frente de la orquesta a un ya reputado Herbert von Karajan. Deliciosa producción de época, sin espantajería ni mamarracheces diversas, sino un chute de romanticismo en vena, con todo el azúcar que de por sí tiene este “Rosenkavalier” y que precisamente por eso nos gusta. Exquisito libreto de Hugo von Hoffmansthal, el colaborador habitual de Strauss, y que como se verá, realiza unas indicaciones en el libreto que, esta vez sí, la producción respeta.

OCTAVIO 
Me ha sido otorgado el honor
de presentar...
ante la nobilísima e ilustre prometida,
en nombre de mi primo,
de la familia Lerchenau,
la rosa que simboliza su amor

SOFÍA 
Quedo muy obligada a vuestra gracia.
Quedo muy obligada a vuestra gracia
por toda la eternidad.

(Un atisbo de confusión le embarga
mientras aspira el aroma de la rosa)

Realmente huele 
como si se tratase de una rosa auténtica.

OCTAVIO
Sí, tiene unas gotas 
de esencia de rosas de Persia

SOFÍA
Es como una rosa del cielo. 
Como del más sagrado de los paraísos. 
¿No le parece?

(Octavio se inclina sobre la rosa 
que sostiene Sofía. Después se 
yergue y contempla su boca)

Es como un saludo del cielo. 
Casi más de lo que uno puede soportar.
Te atrae como si te ataran un lazo
alrededor del corazón

(En voz baja)

¿Dónde y cuándo 
me he sentido yo tan dichosa?

OCTAVIO 
(acompañándola inconscientemente)
¿Dónde y cuándo 
me he sentido yo tan dichoso?

SOFÍA 
(para sí)
Debo regresar aunque ello suponga
morir por el camino.
Pero no moriré. Eso queda muy lejos.
Tenemos tiempo y la eternidad se funden
en este instante de felicidad 
que no podré olvidar mientras viva.

OCTAVIO 
(al mismo tiempo que ella)
Era un jovenzuelo
que ni siquiera la conocía.
Pero, ¿quién soy?
¿Cómo podría estar junto a ella?
¿Cómo podría traerla junto a mí?
Si no fuera un hombre
los sentidos me abandonarían.
Este instante de felicidad
no lo podré olvidar mientras viva.

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