Antioxidándome

Yo pensaba que el café era una de esas cosas que, junto con el oro, el tabaco y el chocolate, le expoliamos a las civilizaciones precolombinas en aquello que hicimos en llamar “cristianización de los salvajes”. Qué contradictorio resulta todo. España celebra el Día de la Hispanidad conmemorando el insigne momento en que descubrimos América, y por el contrario, los países sudamericanos festejan sus respectivas fechas de la Independencia del colonialismo borbónico. ¿Pues no que resulta que el café no vino de Colombia? Africano, dice la Wikipedia que es. No me veo animado para indagar más allá, así que voy a dar por buena esa teoría.

He vivido durante años de espaldas al café. Fui más de JB con cola, señora. Y si es sobremesa, agradezco un digestivo tónico aderezado con un toque de ginebra y esencias aromáticas. También podía ser te, negro para más señas, condimentado, siempre sin azucar y casi nunca con leche. No tengo cafetera pero sí dos teteras inglesas de cerámica, una para picotear en la oficina, otra para abrevar en casa. Y no menos de diez o doce cajitas de las más variopintas variedades: frutas del bosque, canela, vainilla, menta, Earl Grey, de desayuno, de jazmín…

Llegó el día en que pronuncié una palabra que me ha cambiado la vida: descafeinado. Es un nuevo mundo para mí. Ya no hay ardores ni insomnios. Quizás un café sin cafeína resulte algo así como una fabada light o una cerveza sin alcohol (¡anatema!), pero es lo más parecido que puedo acercarme al fuego sin salir ardiendo. Y ahora me receto después de las comidas una taza de descafeinado con leche con el que saborear ese puntito amargo del café. O un descafeinado con hielo. O con un chorrín de agüita esa irlandesa. O sólo y calentito, para combatir inclemencias climáticas.

Dicen que el café tiene propiedades antioxidantes. De cara a la temporada de lluvias que se avecina (en algún momento del inminente otoño), hay que andar preparado para no quedar como el Hombre de Hojalata, tieso y roído por la maleza. Por cierto, señora, estoy más delgado. Llámelo bicicleta, pero en voz baja.

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