Il dolce suono…

Tengo el corazoncito de aficionado dividido entre dos intérpretes del mismo rol: Lucia di Lammermoor. Son dos formas diferentes de afrontar el papel. Es como preguntarle a un niño si es más de papá o de mamá.

Maria Callas era una sopano sfogato, una dramática de agilidad, con un centro poderoso, un grave resuelto y, además, una capacidad para la coloratura y los sobreagudos de quitar el hipo. Cierto que su carrera fue corta, que su instrumento acabó muy mermado, sonando metálico y estridente, perdiendo homogeneidad entre registros. Pero en sus buenos años, ninguna le hizo sombra. Ni siquiera la Tebaldi, su gran rival. La importancia de la Callas es vital para la ópera. Su aparición a principios de los 50, con una voz así de contundente, revolucionó la concepción que se tenía de papeles belcantistas como la propia Lucia, que estaban relegados a sopranos “jilguero”, como Mado Robin o Lily Pons. La coloratura no estaba reñida con la expresividad, con la intensidad dramática, siempre respetando los cánones del estilo. Ella fue la responsable de desempolvar la partitura de “Anna Bolena” tras un siglo de ostracismo, abriendo una senda que seguirían años más tarde Joan Sutherland o Leyla Gencer, recuperando la producción donizettiana más olvidada. Su Lucia pasma por cómo maneja una voz tan considerable, recogiendola desde el forte, sonando siempre brillante y poderosa, percutiendo con ese Mi5 brutal marca de la casa.

 

Joan Sutherland era una soprano lírico-ligera, con una técnica sencillamente prodigiosa. Su timbre era cristalino, dolce, brillantísimo, con una emisión que nunca sonaba forzada, una capacidad para la pirotecnia absolutamente pasmosa. De la mano de su marido y mentor, Richard Bonynge, realizó un trabajo de recuperación y difusión del estilo belcantista durante los años sesenta y setenta, despojándolo de los tics veristas de que se había ido contagiando en décadas anteriores. Su salto mundial a la fama vino, precisamente, con estas funciones de Lucia di Lammermoor en la Royal Opera House de Londres en 1959. Acompañada de los habituales restos de serie que poblaban el teatro inglés, la Sutherland maravilló a todos. Al año siguiente, tras unas representaciones de “Alcina” en La Fenice veneciana, la prensa italiana la bautizó con el apodo de “La Stupenda”, que la seguiría hasta el final de sus días. Es fácil entender la locura colectiva que se instaló en el patio de butacas ante este despliegue de pianos, medias voces, sobreagudos, trinos, notas picadas…

Il dolce suono
Mi colpì di sua voce!... 
Ah! quella voce
M'è qui nel cor discesa!...
Edgardo! Io ti son resa:
Edgardo! Ah! Edgardo mio!
Sì, ti son resa!
Fuggita io son da' tuoi nemici... 
Un gelo mi serpeggia nel sen!... 
trema ogni fibra!...
Vacilla il piè!... 
Presso la fonte, meco t'assidi alquanto... 
Ohimè!... Sorge il tremendo
fantasma e ne separa!
Ohimè! Ohimè!
Edgardo!... Edgardo! Ah!
Il fantasma, il fantasma ne separa!...
Qui ricovriamo, Edgardo, a piè dell'ara...
Sparsa è di rose!... 
Un'armonia celeste
Di', non ascolti?  Ah, l'inno
suona di nozze!... Il rito
per noi s'appresta!... 
Oh, me felice!
Oh, gioia che si sente, e non si dice!
Ardon gl'incensi... splendono
Le sacre faci, splendon intorno!...
Ecco il ministro! 
Porgimi La destra.... 
Oh lieto giorno!
Alfin son tua, sei mio!
A me ti dona un Dio...
Ogni piacer più grato
Mi fia con te diviso
Del ciel clemente un riso
La vita a noi sarà!

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