Va de árboles

Parece ser que de niño, con cuatro o cinco años, planté un castaño, aunque yo no lo sabía. Ya se imagina, señora, la típica semillita que te dan en la guardería y que en aquella tiernísima infancia cultivas, riegas y cuidas mientras tu ilusión dura lo que dura. Apenas me quedan un puñadito de recuerdos de aquella época. Ya entonces la ventana de mi dormitorio daba al río. Le perdí la pista al arriate, como supondrá. Llovió mucho desde entonces. Tanto, que cuando volví a verlo quince años después ni lo reconocía, grande y fornido. Intimidaba verlo tan lustroso, con hojas que brillaban doradas al reflejo del sol.

Casi otro tanto más tarde, una nueva sorpresa a la sombra de su copa, ahora en tonalidades más cobrizas. Bien podía haberse secado, porque la sequía fue perentoria. Pero aguantó. Un señor árbol, para dar buen cobijo. Es extraña la sensación de volver a ver algo que se creía perdido y que, por cuestiones de azar, reaparece enfrente de uno pasada media vida (en el caso de los que tenemos treinta, es un cálculo exacto!). Hay familiaridad, pero cierta reserva. Hay distancia, pero una necesidad de recuperar ese tiempo perdido. Los árboles son como los bares: se necesita uno de confianza para resguardarse de la tempestad.

Qué a gusto dormiría a su sombra…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s